Se ha puesto de moda decir que Internet
es la tumba donde pronto yacerá nuestra cultura y
civilización. Quienes se atreven con condenas de tan grueso
calibre, se adornan con los atributos que distinguen a la gente seria
y sensible y afirman estar aburridos por la chabacanería que
circula por las redes. El problema es que no entienden el
descentramiento del mundo al que asistimos.
En la web 2.0 se abarata y simplifica
al máximo la tarea de escribir, editar y publicar. Así,
cualquiera puede abrir un blog y convertirse en autor y crítico.
En algunos casos, los blogueros pueden alcanzar enorme popularidad y
hasta mucho dinero si admiten publicidad en la columna derecha de su
escaparate en la web. Popularidad y autoridad no son lo mismo, como
sabe cualquiera que coteje las listas de libros más vendidos y
las compare con los títulos que son reseñados en los
suplementos literarios de la prensa diaria. La popularidad es
fabricada por las agencias de marketing y las empresas de
comunicación, mientras que la autoridad se construye en las
instituciones públicas. Pero este esquemilla parece estar
haciendo aguas por todas partes y no cabe duda de que internet está
contribuyendo a que una y otra se confundan.
Hay mucha gente que ve en esta deriva
una amenaza para nuestra forma de entender la vida pública.
Todos los día sale alguien en defensa de los expertos, los
canon, las jerarquías, los estándares, los tribunales
y las cátedras, siempre argumentando que necesitamos crear
referencias, veracidad, orden, excelencia y, en una palabra, virtud.
No hay medias tintas: la cultura de los amateur y su reinado en la
red es calificada de mediocre, falaz, ordinario e insidioso. La
blogosfera es desdeñada como un mundo habitado por voyeur,
narcisistas y gentes que aprenden a fisgonear en silencio.
El penúltimo en salir a la
palestra ha sido
Andrew
Keen, quien acaba de publicar un libro rabioso que
resume todos lo prejuicios mencionados con el título
The
Cult of the Amateur: How Today's Internet is Killing our Culture and
assaulting our Economy. No se hace ningún
aprecio del proceso que convierte a los clientes en usuarios y que
está modificando la estructura del mercado y de las
instituciones, favoreciendo unas relaciones más horizontales
entre los dos lados de cualquier transacción, ya sea
mercantil, ya sea simbólica. Todo eso de la sabiduría
de las multitudes o de la larga cola le parecen zarandajas. Para Keen
cada vez que alguien consulta la Wikipedia está amenazando el
negocio tradicional de la información. De la misma manera, la
crítica de libros o el comentario político está
dejando sin empleo a los profesionales del ramo y acabarán
arruinando el noble oficio del periodismo.
Lo de la música y la
cultura
P2P le pone de los nervios y no ahorra acusaciones
contra todas esas nuevas prácticas (intercambiar canciones o
películas bajadas de la red) que están poniendo en
peligro la supervivencia de las grandes productoras de contenidos,
desde la Enciclopedia Británica a la industria de Hollywood.
Google es calificada de parásito, pues sus beneficios en 2005
de 1,5 billones (españoles) de dólares los obtuvo, a juicio de
Keen, sin crear nada. Wikipedia es la sima del caos, una empresa donde
gentes sin credenciales escriben lo que quieren sin control ninguno.
Lessig, el inventor de las licencias
Creative
Commons, es presentado como si fuera una peligrosa
hibris entre el rudo Stalin y la cándida Alicia.
Quienes vengan leyendo este blog,
aunque sea ocasionalmente, saben que
estoy
en las antípodas de Keen. Su libro adopta la retórica
característica de los expertos (rigor, suficiencia,
autoridad), pero lo cierto es que está publicado en una
editorial menor y que su contenido está lleno de errores
(¿dónde se quedó el
peer review que tanto
defiende?) que
Lessig
ha criticado, abriendo incluso una wiki,
The
Keen Reader, para que cualquiera pueda agregar nuevos
fallos y críticas al contenido. Lo más sorprendente de
la posición de Keen es su desconocimiento de cómo
funciona la economía, incluyendo un sorprendente desdén
hacia la noción de eficacia (Google, Amazon, eBay y Wikipedia,
por ejemplo, serían empresas que ofrecen los mismos servicios
que otras organizaciones previas, pero más barato, más
rápido y, en definitiva, más eficientemente). Tampoco
es un fallo menor haber ocultado numerosos estudios -publicados en
revistas prestigiosas, como
la
propia Nature- que prueban que la calidad media de las
entradas en Wikipedia es comparable, si no mejor, que la ofrecida por
la Enciclopedia Británica.
Podríamos seguir por esta vía,
pero no hacen falta más argumentos para cuestionar esta
especie de añoranza de la cultura de elite, de sus creadores y
de sus consumidores. Ya hemos comentado otras veces la enormemente
difícil que está siendo para las industrias de la cultura adaptarse a las nuevas tecnologías. Si se quiere atacar
internet y todo lo que representa la web 2.0, no es difícil
encontrar aliados entre escritores, intelectuales o artistas, y mucho
menos entre los editores, los productores, los distribuidores y los
gestores de derechos. En conjunto se trata de una constelación
de colectivos que siguen venerando la creencia en que la cultura
surge en la intimidad de algún cerebro genial y, con una idea
tan simple y anticuada, tienen engatusados a ministros, profesores y,
lo peor de todo, a ese ejército de creadores anónimos y
no mediáticos (la inmensa mayoría) que nunca podrían
vivir de la supuesta protección que otorgan las leyes de la
propiedad intelectual.
Decimos esto porque Keen milita en las
filas de los que opinan que la cultura de pago es mejor que la
gratuita y por eso nunca merecerán su confianza iniciativas
como Creative Commons, un instrumento jurídico que permite a
los creadores que lo deseen ceder al dominio publico todos o una
parte de los derechos que las leyes del copyright les reconocen. Pero
Keen no es más que la punta de un iceberg. Hace unas semanas,
The
Atlanta Journal Constitution decidió cancelar la sección
de crítica de libros dado que la gente parecía más
proclive a dejarse orientar por lo que encontraba en la red que por
lo que decían sus críticos (profesionales).
Llovía sobre mojado, explica
Art
Winslow en The Huffington Post, porque son muchos los
periódicos (Los Angeles Times, San Francisco Chronicle y
Chicago Tribune, entre otros) que están revisando su
estructura y suprimiendo o reduciendo la extensión de las
secciones tradicionales. La reacción no se hizo esperar y el
National Book Critics Circle, la organización que agrupa a los
críticos profesionales, comenzó a publicar un blog
Critical
Mass y promover una campaña en defensa de la
crítica de libros. Se han escuchado muchas opiniones y la
mayoría convergen en la convicción de que la
desaparición de la crítica profesional (no la que es
comprada por las editoriales, ni la que es superficial o meramente
laudatoria) pone en peligro la supervivencia misma de la literatura.
Los propios escritores quedarán perdidos en el océano
de la información miscelánea. La cultura entonces será
un erial: bits de cualquier cosa, quedando libre todo el camino para
que las grandes corporaciones editoriales imponga su ley de hierro.
El debate sigue vivo y todos los
críticos (muchos de ellos, escritores de culto) están
aportando su grano de arena a este descentramiento que, al parecer,
les pilló por sorpresa. Y, de nuevo, como hizo Keen, se habla
de la necesidad de estándares o referencias y se pide
encarecidamente la existencia de gentes capaces de establecer
conexiones entre lo que se escribe y lo que pasa, sensibles al pulso
de los tiempos, expertos en establecer diagnósticos afinados.
Y sí, se aboga por
impedir
que la cultura de elite sea arrasada por ese tsunami
(
la
revolución amateur) que, según explicó
Richard
Schickel en Los Angeles Times, conforman el matrimonio
entre la ignorancia y la vanidad que es Internet. El mensaje está
claro: sin críticos no hay literatura y sin expertos no hay
civilidad.
Hay posiciones para todos los gustos.
Conforma avanza el debate parecen claras un par de ideas: primero,
que hay que distinguir entre críticos y reseñistas,
pues los segundos no gozan de mucho crédito, ya sea porque
solo escriben para agradar a sus jefes, ya sea porque les falta
verdadera voluntad de sostener el mundo contra la vulgaridad
imperante. Esta es la idea que defendió
Cynthia
Ozick en Harper's, un texto muy comentado y que admitía la
urgencia de extender el desdén que se aplica a los críticos
espontáneos de la red, los amateurs, a la mayoría de
los reseñistas de prensa pues, como se explica en
Conversational
Reading y en
The
Art of Fiction, cada vez quedan menos críticos capaces de
hacer bien su tarea.
La segunda idea que flota en ambiente,
resumida tiene que ver con la necesidad de inventar (si es que no
existe ya) una forma compartida de presentar las ideas, esta al menos
es la tesis que sostienen
Sven
Birkerts en Lost in the blogosphere. Es verdad que los blogs son
un espacio para la provocación, un ámbito demasiado
experimental y fluido, donde la divergencia y la controversia son
amparadas por la tecnología que los sostiene. Es verdad
también que el blog medio no resiste el análisis más
exigente, pero esto ocurriría con cualquier otra actividad
humana. La excelencia es rara avis. Sin embargo, hay muchos blogs de
crítica literaria que son excelentes. Negar esta realidad es
tan absurdo como reaccionario. Quien quiera comprobarlo puede acudir,
entre otros, a los muy elogiados
The
Elegant Variation,
Bookslut,
Maud Newton,
Beatrice y
Sintax
of Things.
Internet
ha cambiado para siempre lo que entendemos por cultura. La
disolución de las fronteras estrictas entre saber experto y
saber profano, unida a la proliferación de nuevos espacios de
interacción social y de producción de autoridad, está
modificando los valores que sostienen los intercambios sociales,
económicos y políticos. Los nostálgicos de lo
antiguo, lo vertical, lo normalizado y lo impreso tendrán que
adoptar un gesto menos reactivo y, desde luego, yerran quienes
quieren hacerle a Internet un juicio sumario por los muchos errores
que contiene. Tal actitud es disparatada y extravagante. A nadie se
le ocurre decir que es un parásito social la empresa que
produce las guías de teléfonos, como tampoco que habría
que expurgar de la Biblioteca Nacional todos los libros que contienen
afirmaciones erróneas.
Decir que nuestro mundo, o la
literatura, exigen un centro al que referir los gustos, donde
contrastar los datos y para filtrar las opiniones, es una idea tan
desconcertante como inocente. El giro amateur en la cultura,
coincidente con el giro ciudadano en política, es una de las
muchas maneras de describir el proceso que hará que la
política y la cultura dejen de ser un negocio controlado por
unos cuantos familias aferradas a un mundo de clientes y votantes.