Enviado el jueves, 02 de agosto de 2007 14:43
Ahora que crecientes fragmentos del conocimiento están siendo patrimonializados como bienes privados, conviene recordar nuevamente la íntima relación entre ciencia y bien común.
La historia de la ciencia podría contarse como la de una empresa orientada a la conversión de la naturaleza en un recurso o, en otros términos, en un bien accesible, fragmentado, mercantilizado y, finalmente, susceptible de ser patrimonializado. El ámbito de la propiedad, privada o pública, es inconcebible sin todas las tecnologías que han podido transformar los océanos, los bosques, la atmósfera, el ciclo del agua o de los nutrientes, el genoma, la lengua y el paisaje en impresionantes fuentes de riqueza. Muchas de ellas se han mantenido dentro de las esfera del dominio público y no todas han contribuido a sostener e incluso ampliar la desigualdad o los desequilibrios que hoy vemos en el mundo.

Nuestra
deuda con la ciencia es indiscutible. Un discurso que disimulara sus
muchas aportaciones civilizatorias, sería tan inquietante como una
política insensible a las muchas amenazas que proyectan las nuevas
tecnologías sobre la vida en común, el medioambiente y la privacidad.
Pero no basta con criticar el mal uso de los distintos dispositivos
técnicos, salvo que despreciemos el hecho de que nunca hubo una
distribución equitativa del conocimiento y sus artefactos. La
tecnología no es autónoma porque siempre tuvo dueños y por eso hablamos
de
canibalización del procomún.
Quien
dispone de los medios puede convertir la vida, el aire y el espacio en
el asiento de industrias que explotan la capacidad para producir
ingenios biológicos, aeronáuticos o electromagnéticos. El cuerpo, la
intimidad y la angustia siguen siendo
fronteras inagotables sobre las que se asientan inmensos negocios
basados en la habilidad para movilizar prótesis, controlar espacios
privados y vender medicamentos, placebos y cosmética. Y ahora
recapitulemos, el aire, el agua, la biodioversidad, el cerebro, los
mares, la sensibilidad, la vida salvaje, el habla, el folclore siempre
fueron parte de un patrimonio colectivo heredado. Eran bienes comunes
que están siendo amenazados y, muchos casos, privatizados, como se
explica en
The Forum of Privatization and the Public Domain.
La
ciencia misma era un bien público que está siendo transferido a las
grandes corporaciones editoriales e industriales ya sea porque para
estar informado hay pagar las altas cuotas de suscripción que cobrar
las revistas científicas (ver, por ejemplo,
Bien común y open access),
ya sea debido a la expansión abusiva y sin precedentes de las políticas
de derechos de propiedad intelectual (ver, por ejemplo,
Bay-Dole Act y la Biz. Science) . Si se pueden patentar líneas de código o secuencias de ADN, se está autorizando la creación de
monopolios basados en descubrimientos
(como la ley de la gravitación universal o el cabo de Hornos) y no en
invenciones (como la máquina de vapor o el canal de Panamá).
Cierto,
nuestro mundo es muy complejo. Tanto que, como estamos diciendo, es
impensable una línea divisoria nítida que separe la ciencia como
conocimiento de la ciencia como recurso. Y llegados aquí cabe entonces
escribir una narrativa menos beata de la idea de naturaleza o de estado
y más crítica con su contribución inopinada a la destrucción de los
bienes comunes. No hay comunidad sin bienes que compartir, y
necesitamos una historia que los haga visibles, una política que los
proteja y una tecnología que los sostenga.