Como estamos celebrando en Madrid el
EuroPride, una gran demostración de cómo entienden los
gay la noción de cultura y de civilidad, dedicamos un post a
reconocerles su creatividad y su papel en la regeneración de
los centros urbanos.
Hace unos años
Richard Florida
(también
aquí)
publicó
The Rise of Creative Class (2002), un libro sexy y
controvertido que, como se explica en
salon.com,
suscitó abundante polémica y mucha pasión.
Partiendo de la base de que los principales responsables del
crecimiento económico no son las empresas ni tampoco el
gobierno, sino el capital humano (
human capital), Florida
otorgaba un papel crucial en la producción de riqueza a la
llamada
creative class, la gente creativa, un colectivo que
agrupa a científicos e ingenieros, pero también a todos
los que trabajan en el sector de las tecnologías de la
información y las comunicaciones, además de los
artistas, los músicos y los diseñadores.
Su libro trataba de explicar por qué
la gente creativa tiende a congregarse en determinadas áreas
urbanas que comparten, en términos generales, varias
características, como por ejemplo ser zonas divertidas,
multiculturales, bohemias y, sobre todo, colonizadas por el
movimiento gay. Porque entre los mencionados colectivos, dice Florida, los gay
son los
cannaries (los pícaros y los cantores, en el
sentido de informantes y parlanchines) de la clase creativa.
La presencia de gays es también
un síntoma de que estamos en una zona con “low barriers to
entry” o, en otros términos, una ciudad que por practicar la
tolerancia (openness) convoca a la gente más rompedora que,
con frecuencia, coincide con la más talentosa. El tercer
término de la ecuación innovadora es la base
tecnológica, pues la
creative class en un entorno
abierto no deja de inventar nuevos usos para las tecnologías
existentes, convirtiendo así las tecnologías
circulantes en tecnologías emergentes.
El argumento de Florida ha sido
considerado
simplista, pero lo cierto es que las autoridades urbanas de
muchas ciudades del mundo se lo han tomado muy en serio. Aquí viene a cuento el socorrido
si no è vero è ben trovato. Atraer a
gente bohemia y gay se ha convertido en una de las claves sobre las
que asientan las políticas de regeneración de barrios,
como también en un motor de creación de empleo en un
sector de importancia estratégica en la sociedad del conocimiento. En
pocas palabras, que la tolerancia produce riqueza y la cultura gay
crea sociabilidad.
El tema ha tomado nueva actualidad
porque Florida ha publicado recientemente, ver
The
Raw Story, un artículo (
There
Goes the Neighborhood) en el que desarrolla el llamado
Bohemian-Gay Index (BGI) como un índice que mide la
capacidad de las urbes para atraer, retener y favorecer el desarrollo
de una pujante clase creativa. Un índice BGI alto, explica
Florida, produce dos efectos que se retroalimentan: el
aesthetic-amenity premium y el
open culture premium. Tales
conclusiones, han llevado a
Langdon
Winner, ya
mencionado
antes en este blog, a proponer con mucha ironía que, si
buscamos la prosperidad, quizás necesitamos menos parques tecnológicos
en las afueras y más referencias gay en los adentros.