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jueves, 21 de junio de 2007

Para torturar eficazmente, no basta con hacer mucho daño: es mejor contratar expertos que ayuden a conocer las características psicológicas del prisionero.

Hace unos días, ver Adventus, la American Psychiatric Association aprobó una resolución que animaba a sus miembros a no participar en ninguna actividad relacionada con interrogatorios, tales como los realizados en la base naval de Guantánamo (Gitmo). Lo repetimos: los psiquiatras norteamericanos dicen no a la tortura asesorada por médicos. La respuesta del Pentágono no se hizo esperar y, desde el martes 5 de junio, sólo se contratará a psicólogos, quienes, tras reconocer la dificultad de la situación, aceptan colaborar con las autoridades de su país en la lucha contra el terrorismo.


A continuación muchos psicólogos se han movilizado para solicitar de la American Psychological Association (APA) un moratoria en su política de apoyo a las unas prácticas denunciadas, entre otros, por el New England Journal of Medicine y la American Medical Association (AMA) y Cruz Roja.

Los detalles probados (ver The American Journal of Bioethics, abril de 2007) sobre la práctica de la tortura en Guantánamo e Irak, dos lugares donde se desprecian todas las cautelas previstas en numerosos tratados internacionales para salvaguardar los derechos y la dignidad humanas, han sido muchas veces contados. En Salon explicaron cómo es el aprendizaje de un torturador, en The New Yorker cómo es la práctica cotidiana en estos nuevos gulag y, en Off the record, varias ONG (Amnistía Internacional y Human Rights Watch, entre otras) se narran detalles concretos de cada uno de los prisioneros/secuestrados. La lectura de estos documentos produce pánico y nos invita a pensar sobre cuáles son los límites y contra quién se dirige la llamada Guerra Global contra el Terror.

Sólo vamos a detenernos en el papel de los científicos en la organización de la tortura, tratando de explicar cómo puede un colectivo profesional, como la American Psychological Association, prestarse a convertir la psicología en una pieza clave en el sistema armamentístico, tal como queda probado en Break them Down (pdf). Un informe elaborado por Physicians for Human Rights que le da toda la razón al general Kevin Kiley, la mayor autoridad sanitaria del ejército norteamericano cuando, según recoge Art Levin en The Haffington Post, declaró que "Psychology is an important weapons system". La participación de psicólogos de “interrogatorios enérgicos” tiene una historia.

La tortura, por desgracia, no es asunto nuevo. Sobran pruebas de su existencia en todas las épocas. Tampoco debería sorprendernos que haya científicos involucrados, pues si hubo quienes fabricaron gillotinas, bacterias o gases, por no hablar de esa bomba gay recién anunciada capaz de torcer la virilidad a un ejército entero; ¿por qué no habrían de tener los psicólogos el derecho al discutible honor de haber contribuido a destruir al enemigo? Lo que es más novedoso, creo, es la obscenidad con la que se publicita, y especialmente los argumentos que se esgrimen para justificar conductas escalofriantes.

Retomo el punto. Los distintos colectivos profesionales, los especialistas, tiene una larga historia de tensiones en su lucha para abrirse sitio en las instituciones y/o lograr reconocimiento social. Para los psicólogos, como también para los psiquiatras, no ha sido fácil encontrar acomodo en el sistema médico, ni en el mercado de la salud. Su aceptación como agentes sociales y sanitarios ha sido paralela al éxito que han tenido en su empeño por probar su especificad profesional y su funcionalidad social. Así, como se explica Stephen Soldz en CounterPunch, han logrado convencer a empresarios y militares de que controlan técnicas que ayudan a mejorar la productividad de sus subordinados, o a diseñar campañas de opinión, publicidad o propaganda. Los psicólogos, sin duda, han probado que tienen mucha capacidad de persuasión, además enormes deseos de dotarse de una identidad que les acerque cuanto sea posible al estatuto de los ingenieros. Muchas asociaciones de psicólogos han tratado de mostrarse como si fueran ingenieros sociales.

En esta línea de actuación (y siempre a la búsqueda de nuevas oportunidades) convencieron a los dirigentes deportivos de que podían ayudar a los jugadores a sufrir en el terreno de juego y a mantener alta la moral en el vestuario. A los militares les convencieron de que era conveniente un programa que enseñara a los soldados a resistir, en el supuesto de caer prisioneros, largas sesiones de interrogatorios, aislamientos prolongados, brutales presiones psicológicas y, desde luego, altas dosis de dolor físico. En definitiva, lo que proponían y consiguieron era tener un papel como maestros en el arte de resistir la tortura. Pero unas cosas llevan a las otras.

Lo que ahora están haciendo es ingeniería inversa o, en otros términos, enseñarle a los torturadores cuáles son los métodos más eficaces para destruir la capacidad de resistencia de los “interrogados”. Los psicólogos se ofrecen para diseñar métodos de tortura personalizados, explotando las debilidades o fobias particulares que todos tenemos. Espero que este colectivo científico, los expertos en herir, no crean en el open access ni el open source.

8:17 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (1)