Para torturar eficazmente, no basta con
hacer mucho daño: es mejor contratar expertos que ayuden a
conocer las características psicológicas del prisionero.
Hace unos días, ver
Adventus,
la American Psychiatric Association aprobó una resolución
que animaba a sus miembros a no participar en ninguna actividad
relacionada con interrogatorios, tales como los realizados en la base
naval de Guantánamo (
Gitmo).
Lo repetimos: los psiquiatras norteamericanos dicen no a la tortura
asesorada por médicos. La
respuesta
del Pentágono no se hizo esperar y, desde el martes 5 de
junio, sólo se contratará a psicólogos,
quienes, tras reconocer la dificultad de la situación, aceptan
colaborar con las autoridades de su país en la lucha contra el
terrorismo.
A continuación muchos
psicólogos se han movilizado para solicitar de la American
Psychological Association (APA) un moratoria en su política de
apoyo a las unas prácticas denunciadas, entre otros, por el
New
England Journal of Medicine y la
American
Medical Association (AMA) y
Cruz
Roja.
Los detalles probados (ver
The
American Journal of Bioethics, abril de 2007) sobre la práctica
de la tortura en Guantánamo e Irak, dos lugares donde se
desprecian todas las cautelas previstas en numerosos tratados
internacionales para salvaguardar los derechos y la dignidad humanas,
han sido muchas veces contados. En
Salon
explicaron cómo es el aprendizaje de un torturador, en
The
New Yorker cómo es la práctica cotidiana en estos
nuevos gulag y, en
Off
the record, varias ONG (Amnistía Internacional y Human
Rights Watch, entre otras) se narran detalles concretos de cada uno
de los prisioneros/secuestrados. La lectura de estos documentos
produce pánico y nos invita a pensar sobre cuáles son
los límites y contra quién se dirige la llamada Guerra
Global contra el Terror.
Sólo vamos a detenernos en el
papel de los científicos en la organización de la
tortura, tratando de explicar cómo puede un colectivo
profesional, como la American Psychological Association, prestarse a
convertir la psicología en una pieza clave en el sistema
armamentístico, tal como queda probado en
Break
them Down (
pdf).
Un informe elaborado por
Physicians
for Human Rights que le da toda la razón al general
Kevin Kiley, la mayor autoridad sanitaria del ejército
norteamericano cuando, según recoge
Art
Levin en The Haffington Post, declaró que
"Psychology
is an important weapons system".
La
participación de psicólogos de “interrogatorios
enérgicos” tiene una historia.
La tortura, por desgracia, no es asunto
nuevo. Sobran pruebas de su existencia en todas las épocas.
Tampoco debería sorprendernos que haya científicos
involucrados, pues si hubo quienes fabricaron gillotinas, bacterias o
gases, por no hablar de esa
bomba
gay recién anunciada capaz de torcer la virilidad a un
ejército entero; ¿por qué no habrían de
tener los psicólogos el derecho al discutible honor de haber
contribuido a destruir al enemigo? Lo que es más novedoso,
creo, es
la obscenidad con la que se publicita,
y especialmente
los
argumentos que se esgrimen para justificar conductas escalofriantes.
Retomo el punto. Los distintos
colectivos profesionales, los especialistas, tiene una larga historia
de tensiones en su lucha para abrirse sitio en las instituciones y/o
lograr reconocimiento social. Para los psicólogos, como
también para los psiquiatras, no ha sido fácil
encontrar acomodo en el sistema médico, ni en el mercado de la
salud. Su aceptación como agentes sociales y sanitarios ha
sido paralela al éxito que han tenido en su empeño por
probar su especificad profesional y su funcionalidad social. Así,
como se explica
Stephen
Soldz en CounterPunch, han logrado convencer a empresarios y
militares de que controlan técnicas que ayudan a mejorar la
productividad de sus subordinados, o a diseñar campañas
de opinión, publicidad o propaganda. Los psicólogos,
sin duda, han probado que tienen mucha capacidad de persuasión,
además enormes deseos de dotarse de una identidad que les
acerque cuanto sea posible al estatuto de los ingenieros. Muchas
asociaciones de psicólogos han tratado de mostrarse como si
fueran ingenieros sociales.
En esta línea de actuación
(y siempre a la búsqueda de nuevas oportunidades) convencieron
a los dirigentes deportivos de que podían ayudar a los
jugadores a sufrir en el terreno de juego y a mantener alta la moral
en el vestuario. A los militares les convencieron de que era
conveniente un programa que enseñara a los soldados a
resistir, en el supuesto de caer prisioneros, largas sesiones de
interrogatorios, aislamientos prolongados, brutales presiones
psicológicas y, desde luego, altas dosis de dolor físico.
En definitiva, lo que proponían y consiguieron era tener un
papel como maestros en el arte de resistir la tortura. Pero unas
cosas llevan a las otras.
Lo que ahora están haciendo es
ingeniería inversa o, en otros términos, enseñarle
a los torturadores cuáles son los métodos más
eficaces para destruir la capacidad de resistencia de los
“interrogados”. Los psicólogos se ofrecen para diseñar
métodos de tortura personalizados, explotando las debilidades
o fobias particulares que todos tenemos. Espero que este colectivo
científico, los expertos en herir, no crean en el open access
ni el open source.