Enviado el lunes, 18 de junio de 2007 21:18
La pretensión de patentar una
bacteria creada en el laboratorio suscita graves controversias que
resuenan con los debates sobre si nuestra sociedad debe permitir que
se patente el código.
Craig
Venter, quien ya se hiciera famoso hace diez años por
haber liderado desde su empresa Celera Genomics la carrera para
concluir el primer mapa del del genoma humano, acaba de anunciar (
ver
World Science) que ha solicitado una patente para el primer
organismo vivo creado sintéticamente en sus laboratorios. Y,
obviamente, como ya ocurriera a finales del siglo pasado, han vuelto
a sonar las alarmas. Que alguien pueda ser propietario de una especie
viva cuestiona la idea misma de naturaleza y, desde luego, nos obliga
a repensar los fundamentos morales y jurídicos sobre los que
se asienta nuestra idea de justicia social y de bien común.
La idea de Venter es fabricar el
organismo más simple posible (con la cantidad de genes
estrictamente necesaria para que pueda sobrevivir y que, al parecer, son 381). Semejante organismo funcionaría como una
plataforma básica, una especie de hardware, que admitiría
la inserción de fragmentos de ADN (que actuarían como
si fueran paquetes de software especializado) que generarían
sustancias plásticas o, por ejemplo, combustibles o fármacos. “Si
hiciéramos algún organismo -explica Venter- que
produjese combustible, podríamos estar ante el primer
organismo de miles de millones o billones de dólares”. Lo
que su empresa está diciendo es que cuenta con el método
para fabricar organismos capaces de producir energía barata o
ayudar a corregir el cambio climático.
El asunto se hace más delicado
cuando conectamos tales investigaciones con la producción de
armas biológicas. Una posibilidad que para muchos cuestiona
las pretensiones de quienes abogan por una biología de código
abierto. La organización canadiense ETC Group ha anunciado que
peleará para impedir que se conceda semejante patente. Y,
según
publica ETC Group, lo que se reclama es es monopolio exclusivo
sobre:
- Un
conjunto de genes que constituyen un “genoma bacteriano mínimo”.
- El
organismo sintético compuesto de esos genes.
- Cualquier
versión del organismo que pueda hacer etanol o
hidrógeno.
- Cualquier método de producción de
etanol o hidrógeno que use tal organismo.
- Un método
científico para probar la función de genes insertando
otros genes a un organismo sintético.
- Una versión
digital del genoma del organismo.
- Un conjunto de genes
no-esenciales. La patente reclama la propiedad de un organismo
sintético al que le faltan ciertos genes que el inventor ha
identificado como “no esenciales”.
Estamos
pues ante una nueva encrucijada que puede tener graves consecuencias.
Sin detenernos en las de naturaleza mediomabiental, aquí
queremos resaltar la posibilidad de que se constituyera un monopolio
en el ámbito de la biología sintética comparable
a lo que representa Microsoft en el mundo del software. No es es
extraño, como
reconoce
The Economist, que se esté solicitando una moratoria en
la concesión de la patente hasta que la debate social
necesario se haya realizado.
La noticia, ver
Technology
Review, está siendo muy debatido.
Glyn
Moody, por ejemplo, ha expresado su oposición a esta
patente por motivos que compartimos y que merecen ser reproducidos.
Su primer argumento alude a la imposibilidad de patentar algo, una
secuencia de ADN, que no es propiamente una invención, sino
un descubrimiento, pues las secuencias que se recombinan ya existían
en la naturaleza y eran parte de un patrimonio común y
heredado.
También es muy inquietante que se apliquen las
leyes de propiedad intelectual a un descubrimiento que podríamos
calificar como el primer sistema operativo genómico y bloquear
otros posibles mediante patentes implica repetir todos los errores
que ya hemos cometido al admitir patentes en el software
convencional.