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domingo, 17 de junio de 2007

La ciencia está cada día más presente en el debate sobre las alternativas políticas que enfrentamos y, así, las luchas por la opinión pública en asuntos como, por ejemplo, el cambio climático, se harán cada vez más crudas.

Quienes se dedican a la divulgación/comunicación de la ciencia actúan como si creyeran que cuando los legos entiendan los argumentos científicos acabarán pensando como los científicos. Tal mentalidad se asienta sobre el llamado paradigma del déficit (también aquí y aquí) o, dicho con otras palabras, en la convicción de que la gente debe ser motivada/seducida/atraída a la ciencia para paliar el problema que platea la enorme y creciente distancia que existe entre la cultura experta y la cultura ciudadana.


Este debate, a veces confundido con el de las dos culturas siempre tuvo mucho eco entre los educadores, pues abundan quienes piensan que sin un mayor esfuerzo de las instituciones educativas para trasladar contenidos científicos a los estudiantes estamos condenando a los jóvenes a la condición de analfabetos funcionales. El problema podría crecer algo más si lo situamos en el contexto de algunos de los debates más visibles que dominan la actualidad política.  El cambio climático, la salud medioambiental o los debates sobre alternativas energéticas, reproductivas, alimentarias o urbanísticas, son asuntos que no pueden ser tratados como si sólo fueran de la incumbencia de los científicos o los profesores.

Todos deberíamos tener algo que decir.  Para empezar, nada nos obliga a aceptar el modelo del déficit (y aquí sobre la experiencia europea) como la única manera de articular las relaciones entre ciencia y sociedad. Va siendo hora de que nos planteemos con más seriedad los distintos modelos de participación ciudadana en ciencia. Y es que los hechos son tercos. Hay encuestas que confirman que el éxito de las políticas de difusión de la ciencia es muy discutible. Sabemos, ver The Peripatetic Naturalist, que sólo el 23 % de los republicanos y el 75 % de los demócratas en Estados Unidos creen que el cambio climático está provocado por nuestro modelo de desarrollo económico e industrial. Igualmente, es conocido que los norteamericanos  descreen masivamente del evolucionismo (sólo el 42% de los demócratas y el 27% de los republicanos lo consideran una teoría científica probada).

Estos dos ejemplos creo que son significativos y más que evocar el mencionado debate sobre las dos culturas, estarían remitiéndonos a otro que podríamos caracterizar como una escisión en dos naciones. Pongamos otro caso.  En 2001 el 60% de la población aprobaba la política de Bush de impedir la investigación con células madre, pero hoy la opinión pública ha dado un vuelco.  Al parecer, según M. Nisbert, el cambio se ha producido por la habilidad que han tenido los partidarios del cambio de asociar este campo de investigación con el desarrollo de nuevas terapias y la curación de viejas enfermedades.  Así, mientras los conservadores lograron que el problema apareciera ante la opinión como un debate moral, las voces digamos progresistas tuvieron poco eco. Una situación que se invirtió cuando la disputa dejó de ser ética para trasformarse en una decisión médica.

Estos tres casos, entre otros posibles, están dando mucho que pensar. Hace unas semanas aparecieron dos artículos en Science (cache) y en The Washington Post, de Matthew C. Nisbert y Chris Mooney, ambos conocidos por los lectores de este blog, en donde se reconocía la necesidad de mejorar las estrategias comunicación de los científicos.  El argumento principal de ambos textos se resume rápido: dado que la batalla por la opinión pública en asuntos como el cambio climático afecta a cuestiones de la mayor relevancia política y económica, los científicos no pueden seguir actuando como si lo que demandasen las gente fuera más y mejores datos. Lo que tienen que hacer, explican Nisbert y Mooney, es abordar los asuntos en unos términos que conecten rápidamente con las preocupaciones ciudadanas. Tienen que aprender a situar los problemas en un contexto retórico adecuado (framing science), sin perderse en complejas especificaciones técnicas, como tampoco olvidar el necesario compromiso con el rigor.

El problema es que se está usando la ciencia para fragmentar la sociedad, pues lo que la gente opine sobre la urgencia con la que deben adoptarse medidas para frenar el cambio climático o regular eficazmente el vertido de sustancias químicas, puede tener inmensas consecuencias sobre el modelo de desarrollo económico e industrial. Una información científica de mala calidad (insuficiente, anticuada, errónea o manipulada) es un asunto grave. El problema que aquí estamos tratando, la preocupación que quieren compartir Nisbert y Mooney, tiene que ver con el escaso compromiso de los científicos en la tarea de comunicar sus conocimientos a la sociedad. 

No es sólo la desigualdad que se crea si se tolera la escisión entre las llamadas dos culturas (la de los científicos y las de los humanistas), sino que se cede a las grandes corporaciones la capacidad para crear un estado de opinión pública que favorecerá sus intereses en detrimento del bien común.  El debate sobre las dos culturas se transforma así en una reflexión sobre las dos naciones, la que se atiene a los valores del republicanismo cívico y la que se organiza según la regla del máximo beneficio.

8:50 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (0)