LoginRSS 2.0 Feed

domingo, 10 de junio de 2007

La nanoética, a diferencia de la bioética, parece querer emerger antes de que las propias nanotecnologías sean percibidas colectivamente como una amenaza potencial para la salud y el mediomabiente.

Los gobiernos no están haciendo lo que deben si no se toman en serio la investigación sobre el impacto potencial del desarrollo de las nanotecnologías. Lo viene diciendo mucha gente y, no hace mucho, fue la propia Royal Society la que lamentaba esta grave irresponsabilidad política. Si las cosas siguen así, hablar de nanociencias y megariesgos será cada vez más frecuente y necesario.


Las nanotecnologías están llenando el mundo con unas partículas tan extremadamente pequeñas que es muy difícil controlar. Cuando hablamos de nano estamos refiriéndonos a cosas cuyo tamaño es un millón de veces más pequeño que un milímetro. Una molécula de ADN mide 2,5 nanometros, una bacteria pequeña mide 1000 nm y, para terminar, un glóbulo rojo es 7000 veces más grande.

Estamos hablando entonces de objetos potencialmente muy móviles e insidiosos que pueden penetrar el cuerpo y pasar al flujo sanguíneo o introducirse en la cadena trófica y alimentaria, influyendo en el medio ambiente o en la salud. Los gobiernos se comportan como si nada hubieran aprendido de las crisis producidas por el amianto, el DDT o las dioxinas.

Friends of the Earth exige una moratoria que retrase la introducción en el mercado de las nanopartículas y ha publicado un informe sobre su uso creciente en la industria cosmética (Nanomaterials, sunscreens and cosmetics. Small ingredients, big risk). En noviembre de 2006 la revista Nature publicó otro informe, ver Nanotechnology Law Report) elaborado por 14 destacados especialistas del área en donde se planteaba la necesidad ineludible de desarrollar instrumentos de detección de las nanopartículas y métodos que permitan determinar su potencial toxicidad. En este orden de cosas, la ciudad de Berkeley (California) ha aprobado una ordenanza que regula el uso e investigación con nanomateriales y, al parecer, van a imitarle otras ciudades en Estados Unidos.

La preocupación es creciente y todos los días nos enteramos de nuevas iniciativas que aspiran a incrementar la conciencia sobre estos problemas. Así las cosas, hay un movimiento surgido de las universidades y otros medios académicos que reclama una iniciativa global en favor de una nueva área disciplinar alrededor del concepto de nanoética. Pero, ¿para qué serviría la nanoética? La respuesta es simple: su cometido debiera ser explorar las implicaciones que sobre la seguridad, equidad, privacidad e identidad pudiera tener el desarrollo de la nanotecnología.

  • Seguridad. Las nanomáquinas y nanomateriales pueden desencadenar una nueva carrera armamentista y, en consecuencia, introducir riesgos de naturaleza global.
  • Equidad. La nanotecnología otorgará un inmenso poder a quienes la detenten y constituye un factor de claro desequilibrio social, económico y político.
  • Privacidad. Las nanomáquinas no sólo permitirá el rastreo y vigilancia del entorno que nos rodea, sino también el de nuestro propio cuerpo, dado que podrían extraer sin consentimiento información genética o fisiológica.
  • Identidad. La nanotecnología, especialmente al imaginarla en una convergencia con las biociencias, las TIC y las ciencias cognitivas, no sólo alterará el mundo en el que vivimos, sino que, según han venidos anunciando sus entusiastas, modificarán lo noción misma de naturaleza y de humanidad, permitiendo la reforma, corrección y ampliación de los límites que separan las especies o la superación de las servidumbres asociadas a la finitud del cuerpo y de las asociadas al legado de la evolución biológica.

Ya hay muchos nanomateriales introducidos en el mercado de consumo. La nanotecnología, sin embargo, se ha desarrollado en estrecha relación con la llamada investigación (o especulación) sobre nanomáquinas teóricas o abstractas, un tipo de dispositivos que, al igual que, por ejemplo, hay células capaces de transformar la luz en energía mediante la fotosíntesis de las plantas, podrían también actuar como pequeños laboratorios químicos o diminutas máquinas de transporte capaces de trabajar según las instrucciones que pudiera transmitirle un ordenador. Es verdad que mucho de cuanto se dice sobre nanotecnología es una mezcla de especulaciones de ficción y exageraciones elaboradas entre científicos y periodistas. El asunto, sin embargo, no es cuánto hay de falso en lo que se dice, sino cómo de porosas son ya las fronteras entre la ficción y la investigación.

La inspiración para este post surge de un reciente artículo de Adam Keiper en The New Atlantis sobre la noción de nanoética. Una potencial nueva disciplina que involucraría a expertos procedentes de las humanidades y las ciencias sociales, y entre cuyas funciones debiera estar ofrecer argumentos históricos, antropológicos y políticos que orienten la toma de decisiones por parte de las instituciones públicas y las organizaciones ciudadanas.

Todo parece indicar que algunos expertos procedentes de estas áreas del saber dicen tener mucho que aportar en el ámbito de la evaluación del riesgo tecnológico, y que ya está cerca la hora en la que serán muy pertinentes las varias herramientas que han venido desarrollando (paneles ciudadanos, conferencias de consenso, foros híbridos) para implementar la participación, redistribuir los riesgos y mejorar la calidad de la información circulante. Si tuvieran razón, estaríamos en los albores de una nueva edad de oro de las humanidades, menos asociada a la preservación del pasado que al sostenimiento del futuro.

19:58 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (6)