La nanoética, a diferencia de la
bioética, parece querer emerger antes de que las propias
nanotecnologías sean percibidas colectivamente como una
amenaza potencial para la salud y el mediomabiente.
Los gobiernos no están haciendo
lo que deben si no se toman en serio la investigación sobre el
impacto potencial del desarrollo de las nanotecnologías. Lo
viene diciendo mucha gente y, no hace mucho, fue
la
propia Royal Society la que lamentaba esta grave irresponsabilidad
política. Si las cosas siguen así, hablar de
nanociencias y megariesgos será cada vez más frecuente
y necesario.
Las nanotecnologías están
llenando el mundo con unas partículas tan extremadamente
pequeñas que es muy difícil controlar. Cuando hablamos
de nano estamos refiriéndonos a cosas cuyo tamaño es un
millón de veces más pequeño que un milímetro.
Una molécula de ADN mide 2,5 nanometros, una bacteria pequeña
mide 1000 nm y, para terminar, un glóbulo rojo es 7000 veces
más grande.
Estamos hablando entonces de objetos potencialmente muy móviles
e insidiosos que pueden penetrar el cuerpo y pasar al flujo sanguíneo
o introducirse en la cadena trófica y alimentaria, influyendo
en el medio ambiente o en la salud. Los gobiernos se comportan como
si nada hubieran aprendido de las crisis producidas por el
amianto,
el
DDT
o las
dioxinas.
Friends
of the Earth exige una moratoria que retrase la introducción
en el mercado de las nanopartículas y ha publicado un informe
sobre su uso creciente en la industria cosmética
(
Nanomaterials,
sunscreens and cosmetics. Small ingredients, big risk).
En noviembre de 2006 la revista Nature publicó otro informe,
ver
Nanotechnology
Law Report) elaborado por 14 destacados especialistas del área
en donde se planteaba la necesidad ineludible de desarrollar
instrumentos de detección de las nanopartículas y
métodos que permitan determinar su potencial toxicidad. En este orden de cosas, la ciudad de
Berkeley
(California) ha aprobado una ordenanza que regula el
uso e investigación con nanomateriales y, al parecer, van a
imitarle otras ciudades en Estados Unidos.
La preocupación es creciente y
todos los días nos enteramos de nuevas iniciativas que aspiran
a incrementar la conciencia sobre estos problemas. Así las cosas, hay un movimiento surgido de las universidades y otros medios académicos que reclama una iniciativa global en favor de una nueva área disciplinar alrededor del concepto de nanoética. Pero, ¿para qué
serviría la nanoética? La respuesta es simple: su
cometido debiera ser explorar las implicaciones que sobre la
seguridad, equidad, privacidad e identidad pudiera tener el
desarrollo de la nanotecnología.
- Seguridad. Las nanomáquinas
y nanomateriales pueden desencadenar una nueva carrera armamentista y, en consecuencia,
introducir riesgos de naturaleza global.
- Equidad. La nanotecnología
otorgará un inmenso poder a quienes la detenten y constituye
un factor de claro desequilibrio social, económico y político.
- Privacidad. Las nanomáquinas
no sólo permitirá el rastreo y vigilancia del entorno
que nos rodea, sino también el de nuestro propio cuerpo,
dado que podrían extraer sin consentimiento información genética o
fisiológica.
- Identidad. La nanotecnología,
especialmente al imaginarla en una convergencia con las biociencias,
las TIC y las ciencias cognitivas, no sólo alterará el
mundo en el que vivimos, sino que, según han venidos
anunciando sus entusiastas, modificarán lo noción misma
de naturaleza y de humanidad, permitiendo la reforma, corrección
y ampliación de los límites que separan las especies o la superación de las servidumbres asociadas a la finitud del cuerpo y de las asociadas al legado de la evolución biológica.
Ya hay muchos nanomateriales
introducidos en el mercado de consumo. La nanotecnología, sin
embargo, se ha desarrollado en estrecha relación con la
llamada investigación (o especulación) sobre
nanomáquinas teóricas o abstractas, un tipo de dispositivos que, al
igual que, por ejemplo, hay células capaces de transformar la
luz en energía mediante la fotosíntesis de las plantas,
podrían también actuar como pequeños
laboratorios químicos o diminutas máquinas de
transporte capaces de trabajar según las instrucciones que
pudiera transmitirle un ordenador. Es verdad que mucho de cuanto se
dice sobre nanotecnología es una mezcla de especulaciones de
ficción y exageraciones elaboradas entre científicos y
periodistas. El asunto, sin embargo, no es cuánto hay de falso
en lo que se dice, sino cómo de porosas son ya las fronteras
entre la ficción y la investigación.
La inspiración para este post
surge de un reciente artículo de
Adam
Keiper en The New Atlantis sobre la noción de
nanoética. Una potencial nueva disciplina que involucraría
a expertos procedentes de las humanidades y las ciencias sociales, y
entre cuyas funciones debiera estar ofrecer argumentos históricos,
antropológicos y políticos que orienten la toma de
decisiones por parte de las instituciones públicas y las
organizaciones ciudadanas.
Todo parece indicar que algunos
expertos procedentes de estas áreas del saber dicen tener
mucho que aportar en el ámbito de la evaluación del
riesgo tecnológico, y que ya está cerca la hora en la
que serán muy pertinentes las varias herramientas que han
venido desarrollando (
paneles ciudadanos,
conferencias de consenso,
foros híbridos) para implementar la participación,
redistribuir los riesgos y mejorar la calidad de la información
circulante. Si tuvieran razón, estaríamos en los
albores de una nueva edad de oro de las humanidades, menos asociada a
la preservación del pasado que al sostenimiento del futuro.