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arte contra la “petit biologie”

Enviado el lunes, 16 de abril de 2007 21:23

El tráfico de enfremedades, tema para (unos pocos) políticos, periodistas y sociólogos, es ya también un asunto de la incumbencia de los artistas.

Hace unas semanas Justine Cooper, una artista que trabaja las relaciones entre arte y ciencia, cerraba en New York su última exposición “Havidol: When More is Not Enouugh”, consistente en presentar como innovación de ultimísima hora un (inexistente) fármaco milagroso que cura una (inexistente) enfermedad ”conocida” como Dysphoric Social Attention Consumption Deficit Anxiety Disorder (DSACDAD). La exposición consistía en presentar una campaña de marketing a la opinión pública para introducir este nuevo producto en el mercado, con vídeo, folletos, camisetas, web, cóctel, público, nota de prensa, slogans, encuestas y demás parafernalia que rodea este tipo de eventos.

Una parodia que, ver The Scientist, trata de alertarnos sobre los modos de proceder de las compañías farmacéuticas y de las de publicidad. Pero hay más, pues el montaje, como se explica en News Target, también está haciendo visible la mala conciencia de los consumidores por creerse todo cuanto ven en la tele, aún cuando se trate de cosas tan absurdas como prometer la plenitud a cambio de una simple pastilla.

Y es que, en efecto, basta con un rápido recorrido por la campaña/exposición para entender la enorme vulnerabilidad de nuestro mundo. Hay, por ejemplo, fotos de jóvenes sonrientes y seguros de si mismos que afirman estar ayudándose con la nueva pastilla. Se presenta también un test de autodiagnóstico para que, si sale positivo, te dirijas a un médico de confianza con el que discutir las soluciones posibles. ¿Y los síntomas? Están perfectamente descritos y, entre los más frecuentes, se mencionan leve tensión, persistente fatiga, habitual nerviosismo, cierta inquietud por la marcha de la vida, inquietud por el incremento del peso, aparición de indicios de envejecimiento, streess en el trabajo, propensión a ir de compras,...

Cierto, cosas livianas, pero persistentes y, lo peor de todo, que no le dejan a uno ser feliz. Y para eso, dicta la propaganda, llega Havidol, una innovación basada en la molécula química del avfynetime HCL de la que se muestra su fórmula (ver Molecule of the Day) y que es resultado de muchos años de experimentación en los laboratorios de Paradise Pharmamed. En fin, agrega la publicidad, Havidol es el único remedio contrastado y eficaz contra la DSACDAD.

Todo es una farsa que, como se temían los organizadores, ha tenido impacto, pues la web del lanzamiento ha sido archivada por numerosos colectivos cuyas páginas son lugares de encuentro virtual donde se intercambian experiencias e información sobre la ansiedad, el pánico y otros leves trastornos de la conducta. A los pocos días de la inauguración, según Reuters, se contaban los hits por miles y al cabo de un par de meses se alcanzaba el cuarto de millón de visitantes.

El tráfico de enfermedades (disease mongering) parece una práctica más común de lo que pensamos. No hace mucho que PloS Medicine dedicó un número especial a explorar unas prácticas fraudulentas que, para calar a los consumidores, necesitan de la complicidad de muchos actores sociales, desde muchos bioquímicos y colegios profesionales, a los médicos, los medios de prensa y los farmacéuticos. Para inventar una enfermedad basta con convencer a la gente de que todos los malestares pueden ser corregidos con alguna sustancia nueva. El asunto es cómo se procede en los laboratorios o en los hospitales, donde mediante experimentos o ensayos clínicos se otorga veracidad a una mentira tan grande como rentable. O, en otros términos, cuál es el papel de los científicos que se prestan al juego.

Hay muchos estudios que han tratado de explicarlo, pero los mejores, creo, los ha escrito Philippe Pignarre. La petite biologie y la petite psicologie son los instrumentos de los que se valen para hacer negocios. La petite biologie consiste en asociar en términos estadísticos una molécula química a un cierto trastarno de la conducta. La petite psicologie, por su parte, crea las categorías que definen las alteraciones del carácter en función de los efectos “contrastados” de la mencionada molécula química.

Para decirlo de una forma clarita, lo que se hace es suministrar a los pacientes o voluntarios una sustancia en diferentes dosis hasta que comienza a definirse entre los receptores un grupo que afirma experimentar sensaciones parecidas (placer, euforia, serenidad,...). A continuación se pide a los psicólogos que identifiquen colectivos por los síntomas que ahora se sabe curar y a los que se pueda recomendar la ingestión del mencionado principio activo. Por fin, ya sólo queda buscar un nombre molón para el padecer, asignarle unos síntomas que (ya) sabemos curar y, para terminar, pasar los datos al departamento de marketing para que se ocupe del resto.

Ya se ve que le llamamos petite biologie, porque los supuestos descubrimientos que hacen los investigadores aparecen por azar (trabajando más como un mero practicón que como un científico) y nunca, como debería hacerse, a partir de un conocimiento profundo del cerebro, de su bioquímica y de la forma en la que cursa clínicamente la enfermedad. En términos generales, se podría decir que lo que se hace es inventar una enfermedad para cada fármaco.

Isabelle Stengers ha explorado el mundo que estas prácticas propician y denunciado que, entre las estrategias orientadas a la captación de nuevos clientes, se promueve la creación de asociaciones de afectados que, a través de la red, difunden los síntomas, localizan a nuevos usuarios, promueven el consumo y captan más pacientes para la causa de la felicidad instantánea. Inventar una enfermedad tiene su dificultad, pero una vez que se hizo con una, lo demás parece fácil. Podría suceder, no obstante, que teniendo todo el dispositivo preparado a nadie se le ocurriera un nombre de impacto (creíble, eufónico y moderno) para designar el mal o, peor aún, nuevos males a los que buscar “cura”.

Desde hace unos días, informa News Target, esta dificultad ha dejado de ser un problema, pues Mike Adams, un gurú de la salud pública, ha inventado una máquina, la Disease Mongering Engine, capaz de producir más de 73.000 desórdenes, síndromes y disfunciones, con sus respectivos nombres y síntomas. O, en otras palabras, que no basta con que las enfermedades tengan un nombre y salgan en la tele para que existan. Pueden sonar reales y, como decíamos, ser falsas.

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Comentarios

# arte contra la “petit biologie”

17/04/2007 20:27 por meneame.net
[c&p]Una parodia que, ver The Scientist, trata de alertarnos sobre los modos de proceder de las compañías farmacéuticas y de las de publicidad. Pero hay más, pues el montaje, como se explica en News Target, también está haciendo visible la mala conciencia de los consumidores por creerse todo cuanto ven en la tele, aún cuando se trate de cosas tan absurdas como prometer la plenitud a cambio de una simple pastilla.

# re: arte contra la “petit biologie”

02/05/2007 15:32 por jose bravo castello
Fenomenal. Impactante. Genial. Voy a inventarme tres o cuatro sindromes (en inglés mejor)
Sin bromas. Alertar de este problema desde la comunidad científica es la única salida.
Soy médico aunque ahora estoy en labores de gestión.
Enhorabuena
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