El tráfico de enfremedades, tema para (unos pocos) políticos, periodistas y sociólogos, es ya también un asunto de la incumbencia de los artistas.
Hace unas semanas
Justine
Cooper, una artista que trabaja las relaciones entre
arte y ciencia, cerraba en New York su última exposición
“
Havidol:
When More is Not Enouugh”, consistente en presentar como
innovación de ultimísima hora un (inexistente) fármaco
milagroso que cura una (inexistente) enfermedad ”conocida” como
Dysphoric Social Attention Consumption Deficit Anxiety Disorder
(DSACDAD). La
exposición
consistía en presentar una campaña de marketing a
la opinión pública para introducir este nuevo producto
en el mercado, con
vídeo,
folletos, camisetas, web, cóctel, público, nota de
prensa, slogans, encuestas y demás parafernalia que rodea este
tipo de eventos.
Una parodia que, ver
The
Scientist, trata de alertarnos sobre los modos de proceder de las
compañías farmacéuticas y de las de publicidad.
Pero hay más, pues el montaje, como se explica en
News
Target, también está haciendo visible la mala
conciencia de los consumidores por creerse todo cuanto ven en la
tele, aún cuando se trate de cosas tan absurdas como prometer
la plenitud a cambio de una simple pastilla.
Y es que, en efecto, basta con un
rápido recorrido por la campaña/exposición para
entender la enorme vulnerabilidad de nuestro mundo. Hay, por ejemplo,
fotos de jóvenes
sonrientes y
seguros de si
mismos que afirman estar ayudándose con la nueva pastilla.
Se presenta también un
test
de autodiagnóstico para que, si sale positivo, te dirijas
a un
médico de confianza con el que discutir
las
soluciones posibles. ¿Y
los
síntomas? Están perfectamente descritos y, entre
los más frecuentes, se mencionan
leve tensión,
persistente fatiga, habitual nerviosismo, cierta inquietud por la
marcha de la vida, inquietud por el incremento del peso, aparición
de indicios de envejecimiento, streess en el trabajo, propensión
a ir de compras,...
Cierto, cosas livianas, pero
persistentes y, lo peor de todo, que no le dejan a uno ser feliz. Y
para eso, dicta la propaganda, llega Havidol, una innovación
basada en la molécula química del
avfynetime HCL
de la que se muestra su fórmula (ver
Molecule
of the Day) y que es resultado de muchos años
de experimentación en los laboratorios de Paradise Pharmamed.
En fin, agrega la publicidad, Havidol es el único remedio
contrastado y eficaz contra la DSACDAD.
Todo es una farsa que, como se temían
los organizadores, ha tenido impacto, pues la web del lanzamiento ha
sido archivada por numerosos colectivos cuyas páginas son
lugares de encuentro virtual donde se intercambian experiencias e
información sobre la ansiedad, el pánico y otros leves
trastornos de la conducta. A los pocos días de la
inauguración, según
Reuters,
se contaban los hits por miles y al cabo de un par de meses se
alcanzaba el cuarto de millón de visitantes.
El
tráfico
de enfermedades (
disease mongering) parece una práctica
más común de lo que pensamos. No hace mucho que
PloS
Medicine dedicó un número especial a explorar unas
prácticas fraudulentas que, para calar a los consumidores,
necesitan de la complicidad de muchos actores sociales, desde muchos
bioquímicos
y colegios profesionales, a los médicos,
los medios de prensa y los farmacéuticos. Para inventar una
enfermedad basta con convencer a la gente de que todos los malestares
pueden ser corregidos con alguna sustancia nueva. El asunto es cómo
se procede en los laboratorios o en los hospitales, donde mediante
experimentos o ensayos clínicos se otorga veracidad a una
mentira tan grande como rentable. O, en otros términos, cuál
es el papel de los científicos que se prestan al juego.
Hay muchos estudios que han tratado de
explicarlo, pero los mejores, creo, los ha escrito
Philippe
Pignarre. La
petite biologie y la
petite psicologie
son los instrumentos de los que se valen para hacer negocios. La
petite biologie consiste en asociar en términos estadísticos
una molécula química a un cierto trastarno de la
conducta. La petite psicologie, por su parte, crea las categorías
que definen las alteraciones del carácter en función
de los efectos “contrastados” de la mencionada molécula
química.
Para decirlo de una forma clarita, lo
que se hace es suministrar a los pacientes o voluntarios una
sustancia en diferentes dosis
hasta que comienza a definirse entre los receptores un
grupo que afirma experimentar sensaciones parecidas (placer, euforia,
serenidad,...). A continuación se pide a los psicólogos
que identifiquen colectivos por los síntomas que ahora se sabe
curar y a los que se pueda recomendar la ingestión del
mencionado principio activo. Por fin, ya sólo queda buscar un
nombre molón para el padecer, asignarle unos síntomas
que (ya) sabemos curar y, para terminar, pasar los datos al
departamento de marketing para que se ocupe del resto.
Ya se ve que le llamamos
petite
biologie, porque los supuestos descubrimientos que hacen los
investigadores aparecen por azar (trabajando más como un mero
practicón que como un científico) y nunca, como debería
hacerse, a partir de un conocimiento profundo del cerebro, de su
bioquímica y de la forma en la que cursa clínicamente
la enfermedad. En términos generales, se podría decir
que lo que se hace es inventar una enfermedad para cada fármaco.
Isabelle
Stengers ha explorado el mundo que estas prácticas
propician y denunciado que, entre las estrategias orientadas a la
captación de nuevos clientes,
se
promueve la creación de asociaciones de afectados que, a
través de la red, difunden los síntomas, localizan a
nuevos usuarios, promueven el consumo y captan más pacientes
para la causa de la felicidad instantánea. Inventar una
enfermedad tiene su dificultad, pero una vez que se hizo con una, lo
demás parece fácil. Podría suceder, no obstante,
que teniendo todo el dispositivo preparado a nadie se le ocurriera un
nombre de impacto (creíble, eufónico y moderno) para
designar el mal o, peor aún, nuevos males a los que buscar
“cura”.
Desde hace unos días,
informa
News Target, esta dificultad ha dejado de ser un problema, pues
Mike Adams, un gurú de la salud pública, ha
inventado una máquina, la
Disease
Mongering Engine, capaz de producir más de 73.000
desórdenes, síndromes y disfunciones, con sus
respectivos nombres y síntomas. O, en otras palabras, que no
basta con que las enfermedades tengan un nombre y salgan en la tele para
que existan. Pueden sonar reales y, como decíamos, ser falsas.