Un nuevo libro sobre la aplicación de ondas
electromagnéticas en la guerra por el control de la mente vuelve
a poner de actualidad el poco control que nuestra sociedad tiene
sobre el uso (y potencial abuso) de las nuevas tecnologías.
Hay mucha información en la web
que habla de cambios profundos en los asuntos militares.
Nick
Begich, director de
The
Lay Institute on Technology, habla incluso de la
emergencia
de una primera revolución tecnológica militar. Y, la
verdad, me quedé sorprendido, pues no están tan lejanas
las noticias sobre la guerra química, la biológica, la
nuclear y, más recientemente, la electrónica. ¿Qué
podría ser lo siguiente? La mencionada revolución
tiene que ver con el desarrollo de la llamada neuroseguridad y la
guerra cerebral.
La reciente aparición de
Minds
Wars, un libro de
Jonathan D. Moreno, explica con cierto detalle cómo
desde los años previos a II Guerra Mundial ya comenzaron los
experimentos militares con ondas electromagnéticas y psicotrópicos
en un intento de influir en la conducta humana. No es sin embargo
hasta los años sesenta del siglo anterior cuando estas
investigaciones comienzan a adquirir una intensidad muy considerable.
Según Moreno, el 30% de toda la investigación
académica realizada en los Estados Unidos en los ámbitos
de la psicología y la neurofisiología s ha sido
financiada directa o indirectamente por los militares y los servicios
de inteligencia.
El objetivo de la mayor parte de tales estudios, promovidos por la
Defense Advanced Research Projects
Agency (DARPA), era (y es!) crear un modelo electromagnético
del cerebro y, a continuación, averiguar cómo podría
ser
alterado
mediante pulsos de ondas o, en otros términos,
cómo
influir a distancia en la circuitería neuronal para provocar
desde parálisis o efectos narcotizantes, hasta fuertes
estímulos emocionales o graves crisis de memoria.
Hay un debate sobre el (supuesto)
control de la mente que va ganando intensidad y que, por supuesto,
niegan las autoridades militares, ignoran los media y silencian los
académicos. Quienes hablan de estos asuntos son acusados de
conspiparanoia. Pero Cheril Welsh, director de
Mind
Justice, no se resigna y, junto con otros activistas, lleva años
dedicada a recopilar información sobre el uso y los efectos de
los campos electromagnéticos sobre el cuerpo humano que,
cuanto menos, prueban que hay muchos intereses ocultos empeñados
en confundir a la opinión pública.
Porque, no lo olvidemos, además
de los militares, también
manufacturan
incertidumbre las grandes corporaciones energéticas y las
del sector de las telecomunicaciones. Pero la cuestión del
control
de la mente, evocadora de la peor pesadilla sobre el papel de las
nuevas tecnologías, es un asunto que empieza a ser visto como
más cercano de lo que se reconoce. Al menos esta es la idea
de Welsh que, para reprocharle a Moreno haber pasado sobre este
asunto como sobre ascuas, ha escrito una aplastante reseña de
101 páginas, bajo el título
The
2006 Government Mind Control Debate.
Ya hemos tratado el tema de la
electrosensibilidad.
Ahora, sin embargo, lo que queremos no es hablar del cerebro como un
nuevo y suculento ámbito de negocios (como ya hicimos en
mundialización
de la tristeza o en
medicalización
de los perros), sino acercarnos a esta nueva deriva que trata de
convertirlo en un campo de batalla. Insistimos, no estamos hablando
sólo de acciones dirigidas al llamado lavado de cerebro (brain
washing), sino a nuevas tecnologías que faciliten la lectura
del cerebro (brain reading). Nos referimos al desarrollo de
procedimientos que permitirían la violación,
manipulación, destrucción y saqueo de ese
sancta
santorum de la libertad e identidad individual que llamamos
mente.
Todavía no hay
transplantes
de cerebro o, según se mire, de cuerpo. Cuando se hagan, habrá que
considerarlo parte del procomún, tal como sucede con los otros
órganos tras ser separados del cuerpo original, para así
evitar el tráfico de órganos y todas las formas de
criminalidad asociadas a este mercado. ¿Y las ideas? ¿No
habría que darles el mismo tratamiento que a los órganos
y así ponerle coto a la ambición de quienes quieren
saquearlo?