Cuando los concejales de Ermua pretenden regular el uso del nombre de su ciudad, se comportan como si la palabra que nombra ese símbolo les perteneciera.

El Ayuntamiento de
Ermua
ha exigido al Foro de Ermua que deje de usar el nombre de la ciudad
para identificase socialmente. No vamos a entrar en los motivos de
esta (para mí vergonzante) decisión. Lo que resulta muy
discutible es si los concejales, presionados o no por
grupos de presión provistos con armas o con chequeras, pueden
apropiarse del simbolo cuyo uso pretenden regular. Si pudieran
entonces dejaría de ser política ficción la
posibilidad de que
Bilbao Madrid quisiera impedir que el equipo de fútbol
de la ciudad se siguiera llamando
Atlhetic de Bilbao Atlético de Madrid.
La medida llegó al pleno avalada
por 3.477 firmas (el pueblo cuenta con 17.000 habitantes) y, sin más
consideraciones, fueron y votaron democráticamente que los
otros, los discrepantes, debían pedir permiso para usatr el
nombre de la ciudad. Los concejales deben creer que el
Foro
de Ermua perjudica la imagen del pueblo. Debe ser que no les
gusta su manera de decir las cosas o simplemente que no le gustan las
cosas que defiende o, peor aún, que le molestan las gentes que
agrupa. Tienen derecho a una opinión, pero deben saber que
es
muy discutible su pretensión de actuar como propietarios de
una palabra que pertenece a todos, incluidos los extranjeros.
Por eso hay cafés que se llaman
Paris o novelas que se venden con el título de Amsterdam.
Los nombres de los símbolos pertenecen al procomún y
nadie puede actuar como si se tratara de otro activo más de la
ciudad que los alberga. ¿Qué ocurriría si de
pronto el gobierno vasco pretendiera regular el uso de la palabra
Euskadi y, tras recibir el apoyo de muchas (o muchisísimas)
firmas, acordara que el Partido Socialista de Euskadi es un colectivo
que perjudica la imagen exterior de las instituciones vascas y que,
tras un árduo debate y una votación televisada, debía
retirar el término de su nombre?
Sería estúpido que el
ayuntamiento de Granada, debido a presiones realizadas por grupos
islamistas radicales, decretara que la ciudad volvía a
llamarse Elvira o que la Generalitat, empujada por los contrarios al
arroz transgénico, decidiera que sólo puede ser
nombrada con el término paella la realizada con ingredientes
tradicionales. Todos nos mofaríamos, olvidando que una medida
tan estúpida llevaría apareada la pérdida/ganancia
de subvenciones, pues los concejales administran unos recursos que
asignan a los más sumisos en detrimento de quienes ejercen su
derecho a discrepar.
La disputa de Ermua no es asunto de la
incumbencia exclusiva de los ermuanos, porque sitúa en primer
plano el problema de a quién pertenecen los símbolos
que compartimos. Ni siquiera es un debate exclusivamente
nacionalista. Si hoy permitimos que estas palabras se las apropie el
ayuntamiento, mañana podríamos ver a los concejales
usar este poder que no tenían (y ahora les regalamos) para
vender su uso al mejor postor. No estoy inventando nada que no sea
moneda corriente en otros países. Basta con escribir en
Google “naming rights” para ver el burbujeante negocio que hay
montado con el tráfico de símbolos.