Entre las cosas que más le gusta
a un bloguero (aunque sea filósofo) es bloguear sobre lo que
pasa si te (semi)trasladas a vivir a un blog.
Todos los días hay alguien en la
red (hoy es
Ophelia
Benson en The Philosophers' Magazine) que expresa su
inconformidad con esta nueva práctica (o moda, que dicen los
más escépticos) de publicar en un blog sobre filosofía,
física, leyes o cualquier otro asunto serio o, mejor dicho,
académico. Desde luego que respeto este punto de vista, pero
me sorprende que sus defensores no logren encontrar ningún
blog que les haga dudar.
Mi opinión es otra, una vez que tomé
partido a favor de quienes encuentran muy razonable debatir si la
blogosfera ya es la nueva República de las Letras, como se
sostiene en
City
of Tiny Lights. Si ahora vuelvo sobre este asunto, es
porque un editor me ha pedido publicar una selección de post y
llevo varios días pensando en la imposibilidad de trasladar a
otro
media (el libro) los contenidos de un blog.
Los post no son columnas de periódico,
ni tampoco notas recordatorias personales. Unos serán más
serios que otros y no todos están bien escritos. Desde luego
hay algunos blogs que son excelentes, lo que es tanto como decir que
hay diferencias. Es verdad que, a veces, son demasiado
autoindulgentes y, dado que se sitúan al margen de las reglas
que controlan la calidad y el rigor de los escritos universitarios,
no falta quien los trata como si sólo fueran una banal
cháchara narcisista y pseudolibertaria. Pero, insisto, no es
tan difícil encontrar blogs que se sitúan a medio
camino entre una charla de colegas y un artículo profesional.
Y, desde luego, sería muy raro que, como se explica en
The
Splinted Mind, algo tan bueno para la filosofía
(charlar y escribir), se haga tan peligroso sólo porque las
dos prácticas sean ahora simultáneas y contiguas en
lugar de sucesivas y separadas.
Y siendo así, quienes acusan a
los blogueros de dispersos, superficiales, veleidosos y hasta de
periodistas (sic) deberían pensarlo otra vez. ¿Por qué
la conversación (diálogo, disputa, seminario, coloquio,
mesa redonda o taller) está reputada como un gran instrumento
para explorar/experimentar con nuevas ideas y, en cambio, es tan
sospechosa cuando se hace en otro medio que no es la academia, el
refectorio, el aula, el café, la sociedad, el parlamento o el
club? Y lo mismo podríamos decir de los textos, tan
esclarecedores cuando aparecen impresos y tan marrulleros si se
difunden en la red.
Hay muchas respuestas posibles para estas
cuestiones y, desde luego, tenemos que reservar un instante de
atención para discutir (y difundir!) la obscena conexión
entre saber y poder que cotidianamente se cultiva en las
instituciones (corporativas?) sostenidas por funcionarios filósofos
o filósofos funcionarios (una distinción o confusión
que no es sólo un juego de palabras).
Los blogs, creo, son un género
experimental que obliga al escritor a expresarse con claridad y
concisión o, en otros términos, a codificar las ideas
con palabras que aseguren la posibilidad de ser refutadas. No sólo
se piensa en la calle, en medio de esa gran plaza pública que
es la red, sino que se hace según las normas (no explícitas)
de la
netiqueta.
Unas reglas que obligan a renunciar a los trucos, ya sean púlpitos
o togas ya sean fórmulas o latinajos. En la blogosfera no
están bien vistas las muchas formas de prestidigitación
profesoral que se practican en la academia. Las buenas prácticas obligan a enseñar el conejo y la chistera.