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domingo, 01 de abril de 2007

Entre las cosas que más le gusta a un bloguero (aunque sea filósofo) es bloguear sobre lo que pasa si te (semi)trasladas a vivir a un blog.

Todos los días hay alguien en la red (hoy es Ophelia Benson en The Philosophers' Magazine) que expresa su inconformidad con esta nueva práctica (o moda, que dicen los más escépticos) de publicar en un blog sobre filosofía, física, leyes o cualquier otro asunto serio o, mejor dicho, académico. Desde luego que respeto este punto de vista, pero me sorprende que sus defensores no logren encontrar ningún blog que les haga dudar.

Mi opinión es otra, una vez que tomé partido a favor de quienes encuentran muy razonable debatir si la blogosfera ya es la nueva República de las Letras, como se sostiene en City of Tiny Lights. Si ahora vuelvo sobre este asunto, es porque un editor me ha pedido publicar una selección de post y llevo varios días pensando en la imposibilidad de trasladar a otro media (el libro) los contenidos de un blog.


Los post no son columnas de periódico, ni tampoco notas recordatorias personales. Unos serán más serios que otros y no todos están bien escritos. Desde luego hay algunos blogs que son excelentes, lo que es tanto como decir que hay diferencias. Es verdad que, a veces, son demasiado autoindulgentes y, dado que se sitúan al margen de las reglas que controlan la calidad y el rigor de los escritos universitarios, no falta quien los trata como si sólo fueran una banal cháchara narcisista y pseudolibertaria. Pero, insisto, no es tan difícil encontrar blogs que se sitúan a medio camino entre una charla de colegas y un artículo profesional.

Y, desde luego, sería muy raro que, como se explica en The Splinted Mind, algo tan bueno para la filosofía (charlar y escribir), se haga tan peligroso sólo porque las dos prácticas sean ahora simultáneas y contiguas en lugar de sucesivas y separadas.

Y siendo así, quienes acusan a los blogueros de dispersos, superficiales, veleidosos y hasta de periodistas (sic) deberían pensarlo otra vez. ¿Por qué la conversación (diálogo, disputa, seminario, coloquio, mesa redonda o taller) está reputada como un gran instrumento para explorar/experimentar con nuevas ideas y, en cambio, es tan sospechosa cuando se hace en otro medio que no es la academia, el refectorio, el aula, el café, la sociedad, el parlamento o el club? Y lo mismo podríamos decir de los textos, tan esclarecedores cuando aparecen impresos y tan marrulleros si se difunden en la red.

Hay muchas respuestas posibles para estas cuestiones y, desde luego, tenemos que reservar un instante de atención para discutir (y difundir!) la obscena conexión entre saber y poder que cotidianamente se cultiva en las instituciones (corporativas?) sostenidas por funcionarios filósofos o filósofos funcionarios (una distinción o confusión que no es sólo un juego de palabras).

Los blogs, creo, son un género experimental que obliga al escritor a expresarse con claridad y concisión o, en otros términos, a codificar las ideas con palabras que aseguren la posibilidad de ser refutadas. No sólo se piensa en la calle, en medio de esa gran plaza pública que es la red, sino que se hace según las normas (no explícitas) de la netiqueta. Unas reglas que obligan a renunciar a los trucos, ya sean púlpitos o togas ya sean fórmulas o latinajos. En la blogosfera no están bien vistas las muchas formas de prestidigitación profesoral que se practican en la academia. Las buenas prácticas obligan a enseñar el conejo y la chistera.

4:49 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (7)