Para luchar contra el crimen hay
ciudades del mundo donde se están cambiando pistolas por
ordenadores.
En la red siempre hay una sorpresa
aguardándonos detrás del penúltimo link. La
ciudad de México, ver
The
Latin Americanist, tiene un programa para reducir la violencia
que consiste en cambiar computadoras por pistolas. El asunto me ha
sorprendido y he seguido la pista hasta comprobar que no es la
primera vez que se activa este trueque, como también que se
trata de una política experimentada en
Chicago,
Sierra
Leona y
otros
países de Africa.
Los promotores hablan de reemplazar
barbarie por civilización, pero los críticos se
preguntan por la ventaja que representa cambiar la violencia urbana
por el
cibercrimen.
Y, la verdad, sigo colgado. Igual que me sorprendió la noticia
de la
relación
de la multinacional Elsevier con el mercado del libro y el tráfico
de armas, ahora me quedo perplejo por este nuevo tránsito
desde el bang bang al bit bit.
Este intercambio de gadgets representa
un cambio de apariencias y, en consecuencia, un cambio de mundos. De
disfraces, porque seguramente un PC otorga a su dueño tanto o más prestigio que un arma de fuego.
De mundos, porque un computador es una máquina de mirar que
cuanto más se usa más perfilado está el usuario.
En la red, no se puede (o, mejor, es difícil) ver sin ser
visto, lo que implica que representa un poderoso mecanismo de control
social.
Pero hay más, pues mientras que
una pistola crea/consolida una desigualdad, un computador
tiende a funcionar como nivelador social o, al menos, esa es la
retórica que hay tras el proyecto
One
Laptop per Child, OLPC (para cada niño un portátil
por 100 dólares) o la designación de
todos
(you) como personaje del año por la revista Time.
Portátiles por pistolas, el bit
bang: dos objetos de consumo, dos juguetes extremos y dos símbolos
de poder que intercambian los muchachos por algún extraño motivo. Cuando publique esta líneas, seguiré
barruntando sobre estas intrigantes conexiones entre las armas,
los libros y los computadores.