Tras Singapur, ahora le toca el turno a los australianos que tienen que aprender a beber aguas residuales reclicadas.
Desde hace varios meses se viene
discutiendo mucho en Australia sobre el proyecto, ya aprobado
según
BBC News, de reciclar aguas residuales para consumo humano. No me
extenderé en los datos que hablan, ver
Gaïa:
bulletin de santé, de una descomunal sequía. El caso es
que ayer Nuria me preguntó, teniendo en cuenta que era el día
mundial del agua, qué aspecto iba tratar en el blog. Me
sorprendió que diera por hecho que tenía que escribir
algo y, así, me pongo a contarle una historia que espero le
guste. La de hoy va sobre la diferencia entre beber agua e ingerir
H
2O.
La decisión es
parte fundamental de la mayor reforma hidráulica en la
historia autraliana. Tiene varios precedentes. Los habitantes de
Singapur, por ejemplo, llevan bebiendo aguas residuales recicladas
desde 2003 y hace unos días se inauguró la
cuarta
planta de reciclamiento. Y, aunque hubo polémica, lo
cierto es que no tuvo tanta visibilidad internacional porque, entre
otras razones, desde los países ricos e ilustrados (no se si debiera haber escrito con mayúscula, entre comillas o con cursivas este ilustrados)
tiende a valorarse todo cuanto sucede en el resto del mundo como una
penitencia por su falta de democracia o deficiente occidentalización.
Es como si Singapur se lo tuviera ganado, mientras que, por el contrario, para
Australia fuera un drama premonitorio del futuro que nos aguarda.
El gobernador del estado de Queensland
no ha dejado resquicio para la duda. Según su criterio,
avalado por muchos estudios, no hay alternativa.
Tanto, que ni siquiera va a convocar un referendum. A su estrategia
de comunicación se han incorporado un egregio grupo de
científicos que sostienen la absoluta inocuidad de esta
bebida. Y conste, ver el blog
Water Recicling in Australia, que cuentan con argumentos contundentes que aluden a técnicas
sofisticadas de filtrado que sólo dejan pasar moléculas
de agua. A quienes temen que estemos ingiriendo bacterias, virus,
drogas, hormonas,
Prozac, y otros residuos químicos evacuados por otros cuerpos, se les dice que es imposible dado su tamaño,
pues si una molécula de agua tuviera el tamaño de un
bola de ping pong, un virus sería como un camión y una
bacteria como un rascacielos.
En definitiva, afirman que nuestra
tecnología puede garantizar la salubridad y seguridad del proceso. Más
aún, llegan a afirmar que nunca fue más pura el agua y
que los riesgos de contaminación son remotos. He estado
leyendo declaraciones de los defensores, además de muchos
documentos oficiales, y para mi sorpresa, me
encuentro con el mismo gesto arrogante de los científicos que
defendieron (y muchos siguen haciéndolo) que no hay nada que temer
en los Organismos Genéticamente Modificados (OGM), que las
alarmas son injustificadas y que, para terminar, quienes expresan
dudas son ignorantes, tecnófobos, reaccionarios y hasta
ludditas.
Hay muchos ciudadanos que se han
prestado a probarla y están encantados. Afirman que es
estupenda, aunque reconocen que no sabe a agua, que su paladar es otro y que, digamos, sólo es H
2O. Las fábricas de transformación
de las aguas, inevitablemente imaginadas como fecales, en potables
funcionan según criterios objetivos o, en otros términos,
se limitan a producir un líquido que responde a unos
estándares biosanitarios acordados por todos los actores
implicados, desde los químicos a los políticos, sin
olvidar los asociados con la gastronomía o el marketing,
porque, al fin y al cabo, se trata de un nuevo producto que debe
introducirse en el mercado y llegar, como
indican
las encuestas, a los hogares con el apoyo de los consumidores.
Y lo que pasa ahora con el agua también le está pasando a muchos
alimentos y nuevos materiales con los que convivimos: llegan al
mercado sin que se sepa su impacto sanitario o
medioambiental. En todos los casos, algún
grupo de expertos, seguramente bien acreditados, ha decidido dónde
está la línea que separa lo que es nocivo de lo que es
sano, lo que está polucionado de lo que es puro y, en fin, ha
creado los protocolos que permiten segregar la basura para que el
resto quede limpio.
Parece obvio hasta que, como
explicaba
The Sydney Morning Herald y más recientemente en el libro
de distribución masiva y gratuita
Think
before you agree to drink – Is sewage a source of drinking water?
aparecen las discrepancias, se explica en
Water
Futures. En Australia hay científicos que han llegado a
otras conclusiones y afirman haber encontrado inmundicias en la
NEWater,
como se la llama en Singapur. En las últimas semanas, quienes
se oponen a esta iniciativa parecen estar ganando la batalla de la
opinión pública. Los defensores, mantiene sus datos y
acusan a los oponentes de actuar según prejuicios que nuestra
época ya no se puede permitir.
Les reprochan no ser capaces de ver
agua en el H
2O. Seguros de sus datos, basados en estudios
científicos,
lamentan que el único obstáculo es
cultural. Se manifiestan entonces como si creyeran que el agua puede
tratarse como cualquier otra mercancía, ajenos por completo a
los simbolismos que impregnan todo lo que tiene que ver con el agua.
Actúan
como si nunca hubieran oído hablar de la antropología, como si no supieran valorar los rituales de iniciación y
depuración que se canalizan a través del agua.
Ya
sabemos que no han leído a
Ivan
Illich, pero deberían. En este caso, viene como anillo al
dedo reclamar la necesidad, según recomendaba
de Jean Marc Levy-Leblond,
de
meter a los científicos en
cultura, una política complementaria a la que trata de acercar la ciudadanía a la ciencia
.
El agua es el vehículo que
siempre nos ayudó a cruzar la línea divisoria entre el
orden y el caos. Ignorar su función salvífica, dice
nada del agua y mucho de los expertos que afirman conocer nuestras
necesidades. Seguramente, no está lejos el día en el
que todos tendremos que beber aguas residuales recicladas, y cuando eso
suceda habremos admitido que la basura ya es otra cosa, dejando de ser el símbolo que
hemos construido para separarnos de todo cuanto nos
molesta o nos cuestiona. Y, como además de habitar un cuerpo
bioquímico, también vivimos en un
universo de símbolos, tan real como una guerra o tan absorbente
como una depresión, hay que tener mucho cuidado cuando un
ingeniero quiere reordenar el mundo con el pretexto de aliviarnos la
sed.