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viernes, 23 de marzo de 2007

Tras Singapur, ahora le toca el turno a los australianos que tienen que aprender a beber aguas residuales reclicadas.

Desde hace varios meses se viene discutiendo mucho en Australia sobre el proyecto, ya aprobado según BBC News, de reciclar aguas residuales para consumo humano. No me extenderé en los datos que hablan, ver Gaïa: bulletin de santé, de una descomunal sequía. El caso es que ayer Nuria me preguntó, teniendo en cuenta que era el día mundial del agua, qué aspecto iba tratar en el blog. Me sorprendió que diera por hecho que tenía que escribir algo y, así, me pongo a contarle una historia que espero le guste. La de hoy va sobre la diferencia entre beber agua e ingerir H2O.


La decisión es parte fundamental de la mayor reforma hidráulica en la historia autraliana. Tiene varios precedentes. Los habitantes de Singapur, por ejemplo, llevan bebiendo aguas residuales recicladas desde 2003 y hace unos días se inauguró la cuarta planta de reciclamiento. Y, aunque hubo polémica, lo cierto es que no tuvo tanta visibilidad internacional porque, entre otras razones, desde los países ricos e ilustrados (no se si debiera haber escrito con mayúscula, entre comillas o con cursivas este ilustrados) tiende a valorarse todo cuanto sucede en el resto del mundo como una penitencia por su falta de democracia o deficiente occidentalización. Es como si Singapur se lo tuviera ganado, mientras que, por el contrario, para Australia fuera un drama premonitorio del futuro que nos aguarda.

El gobernador del estado de Queensland no ha dejado resquicio para la duda. Según su criterio, avalado por muchos estudios, no hay alternativa. Tanto, que ni siquiera va a convocar un referendum. A su estrategia de comunicación se han incorporado un egregio grupo de científicos que sostienen la absoluta inocuidad de esta bebida. Y conste, ver el blog Water Recicling in Australia, que cuentan con argumentos contundentes que aluden a técnicas sofisticadas de filtrado que sólo dejan pasar moléculas de agua. A quienes temen que estemos ingiriendo bacterias, virus, drogas, hormonas, Prozac, y otros residuos químicos evacuados por otros cuerpos, se les dice que es imposible dado su tamaño, pues si una molécula de agua tuviera el tamaño de un bola de ping pong, un virus sería como un camión y una bacteria como un rascacielos.

En definitiva, afirman que nuestra tecnología puede garantizar la salubridad y seguridad del proceso. Más aún, llegan a afirmar que nunca fue más pura el agua y que los riesgos de contaminación son remotos. He estado leyendo declaraciones de los defensores, además de muchos documentos oficiales, y para mi sorpresa, me encuentro con el mismo gesto arrogante de los científicos que defendieron (y muchos siguen haciéndolo) que no hay nada que temer en los Organismos Genéticamente Modificados (OGM), que las alarmas son injustificadas y que, para terminar, quienes expresan dudas son ignorantes, tecnófobos, reaccionarios y hasta ludditas.

Hay muchos ciudadanos que se han prestado a probarla y están encantados. Afirman que es estupenda, aunque reconocen que no sabe a agua, que su paladar es otro y que, digamos, sólo es H2O. Las fábricas de transformación de las aguas, inevitablemente imaginadas como fecales, en potables funcionan según criterios objetivos o, en otros términos, se limitan a producir un líquido que responde a unos estándares biosanitarios acordados por todos los actores implicados, desde los químicos a los políticos, sin olvidar los asociados con la gastronomía o el marketing, porque, al fin y al cabo, se trata de un nuevo producto que debe introducirse en el mercado y llegar, como indican las encuestas, a los hogares con el apoyo de los consumidores.

Y lo que pasa ahora con el agua también le está pasando a muchos alimentos y  nuevos materiales con los que convivimos: llegan al mercado sin que se  sepa  su impacto sanitario o medioambiental. En todos los casos, algún grupo de expertos, seguramente bien acreditados, ha decidido dónde está la línea que separa lo que es nocivo de lo que es sano, lo que está polucionado de lo que es puro y, en fin, ha creado los protocolos que permiten segregar la basura para que el resto quede limpio.

Parece obvio hasta que, como explicaba The Sydney Morning Herald y más recientemente en el libro de distribución masiva y gratuita Think before you agree to drink – Is sewage a source of drinking water? aparecen las discrepancias, se explica en Water Futures. En Australia hay científicos que han llegado a otras conclusiones y afirman haber encontrado inmundicias en la NEWater, como se la llama en Singapur. En las últimas semanas, quienes se oponen a esta iniciativa parecen estar ganando la batalla de la opinión pública. Los defensores, mantiene sus datos y acusan a los oponentes de actuar según prejuicios que nuestra época ya no se puede permitir.

Les reprochan no ser capaces de ver agua en el H2O. Seguros de sus datos, basados en estudios científicos, lamentan que el único obstáculo es cultural. Se manifiestan entonces como si creyeran que el agua puede tratarse como cualquier otra mercancía, ajenos por completo a los simbolismos que impregnan todo lo que tiene que ver con el agua. Actúan como si nunca hubieran oído hablar de la antropología, como si no supieran valorar los rituales de iniciación y depuración que se canalizan a través del agua.

Ya sabemos que no han leído a Ivan Illich, pero deberían. En este caso, viene como anillo al dedo reclamar la necesidad, según recomendaba de Jean Marc Levy-Leblond, de meter a los científicos en cultura, una política complementaria a la que trata de acercar la ciudadanía a la ciencia.

El agua es el vehículo que siempre nos ayudó a cruzar la línea divisoria entre el orden y el caos. Ignorar su función salvífica, dice nada del agua y mucho de los expertos que afirman conocer nuestras necesidades. Seguramente, no está lejos el día en el que todos tendremos que beber aguas residuales recicladas, y cuando eso suceda habremos admitido que la basura ya es otra cosa, dejando de ser el símbolo que hemos construido para separarnos de todo cuanto nos molesta o nos cuestiona. Y, como además de habitar un cuerpo bioquímico, también vivimos en un universo de símbolos, tan real como una guerra o tan absorbente como una depresión, hay que tener mucho cuidado cuando un ingeniero quiere reordenar el mundo con el pretexto de aliviarnos la sed.

15:43 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (2)