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Ciencia, democracia y procomún

Enviado el lunes, 19 de marzo de 2007 14:34

La ciencia adquiere una centralidad política no sólo por su capacidad para crear conocimiento nuevo y sostener los más diversos procesos de innovación industrial, sino tambiém por sus ineludibles compromisos en la defensa del bien común.

El sábado pasado publiqué con Carlos Martinez (presidente del CSIC) un artículo en la sección de opinión de El País con el titulo Ciencia, democracia y procomún (de pago).  Hoy he visto que lo daba en portada el Notiweb de madri+d y también otras páginas webs.  Así las cosas, me ha parecido razonable que también lo conocieran los habituales de tecnocidanos.

"En las sociedades desarrolladas, la ciencia se ha convertido en un elemento tan importante como el aire que respiramos y ambos, una y otro, sólo son sostenibles con la complicidad y el esfuerzo de la ciudadanía. Por eso resulta oportuno dedicar un año a la ciencia, para que todos, del Gobierno a los ciudadanos, pasando por los centros públicos de investigación, las comunidades autónomas, sindicatos, empresarios y medios de comunicación, tengan ocasión de dialogar y construir así un compromiso público.

La ciencia conserva todavía el aura de haber convertido el desinterés, el cosmopolitismo, el comunitarismo y el escepticismo en sus señas de identidad. Y así confiamos en los científicos no sólo por los descubrimientos que hacen, sino también por los valores que sostienen. La salud, la alimentación, el transporte, la energía, las comunicaciones y el medioambiente son dimensiones de la vida que están en el ámbito de competencia de los científicos. Es obvio que cualquier actuación sobre estos sectores tiene repercusiones directas para los ciudadanos, ya sea porque influyen en la calidad de su vida cotidiana, ya sea porque su explotación, necesaria para la creación de riqueza, ha movilizado negocios orientados a la cuenta de resultados.

Cada día es más frecuente que los medios hablen de crisis como la de las vacas locas, los transgénicos, la capa de ozono, la lluvia ácida, los residuos radiactivos, los abusos con pesticidas, la contaminación atmosférica o el crecimiento de las enfermedades alérgicas o mentales. Por extensión, cada vez son mayores las dudas sobre lo que comemos, bebemos o respiramos y por eso parece existir un consenso de que nos enfrentamos a problemas que no pueden ser tratados sólo como asuntos científicos o administrativos. Además, a medida que se difumina la frontera entre lo público y lo privado, escasea la información cualificada a la que el ciudadano tiene acceso. Y es que, en efecto, a pesar de que es clave en nuestro mundo el papel del conocimiento, aún no se ha generalizado la exigencia de que la ciencia debe ser un bien de todos y, por tanto, debe ser accesible a todos los ciudadanos.

El problema del cambio climático es un buen ejemplo de lo que está pasando. Las batallas biomédicas contra el cáncer, comparten hoy protagonismo con un nuevo tipo de actores imprevisto: las imágenes helicoidales de la molécula de ADN han sido sustituidas por mapas del planeta que muestran con gradientes de color la variación de temperaturas. Antes se hablaba de genes y moléculas para anunciar promesas de curación, hoy se muestran glaciares y osos para hablar de urgencias, culpas y catástrofes. Las imágenes dejaron de ser abstractas y empiezan a ser reales. Las probetas han sido reemplazadas por satélites, las ciencias biológicas por las físicas, los fenómenos controlados en el ámbito restringido del laboratorio por experimentos planetarios en tiempo real en donde todos estamos insertos. Y si hoy es el clima, mañana será la energía, como ayer fue la alimentación.

Las crisis medioambientales, alimentarias, sanitarias, urbanas o migratorias muestran el inadecuado tratamiento que reciben los bienes comunes: el aire, el agua, el paisaje, las calles, el conocimiento, el arte, el silencio, el genoma, los acuíferos o las especies, son bienes que pertenecen a todos y a nadie al mismo tiempo, bienes que deberían, en consecuencia, integrar el procomún.

Los nuevos tiempos dominados por el conocimiento, la participación y la conciencia de riesgos globales, aconsejan cambiar de política o, quizá, reinventar la política. ¿Puede ser privatizada la función fotosintética, el ciclo de los nutrientes o la polinización de las plantas, como lo están siendo las semillas, los fondos oceánicos y los acuíferos? ¿No es parte de nuestra responsabilidad transmitir a nuestros hijos los dones de la naturaleza y la cultura? ¿No es nuestra responsabilidad reafirmar un compromiso con la defensa del bien común y de los nuevos patrimonios?

Los nuevos patrimonios tienen un componente científico indudable, además de dos características que los distinguen de los antiguos: son planetarios y sólo se hacen visibles cuando están amenazados. Defenderlos, implica inventariarlos y ponerlos en valor, lo que es tanto como socializarlos. No basta, sin embargo, con promover políticas de comunicación más o menos acertadas: hay que aprender a gestionarlos y, por tanto, necesitamos conocerlos a fondo. Para ello, más que intentar recluirlos en un museo que no podría contenerlos, hay que acudir a foros que nos ayuden a visualizar los riesgos hacia los que nos encaminamos si el procomún no es protegido. Para subrayar el valor de los nuevos patrimonios, necesitamos experimentar con los códigos que lo representan y así asomarnos a los abismos que pudieran derivarse de su manipulación irresponsable.

Nunca ha sido más claro el hilo que une ciencia, democracia y patrimonio. Nuestras sociedades se han hecho muy complejas y, al igual que serían inhabitables si no pudieran garantizar la pluralidad de culturas y sensibilidades, tampoco pueden sobrevivir sin que los debates públicos se resuelvan sobre fundamentos objetivos. La calidad y transparencia de la información circulante son, hoy más que nunca, una garantía de que podremos preservar los patrimonios en los que habitamos, empezando por la democracia y el conocimiento mismo, y continuando por la memoria, la lengua, los números, las calles y el folclore, por no volver a citar los dones heredados de la naturaleza.

La deriva internacionalista que dio el conocimiento hacia comienzos de siglo XX, debería prolongarse ahora con el de una cultura científica global. Para ello, debemos identificar nuevos espacios que no sean torres de marfil consagradas al conocimiento, sino lugares abiertos a los intercambios, con vocación de ágoras del procomún, capaces de dar digno acomodo a las personas e instituciones preocupadas por el medio ambiente, la salud, el saber o los espacios públicos. Un gran espacio, preferentemente un lugar de la memoria, para dar cobijo al procomún, instrumento innovador y representativo de la nueva res pública de los ciudadanos en la que se experimentaría con nuevas formas de hacer política y de hacer ciudad. En el procomún, al experimentar con los nuevos patrimonios y sugerir formas de gestionarlos, no es sólo un ámbito nuevo y necesario de participación, sino un instrumento clave para la gobernanza.

Se trata en definitiva de crear un espacio público que ayude a vertebrar las muchas culturas con las que convivimos y que, por tanto, sea una apuesta vanguardista que contribuya a desplegar toda la potencial creatividad política y cultural que anida en la ciudadanía, lo que además de convertir la urbe en un espacio más habitable, situará a España en la red de países que han apostado por asumir responsabilidades globales."
Carlos Martínez y Antonio Lafuente


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Comentarios

# re: Ciencia, democracia y procomún

19/03/2007 15:50 por Juan jose Ibáñez
¡Fantastico!. Todos los que defendemos el movimiento "Creative Commons" deberíamos apoyar "activamente" la creación de un espacio así.

Me alegro que el Presidente del CSIC se mueva en esa dirección. Pero, donde, como se financiará, quien lo financiará?. Considero que todos debemos empujar.

¿Quizás pudieramos conjuntamente dedicar un día de estas bitácoras a debatir y publicitar este tema?.

¿Les parecerá bien a nuestros colegas?. ¿Que opinará la Comunidad Autónoma de Madrid?. Es una pregunta directa.

Buen venida sea una iniciativa así. Felicidades Antonio

Juanjo Ibáñez

# re: Ciencia, democracia y procomún

23/03/2007 4:37 por Alberto Corsín Jiménez
Quería haber escrito antes pero no me fue posible. Me ha gustado el post, sobre todo eso de que los nuevos patrimonios "son planetarios y sólo se hacen visibles cuando están amenazados. Defenderlos, implica inventariarlos y ponerlos en valor, lo que es tanto como socializarlos."

En una primera lectura, donde dice "inventariarlos" leí "inventarlos". Creo que ese proceso de inventario es, o debería de ser en parte, un proceso de invención. Toda patrimonialización acarrea su propia imaginación sociológica: si nos limitamos a dar de alta un bien en el imaginario procomún corremos el riesgo de olvidarnos del proceso de 'socialización' al que haces referencia, proceso que no sólo cotiza el valor del procomún sino que lo genera en una primera instancia. Anterior a su valorización es, por lo tanto, su imaginación sociológica. Quizás sea aquí donde las ciencias sociales puedan contribuir con su granito de arena a la nueva democratización científica: con el esfuerzo imaginativo.

Una recomendación en este sentido: el diálogo que mantienen Ravi Kanbur (economista) y Annelise Riles (antropóloga), sobre manera de 'poner en valor' el procomún: http://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=587941

Saludos,

Alberto

# re: Ciencia, democracia y procomún

24/03/2007 5:05 por AL
Gracias Alberto por este magnífico error que cometiste en tu primera lectura del post. A mi me gusta más la palabra construirlos que inventarlos, pero salvo por estre matiz estoy por completo de acuerdo con que "dar de alta un bien en el imaginario del procomún" (gracias por esta bonita manera de decir las cosas) implica construirlo como parte de un algo que conformado (por el nuevo ingreso) a la par que conforma (al nuevo ingresado). O sea que se codeterminan mutuamente.

Estoy preparando unos post sobre el tema que sugieres. Estoy convencido que estamos en los albores de una nueva edad de oro de las humanidades, si bien tendrán que reubicarse alrededor de nuevas tareas y nuevos diálogos. El primer artículo se llamará humanidades sostenibles y tiene que ver con ese esfuerzo imaginativo que se necesita para hacer que el mundo sea más habitable. Ya te avisaré.

Gracias por la lectura que me recoimiendas.

# re: Ciencia, democracia y procomún

25/03/2007 14:01 por JB
Si coseguimos convencernos de que el cielo es de todos, nadie podrá parar la marea que nos llevará a que, nada es de nadie, y menos que nada el saber.
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