La ciencia adquiere una centralidad política no sólo por su capacidad para crear conocimiento nuevo y sostener los más diversos procesos de innovación industrial, sino tambiém por sus ineludibles compromisos en la defensa del bien común.
El sábado pasado publiqué con
Carlos Martinez (presidente del
CSIC) un artículo en la sección de opinión de
El País con el titulo Ciencia, democracia y procomún (de pago). Hoy he visto que lo daba en portada el
Notiweb de madri+d y también otras páginas webs. Así las cosas, me ha parecido razonable que también lo conocieran los habituales de tecnocidanos.
"En
las sociedades desarrolladas, la ciencia se ha convertido en un
elemento tan importante como el aire que respiramos y ambos, una y
otro, sólo son sostenibles con la complicidad y el esfuerzo de la
ciudadanía. Por eso resulta oportuno dedicar un año a la ciencia, para
que todos, del Gobierno a los ciudadanos, pasando por los centros
públicos de investigación, las comunidades autónomas, sindicatos,
empresarios y medios de comunicación, tengan ocasión de dialogar y
construir así un compromiso público.
La ciencia conserva todavía el aura de haber convertido el desinterés,
el cosmopolitismo, el comunitarismo y el escepticismo en sus señas de
identidad. Y así confiamos en los científicos no sólo por los
descubrimientos que hacen, sino también por los valores que sostienen.
La salud, la alimentación, el transporte, la energía, las
comunicaciones y el medioambiente son dimensiones de la vida que están
en el ámbito de competencia de los científicos. Es obvio que cualquier
actuación sobre estos sectores tiene repercusiones directas para los
ciudadanos, ya sea porque influyen en la calidad de su vida cotidiana,
ya sea porque su explotación, necesaria para la creación de riqueza, ha
movilizado negocios orientados a la cuenta de resultados.
Cada día es más frecuente que los medios hablen de crisis como la de
las vacas locas, los transgénicos, la capa de ozono, la lluvia ácida,
los residuos radiactivos, los abusos con pesticidas, la contaminación
atmosférica o el crecimiento de las enfermedades alérgicas o mentales.
Por extensión, cada vez son mayores las dudas sobre lo que comemos,
bebemos o respiramos y por eso parece existir un consenso de que nos
enfrentamos a problemas que no pueden ser tratados sólo como asuntos
científicos o administrativos. Además, a medida que se difumina la
frontera entre lo público y lo privado, escasea la información
cualificada a la que el ciudadano tiene acceso. Y es que, en efecto, a
pesar de que es clave en nuestro mundo el papel del conocimiento, aún
no se ha generalizado la exigencia de que la ciencia debe ser un bien
de todos y, por tanto, debe ser accesible a todos los ciudadanos.
El problema del cambio climático es un buen ejemplo de lo que está
pasando. Las batallas biomédicas contra el cáncer, comparten hoy
protagonismo con un nuevo tipo de actores imprevisto: las imágenes
helicoidales de la molécula de ADN han sido sustituidas por mapas del
planeta que muestran con gradientes de color la variación de
temperaturas. Antes se hablaba de genes y moléculas para anunciar
promesas de curación, hoy se muestran glaciares y osos para hablar de
urgencias, culpas y catástrofes. Las imágenes dejaron de ser abstractas
y empiezan a ser reales. Las probetas han sido reemplazadas por
satélites, las ciencias biológicas por las físicas, los fenómenos
controlados en el ámbito restringido del laboratorio por experimentos
planetarios en tiempo real en donde todos estamos insertos. Y si hoy es
el clima, mañana será la energía, como ayer fue la alimentación.
Las crisis medioambientales, alimentarias, sanitarias, urbanas o
migratorias muestran el inadecuado tratamiento que reciben los bienes
comunes: el aire, el agua, el paisaje, las calles, el conocimiento, el
arte, el silencio, el genoma, los acuíferos o las especies, son bienes
que pertenecen a todos y a nadie al mismo tiempo, bienes que deberían,
en consecuencia, integrar el procomún.
Los nuevos tiempos dominados por el conocimiento, la participación y la
conciencia de riesgos globales, aconsejan cambiar de política o, quizá,
reinventar la política. ¿Puede ser privatizada la función
fotosintética, el ciclo de los nutrientes o la polinización de las
plantas, como lo están siendo las semillas, los fondos oceánicos y los
acuíferos? ¿No es parte de nuestra responsabilidad transmitir a
nuestros hijos los dones de la naturaleza y la cultura? ¿No es nuestra
responsabilidad reafirmar un compromiso con la defensa del bien común y
de los nuevos patrimonios?
Los nuevos patrimonios tienen un componente científico indudable,
además de dos características que los distinguen de los antiguos: son
planetarios y sólo se hacen visibles cuando están amenazados.
Defenderlos, implica inventariarlos y ponerlos en valor, lo que es
tanto como socializarlos. No basta, sin embargo, con promover políticas
de comunicación más o menos acertadas: hay que aprender a gestionarlos
y, por tanto, necesitamos conocerlos a fondo. Para ello, más que
intentar recluirlos en un museo que no podría contenerlos, hay que
acudir a foros que nos ayuden a visualizar los riesgos hacia los que
nos encaminamos si el procomún no es protegido. Para subrayar el valor
de los nuevos patrimonios, necesitamos experimentar con los códigos que
lo representan y así asomarnos a los abismos que pudieran derivarse de
su manipulación irresponsable.
Nunca ha sido más claro el hilo que une ciencia, democracia y
patrimonio. Nuestras sociedades se han hecho muy complejas y, al igual
que serían inhabitables si no pudieran garantizar la pluralidad de
culturas y sensibilidades, tampoco pueden sobrevivir sin que los
debates públicos se resuelvan sobre fundamentos objetivos. La calidad y
transparencia de la información circulante son, hoy más que nunca, una
garantía de que podremos preservar los patrimonios en los que
habitamos, empezando por la democracia y el conocimiento mismo, y
continuando por la memoria, la lengua, los números, las calles y el
folclore, por no volver a citar los dones heredados de la naturaleza.
La deriva internacionalista que dio el conocimiento hacia comienzos de
siglo XX, debería prolongarse ahora con el de una cultura científica
global. Para ello, debemos identificar nuevos espacios que no sean
torres de marfil consagradas al conocimiento, sino lugares abiertos a
los intercambios, con vocación de ágoras del procomún, capaces de dar
digno acomodo a las personas e instituciones preocupadas por el medio
ambiente, la salud, el saber o los espacios públicos. Un gran espacio,
preferentemente un lugar de la memoria, para dar cobijo al procomún,
instrumento innovador y representativo de la nueva res pública de los
ciudadanos en la que se experimentaría con nuevas formas de hacer
política y de hacer ciudad. En el procomún, al experimentar con los
nuevos patrimonios y sugerir formas de gestionarlos, no es sólo un
ámbito nuevo y necesario de participación, sino un instrumento clave
para la gobernanza.
Se trata en definitiva de crear un espacio público que ayude a
vertebrar las muchas culturas con las que convivimos y que, por tanto,
sea una apuesta vanguardista que contribuya a desplegar toda la
potencial creatividad política y cultural que anida en la ciudadanía,
lo que además de convertir la urbe en un espacio más habitable, situará
a España en la red de países que han apostado por asumir
responsabilidades globales."
Carlos Martínez y Antonio Lafuente