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jueves, 01 de marzo de 2007

Una sesión de cuentacuentos es uno de los mejores atajos para pensar en lo que queremos que siga siendo identificado como cultura.

Ayer estuve en una sesión de cuentacuentos en la que el colectivo La Lámpara Maravillosa nos agasajó con una lluvia de palabras con sentido. Las historias eran sencillas y tenían moraleja: lo único que funciona en la vida es ser generoso o, en otros términos, que se equivocan los agoreros del "lo mejor es enemigo de lo bueno" o del "más vale pájaro en mano que ciento volando". Todos éramos amigos (a mi me llevó Susana que estaba guapísima) y, cuando salimos del café Magerit (plaza Mayor), estaba feliz de haber sentido otra vez aquello de que si no vives como piensas, acabas pensando como vives.


Cartel_cuentacuentos_en Bar_Magerit_Plaza_Mayor_MadridLos cuentacuentos hicieron esta fiesta para enseñarnos lo que saben y recaudar fondos destinados a ANIDAN, una ONG que trabaja con niños en África en la isla de Lamu (Kenia). Por supuesto, todos los cuentos eran africanos. Y aunque los protagonistas era niños negros, hablaban de nosotros y de las mil y una manera de de sortear las apariencias y encontrar el rumbo. De nada serviría que quisiera resumir alguno de los que más me gustó, porque la palabra hablada tiene vida y necesita un cuerpo que la encarne.

Los de la SGAE pensarán que aquello era una interpretación de algo ya escrito por alguno de sus abonados y lamentarán el canon que se les escapó. Son unos cuentistas. Para ellos, la cultura oral es una reliquia del pasado difícil de regular y casi imposible de controlar.

Los cuentacuentos son una especie de club secreto y numeroso que anda por la ciudad entre niños, fiestas de cumpleaños y buenas causas que se resisten a transformarse en un negocio (dirán que) cultural. Pero van camino de convertirse en delincuentes, pues lo que hacen es tomar cuentos de aquí y de allí (Susana me confesó que la mayoría los sacan de libros, aunque algunos son inventados) y contarlos.

Hasta ahora contar cuentos era una actividad old fashion, algo como de otra época y casi diría que como de otra tribu. Pero en este mundo moderno, la ominosa época de los derechos de autor, los cuentacuentos se han convertido en gentes modernísimas, otro frente de resistencia contra la mercantilización de la cultura, un recordatorio de que casi todo lo que suena a superventas, bestsellers, premios, entrevistas prime time, conciertos multitudinarios, tiene poco que ver con la cultura y cada día se parece más a la propaganda.

La palabra encuadernada, la música enlatada, los actores engalanados, las imágenes formateadas pertenecen a un sector industrial en donde si no cambian las cosas, pronto será más difícil encontrar creatividad entre esos dispositivos técnicos que, como dice el cuento bíblico, ver a un elefante atravesar el ojo de una aguja.

Dos cosas más. Escuchando a Susana y sus amigos volví a caer en la cuenta de que la palabra hablada, el habla poética y el habla materna, son elementos claves del procomún. Por supuesto que hay mucha gente grabándola, escribiéndola o filmándola, ya sea para componer canciones, ya sea para escribir cuentos, pero todos deberíamos formar una gran coalición para evitar que sea privatizada. Es decir, para impedir que se interrumpa este diálogo fecundo entre la (degradada) cultura oral y la (mercantilizada) palabra medializada.

8:12 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (4)