Si las cosas son abandonadas a su libre caída, no hay duda de
que el mercado acabará absorbiendo y privatizando todo el
conocimiento.
Los universidades y, en general, las instituciones dedicadas a la
investigación siempre fueron instituciones públicas.
Profesores e investigadores siempre se consideraron miembros de esa
República
de las Ciencias (ver el
texto original de Polanyi)
consagrada al conocimiento y el bien común
y, en consecuencia, productores y defensores de bienes cuya
naturaleza sólo podía ser pública. Las cosas,
sin embargo, han cambiado mucho en las últimas décadas.
Habitamos hoy una cultura que tiene extraordinarias dificultades
para distinguir entre lo privado y lo público, pues las
agencias de financiación y los propios organismos académicos
favorecen la confusión. Se alega además que no hay alternativa y se
aboga por incrementar este matrimonio que comenzó siendo de
conveniencias y que para muchos ya es una verdadera relación
de amor. No obstante es muy importante que nos demos cuenta de que
esta
deriva tiene su origen (es decir, es histórica) y que
además está teniendo graves consecuencias sobre lo que
entendemos por ciencia.
No hace falta ser un lince (de aquellos
pioneros que integraron la
Accademia
dei Lincei) para percibir que la privatización del
conocimiento conduce también a una privatización de las
instituciones científicas. Se trata de dos movimientos que se
refuerzan y aceleran mutuamente. Y no es difícil explicarlo,
pues la transformación del conocimiento desde su condición
de un bien compartido a la de un recurso en venta, empuja a las
instituciones a entrar en el mercado de las patentes y ha formalizar
sus relaciones con las empresas en términos de contratos que
obligan a cuantificar el valor (a cambio de contrapartidas) que tiene
la cesión de personal, laboratorios y conocimientos.
La consecuencias son obvias como
explica
Claire
Polster en The Forum on Privatization and Public Domain:
- Aumentan los costes de la
investigación, debido a la necesidad de mantener complejos
servicios jurídicos y administrativos de transferencia de
recursos a la sociedad.
- Disminuyen los apoyos a los programas
menos rentables o, en otros términos, a las iniciativas que no
sean rentables por no desembocar en en patentes u otras partidas
comercializables.
- Se favorecen ciertas prácticas
científicas (secretismo u ocultación de datos, retraso
en la publicación, conflictos de intereses) que son contrarias
a los valores que deben regir el día a día de la
ciencia.
- Se crean las condiciones para que las
viejas disputas por la prioridad de los descubrimientos (entre
científicos) se transformen en pleitos por la propiedad del
descubrimiento (entre empresas, los centros académicos entre
ellos). Las Universidades se van transformando en vendedoras de
servicios, más que en servicios públicos.
Globalmente lo que estamos haciendo es
potenciar un gran mecanismo de transferencia de recursos desde el
sector público al privado, empezando por el conocimiento
mismo. Lo peor de todo es que los responsables
de la política científica (no importa si en la escala
de lo local, lo nacional o lo europeo) se comportan como si no
hubiera alternativa. ¿La hay?
La respuesta no es fácil,
aunque lo que aquí nos proponemos es darle una oportunidad a
que esta problemática aflore. O, en otros términos, a
que sea posible un debate abierto.
¿Hay alguna posibilidad de que
los organismos públicos de investigación recuperen su
condición de baluartes del procomún? Todas las
alternativas son imposibles si de partida no admitimos la necesidad
de establecer fronteras claras entre los intereses privados y las
responsabilidades públicas.
Por supuesto, hay soluciones
radicales, como prohibir cualquier tipo deriva comercial en los entes
públicos. Las soluciones drásticas, sin embargo, tiene
el problema de que no logran atraer al problema a todos los
colectivos potencialmente interesados en participar en una coalición
que presione a las autoridades académicas y políticas
para que detengan el proceso de permanente degradación del
conocimiento y la universidad. O lo que igual que impidan la
permanente erosión del bien común.
En principio todos los ciudadanos
deberíamos sentirnos afectados por esta deriva
desnaturalizadora del conocimiento y de las instituciones académicas.
Pero lo más probable es que los primeros aliados de la
coalición que aquí se postula esté conformada
por los colectivos de estudiantes, investigadores y artistas más
jóvenes, los activistas del medioambiente y los que luchan por
la recuperación de la urbe como espacio público.
Colectivos a los que se agregarían muchos profesionales
sanitarios, las ONG que estén trabajando por los derechos de
los pueblos primitivos, o las que se movilizan contra el abuso de los
derechos de propiedad intelectual, los movimientos hackers y
favorables a la cultura de la transparencia (openness). También
son probables aliados los colectivos en proceso de precarización
laboral y los del movimiento altermundista.
Y sí algo hay que hacer. Habría
que empezar por explorar cuatro tipos diferentes de medidas que nos
ayuden a recuperar el rumbo:
- Impedir la deriva hacia las prácticas
que antes denunciábamos (secreto, retraso, ocultación
de datos). Y, para ello, exigir que los
profesores/investigadores declaren fehacientemente que no hay
conflicto de intereses en su conducta.
- Obligar a que los administradores de la
política científica den prioridad a lo público
frente a lo privado.
- Crear cuerpos independientes que
vigilen la desviación de recursos/conocimientos desde lo
público a lo privado.
- Explorar la posibilidad de nuevos
regímenes de propiedad intelectual que se basen en el
principio de que todo el conocimiento producido total o parcialmente
con fondos públicos nunca deje de ser público y que,
cuando sea cedido a una empresa privada, lo sea en términos
de usufructo por la menos cantidad posible de tiempo.