La introducción de la
nanotecnología incrementará notablemente la complejidad
del mundo que vivimos, lo que nos obliga a imaginar formas más
ocurrentes y abiertas de gestionarlo.
La nanotecnología y la biología
sintética han aprendido una lección que parecía
imposible de aceptar: han aceptado que la introducción de una
nueva tecnología ha de realizarse en el marco de un gran pacto
social en el que estén involucrados todos los actores, desde
los científicos y empresarios, hasta los ciudadanos y las ONG.
Y así, no está siguiendo el ejemplo de la energía
nuclear o el de los organismos genéticamente modificados
(introducidos por las biotecnologías) que, verlo en
Emilio Muñoz, tanto rechazo social produjeron. Los
nanotecnólogos, como comprobará quien siga
nanopublic, se están implicando a fondo (y en el peor de los casos no rechazan) en la
búsqueda de nuevas formas de comunicación social y
participación ciudadana. Semejante esfuerzo de innovación
ha dado sus frutos en el concepto de
gobernanza
anticipatoria (anticipatory governance).
Todos los días nos enfrentamos a
encrucijadas sociales que, como las crisis de la vacas locas, la
lluvia ácida, la destrucción de la capa de ozono y de
la biodiversidad, por no hablar de la sucesión de crisis
sanitarias, alimentarias, mediomabientales o energéticas, que,
en su conjunto nos ponen ante amenazas y/o incertidumbres que ya
nunca van a desaparecer del todo. Lo más probable es vaticinar que tras una amenaza,
vendrá la otra, de la gripe aviar al cambio climático, y de la
proliferación de alergias a la contaminación de las
aguas. Hablamos de unos males que podríamos llamar
civilizatorios y que no se curan con pastillas ni decretos, sino que
demandan profundos cambios en nuestros modos de vivir.
Nos enfrentamos pues a la inminencia de
graves decisiones y que se hacen, si cabe, más agudas, cuando
nos referimos a la pronta proliferación de mercancías,
basadas en nuevas tecnologías, de las que ignoramos las
consecuencias que puedan derivarse sobre la salud o el medioambiente.
Y, en fin, podemos adoptar una actitud tecnófoba y oponernos a
su implantación. Lo más probable, sin embargo, es las
aceptemos después de
discutir
sobre cuántos riesgos queremos asumir y cómo repartir
equitativamente los males que puedan sobrevenir.
Y
en
esto consiste la gobernanza. El sistema de la gobernanza asume
que las soluciones no pueden ser tecnocráticas (tomadas por
los juristas y expertos en la tecnología de la que se trate)
sino que deben consensuarse entre todos los actores implicados. La
gobernanza, en consecuencia, implica mayor transparencia en la
información y toma de las decisiones, mayor participación
y compromiso social. Su objetivo principal es elaborar un catálogo
compartido de respuestas ante las distintas amenazas y códigos
de conducta sobre cómo gestionarlas.
La gobernanza anticipatoria tal
como
lo explica Clark Miller del Center for Nanotechnology in Society
(Arizona State University) da varios pasos más adelante. Y, en
resumen, hay gobernanza anticipatoria cuando las instituciones del
sistema de gobernanza desarrollen las siguientes nuevas funciones:
- Capacidad para reflexionar críticamente
sobre el impacto de la nanotecnología en la sociedad.
- Capacidad para anticipar (lo que no
necesariamente significa prevenir) riesgos, beneficios y cambios.
-
Capacidad para dirigir la innovación
hacia objetivos sociales.
-
Capacidad para orientar un diálogo
social abierto y exploratorio sobre los futuros escenarios
nanotecnológicos.
-
Capacidad para identificar los factores
de incertidumbre y las posibles formas de gestionarlos.
-
Capacidad para prevenir las posibles
disparidades de poder provocadas por la introducción de la
nanotecnología.
-
Capacidad para diseñar
estrategias que favorezcan la democratización de la innovación
para evitar nuevas escisiones sociales, culturales, territoriales e
internacionales.