El debate sobre el cambio climático
hace evidente la necesidad de repensar el papel de los científicos
en la sociedad.
El cambio climático es un
problema del que tenemos mucho que aprender. Lo novedoso no es que
asuntos de laboratorio se conviertan en noticia de primera portada.
Tampoco que estemos delante de un problema que ha reclamado el
concurso de miles de científicos o en el que se han
involucrado un nuevo elenco de nuevos actores en ciencia (los lobbies
petroquímicos y del transporte, las agencias de publicidad,
las fundaciones pseudocientíficas, la ONU y un rosario
interminable de ONG).
No es novedoso que la gente hable del CO
2, que muchos gobiernos se
manifiesten preocupados o que algunos economistas hablen ya de un
nuevo paradigma económico. La mayor diferencia respecto a
otras crísis (accidente de Chernobil, lluvia ácida,
vacas locas, capa de ozono o la patente del Tamiflu) es que hay
mucha gente preguntándose por
el
papel de los científicos en nuestro mundo.
La crisis del clima hace evidente la
necesidad de un cambio de rumbo. Pero también nos ha
enseñado mucho acerca de
nuestras
fragilidades. Todos hemos asistido atónitos a discusiones
que han dejado sin autoridad a la mayoría de los
interlocutores.
Intoxicar
la opinión pública se ha convertido en una actividad rentable que
no encuentra con facilidad quien la confronte. Parecería que al hablar del
clima vale todo y que la objetividad se ha convertido en algo
demasiado elusivo.
Los hechos han sido degradados a la condición
de simples datos. Y en muchas ocasiones sólo se escucha la
voz de quien puede pagarse mayor audiencia o, en otros
términos, mayor espacio en los media. Si esta tendencia se
mantuviera, promover la ciencia no sería algo muy distinto que,
por ejemplo, vender (con publicidad) libros, programas electorales o
sistemas operativos.
Pero volvamos al punto. Cuando se habla
de alimentos malsanos, fármacos inútiles, aguas contaminadas,
poluciones insostenibles o de
enfermedades
inventadas, damos por
hecho que las discusiones entre expertos son serias y que la ecuanimidad está
garantizada por lo poderes públicos o las instituciones organizadoras. En fin , sabemos que los
científicos son (los únicos?) capaces de entender los
retos que enfrentamos y contamos (mucha gente piensa que tiene derecho a exigir) con su compromiso en favor de la
objetividad.
Pero sería muy desgraciado
si los investigadores, como ya sucedió en épocas anteriores,
olvidaran
algunos valores constitucionales de la llamada República de las Ciencias, si antepusieran sus intereses religiosos, nacionales,
ideológicos o empresariales; si pudieran ser presa fácil
de las tramas corporativas, nacionalistas o fundamentalistas, entonces nuestra manera de entender la política, esa forma de ser socialmente incorporados a lo colectivo como ciudadanos que incluye los ideales republicanos y cívicos, estaría
severamente amenazada. La democracia misma se vería en
peligro.
Este es el tema que se plantean
Jean-Paul Basquiat y
Christophe Jacquemin en
Automates
Intelligents. La tesis que defienden queda clara desde el
principio: “[los científicos] no pueden aislarse en su torre
de marfil y deben, por el contrario, movilizarse en favor del bien
común”. Su deber -este es el lenguaje que se emplea-, es
luchar por su independencia y aceptar el rol esencial de
ser capaces de prever y diagnosticar la situación.
Para lograrlo, opinan los
autores, ha llegado la hora de reclamarles que su conducta sea escrupulosa en el respeto a dos cestas de valores convergentes: la asociada con la
voluntad de
objetividad (escepticismo organizado, rigor experimental y
apertura de los debates) y la asociada al
compromiso con la democracia
(transparencia pública, justicia redistributiva y
participación plural).
El artículo termina asignándoles dos nuevos deberes. El primero,
emitir señales de alerta sobre los males que con sus
conocimientos puedan anticipar y, el segundo,
implicarse en
organizaciones activistas para mejorar la calidad de la información
circulante, evitar que sean instrumentalizadas por extremistas y
promover en la red la
ciencia
2.0 y sus formas características de interacción
social.