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martes, 13 de febrero de 2007

Crece el número de intelectuales, incluidos muchos científicos y periodistas, convencidos de que la ciencia está siendo severamente violentada por poderosos grupos de presión.

Hace unos días se produjo una extraña alianza entre el periodista Chris Mooney, conocido por su libro The Republican Wars of Science, y el físico Alan Sokal, autor de Imposturas intelectuales. Ante la gravedad de la situación, han decidido salir a la palestra pública y firmar conjuntamente un artículo para, olvidándose de algunas discrepancias, denunciar las muy graves amenazas que ciernen sobre la ciencia.


Mooney, editor del blog The Intersection, tiene el perfil de un intelectual radical que lleva varios años denunciando las muchas y descaradas injerencias de la administración Bush en asuntos científicos. Sokal, en cambio, se hizo famoso en 1996 por una conocida parodia de los estudios culturales que, a su juicio, hizo evidente la falta de rigor con la que operaban muchos autores postmodernos que encontraban inspiración en Lacan, Kristeva, Blanchot, Deleuze o Latour.

En apariencia, ambos escritores militaban en campos ideológicos enfrentados, pues mientras el primero era de izquierdas por su nada disimulada fobia hacia Bush, el segundo fue juzgado como un beato de la ciencia y defensor ultramontano de una ortodoxia incapaz de entender el papel de las humanidades (problemático y problematizador) en nuestra sociedad. Y así, ver los comentarios en Deltoid, mientras Mooney (como inconformista) desconfía del imperio de las finanzas, Sokal (como cientista) sospechaba de los imperios de la retórica.

Mooney pertenece al tipo de intelectual que militó contra la energía nuclear, la experimentación animal, los organismos genéticamente modificados y los antidepresivos. Sokal, en cambio, con independencia de su ideología política, fue enarbolado por algunos conservadores para denunciar el supuesto nido de izquierdismo y mediocridad que se había acomodado en la Universidad. En la confusión, hubo quien utilizó los argumentos de Sokal (o una simplificación de ellos prêt-à-porter) para desacreditar al movimiento medioambientalista, a los defensores de la opción pro-choice (abortista) y a quienes apoyaron el juicio contra las tabacaleras americanas.

Sí, es cierto. Llevamos ya varias décadas discutiendo acaloradamente de asuntos científicos. El tiempo no pasa en balde y las cosas no parecen mejorar. Las diferencias de tiempo y de énfasis entre Mooney y Sokal se han diluido ante la inquietud compartida por las muchas maneras actuales de violentar las prácticas científicas. Mientras que Mooney ha estado buscando los enemigos fuera de las instituciones académicas, Sokal los encontró en las facultades de humanidades. Pero ahora, como explicó Mooney en 2005, están de acuerdo en que la llamada guerra de las ciencias no es una guerra civil entre dos formas distintas (académicas ambas) de construir nuestras relaciones con el entorno. Quienes entonces fueron cuestionados por Sokal forman parte ahora de la misma familia atacada por fuerzas poderosas.

Los enemigos que han provocado esta encuentro (quizás, nueva alianza, como se sugiere en nanoplublic) son las grandes corporaciones, los fundamentalismos religiosos y, entre bambalinas, los grupos neoconservadores que trabajan al servicio de dos dioses bien conocidos: el capital y el catecismo ciegos. Y es que, en efecto, el juego sucio va camino de ser la norma. Las operaciones para intoxicar la opinión pública en contra de quienes defendían que la acción humana es la causa del cambio climático o que necesitábamos más control sobre el uso de sustancias químicas, organismos transgénicos o nanomateriales, han sido bochornosas. También son inquietantes las acciones de quienes quieren que la ocurrencia del diseño inteligente (nueva fachada que han adoptado los antiguos creacionistas) sea una teoría con los mismos créditos docentes que el evolucionismo.

En fin, la parte más interesante del artículo (Can Washington get smart about science?) está a final cuando enuncian las tres reformas que se necesitan para asegurar la integridad de la ciencia: 1) Proteger la independencia de los científicos que trabajan para organismos públicos; 2) Fortalecer el aparato de asesoramiento del gobierno; y 3) Rechazar las retóricas de la equidistancia o, en otros términos, esos discursos presos de las formas de lo políticamente correcto y que deambulan por los pro y los contra como si todas las propuestas o todos los conceptos fueran igualmente respetables.

15:34 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (6)