Crece el número de
intelectuales, incluidos muchos científicos y periodistas,
convencidos de que la ciencia está siendo severamente
violentada por poderosos grupos de presión.
Hace unos días se produjo una
extraña alianza entre el periodista Chris Mooney, conocido por
su libro
The
Republican Wars of Science, y el físico Alan Sokal,
autor de Imposturas intelectuales. Ante la gravedad de la situación,
han decidido salir a la palestra pública y
firmar
conjuntamente un artículo para, olvidándose de
algunas discrepancias, denunciar las muy graves amenazas que ciernen
sobre la ciencia.
Mooney, editor del blog
The
Intersection, tiene el perfil de un intelectual radical que lleva
varios años denunciando las muchas y descaradas injerencias de
la administración Bush en asuntos científicos. Sokal,
en cambio, se hizo famoso en 1996 por una conocida parodia de los
estudios culturales que, a su juicio, hizo evidente la falta de rigor
con la que operaban muchos autores postmodernos que encontraban
inspiración en Lacan, Kristeva, Blanchot, Deleuze o Latour.
En apariencia, ambos escritores
militaban en campos ideológicos enfrentados, pues mientras el
primero era de izquierdas por su nada disimulada fobia hacia Bush, el
segundo fue juzgado como un beato de la ciencia y defensor
ultramontano de una ortodoxia incapaz de entender el papel de las
humanidades (problemático y problematizador) en nuestra
sociedad. Y así, ver los comentarios en
Deltoid,
mientras Mooney (como inconformista) desconfía del imperio de
las finanzas, Sokal (como cientista) sospechaba de los imperios de la
retórica.
Mooney pertenece al tipo de intelectual
que militó contra la energía nuclear, la
experimentación
animal, los organismos genéticamente modificados y los
antidepresivos. Sokal, en cambio, con independencia de su ideología
política, fue enarbolado por algunos conservadores para
denunciar el supuesto nido de izquierdismo y mediocridad que se había
acomodado en la Universidad. En la confusión, hubo quien
utilizó los argumentos de Sokal (o una simplificación
de ellos
prêt-à-porter) para desacreditar al
movimiento medioambientalista, a los defensores de la opción
pro-choice (abortista) y a quienes apoyaron el juicio contra las
tabacaleras americanas.
Sí, es cierto. Llevamos ya
varias décadas discutiendo acaloradamente de asuntos
científicos. El tiempo no pasa en balde y las cosas no parecen
mejorar. Las diferencias de tiempo y de énfasis entre Mooney y
Sokal se han diluido ante la inquietud compartida por las muchas
maneras actuales de violentar las prácticas científicas.
Mientras que Mooney ha estado buscando los enemigos fuera de las
instituciones académicas, Sokal los encontró en las
facultades de humanidades. Pero ahora, como
explicó
Mooney en 2005, están de acuerdo en que la llamada guerra
de las ciencias no es una guerra civil entre dos formas distintas
(académicas ambas) de construir nuestras relaciones con el
entorno. Quienes entonces fueron cuestionados por Sokal forman parte
ahora de la misma familia atacada por fuerzas poderosas.
Los enemigos que han provocado esta
encuentro (quizás, nueva alianza, como se sugiere en
nanoplublic)
son
las
grandes corporaciones, los
fundamentalismos
religiosos y, entre bambalinas, los grupos neoconservadores que
trabajan al servicio de dos dioses bien conocidos: el capital y el
catecismo ciegos. Y es que, en efecto, el juego sucio va camino de
ser la norma. Las
operaciones
para intoxicar la opinión pública en contra de
quienes defendían que la acción humana es la causa del
cambio
climático o que necesitábamos
más
control sobre el uso de sustancias químicas, organismos
transgénicos o nanomateriales, han sido bochornosas. También
son inquietantes las acciones de quienes quieren que la ocurrencia
del diseño inteligente (nueva fachada que han adoptado los
antiguos creacionistas) sea una teoría con los mismos créditos
docentes que el evolucionismo.
En fin, la parte más interesante
del artículo (
Can
Washington get smart about science?) está a final
cuando enuncian las tres reformas que se necesitan para asegurar la
integridad de la ciencia: 1) Proteger la
independencia
de los científicos que trabajan para organismos públicos;
2) Fortalecer el aparato de asesoramiento del gobierno; y 3) Rechazar
las
retóricas de la equidistancia o, en otros términos,
esos discursos presos de las formas de lo políticamente
correcto y que deambulan por los pro y los contra como si todas las
propuestas o todos los conceptos fueran igualmente
respetables.