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jueves, 08 de febrero de 2007

El filósofo francés Rancière define la (nueva) democracia como el poder de los cualesquiera y los hace artífices de un mundo común.

Todas las organizaciones humanas pueden describirse mediante un cuadro que muestre las jerarquías, dependencias y funciones de cada una de las partes que las conforman. Cuando se tiene a la vista el organigrama se puede ver la estructura maquínica de la vida humana, es decir, los automatismos con los que contamos para que las cosas funcionen. Pero hay algo que no puede captar un diagrama de flujos y que tiene que ver con las interacciones entre la gente, al margen de las que se dan entre actores humanos y no humanos.


Esta parte informal de las relaciones, proliferativa y cotidiana, de baja intensidad y mucha densidad, y que es esencial para que las cosas funcionen debería ser puesta en valor y considerada como un bien común construido entre todos que, en consecuencia, no pertenece a los jefes, ni a comité alguno de representantes. Desde luego no funciona como una instancia de poder (que siempre pueden ser captadas e integradas al cuadro) sino como un ámbito de habitabilidad.

Este sábado último apareció en Babelia una entrevista a Jacques Rancière realizada por Amador Fernández-Savater. Entre las respuestas, he encontrado la inspiración para reivindicar la necesidad de explorar lo que de commons (procomún) hay en todas esas estructuras a las que pertenecemos, como el club, la empresa, la urbe o la democracia misma.

Amador le preguntaba por la definición de lógica de policía, un concepto clave en su filosofía: “La lógica de policía, dice Rancière, piensa y estructura las colectividades humanas como una totalidad compuesta de partes, con funciones y lugares que corresponden a esas funciones, con modos de ser y competencias que corresponden asimismo a esas funciones, con un gobierno como gobierno de una población, que divide esa población en grupos sociales, grupos de interés, y se presenta como árbitro entre los grupos, distribuye lugares y funciones, etcétera.” Es inevitable asociar esta caracterización de la lógica de policía a lo que antes llamábamos lógica instrumental y que ahora, de la mano de Deleuze, Latour y Sloterdijk, calificamos como dispositivos maquínicos.

Y me parece obvio que lo que Rancière tiene en la cabeza mientras habla es un organigrama que sintetiza el funcionamiento de una estructura funcional. Lo que ve es un cuadro que fragmenta según criterios de operatividad para mostrarnosla como una constelación de máquinas más o menos eficiente.

La respuesta de Jacques Racière avanza para desbrozar una noción de política que “comienza precisamente cuando se sale de ese modo funcional. [...] Mi idea es que la política comienza cuando nacen sujetos políticos que ya no definen ninguna particularidad social, sino que definen, por el contrario, el poder de cualquiera”. Estos cualesquiera a los que se refiere no son los pobres, los emigrantes, las mujeres, los enfermos, los okupas, los parados o ningún otro segmento poblacional que pueda integrarse en el organigrama y visualizarse como un objeto social (problemático, resistente, marginal, excluido, redimible o subversivo).

Los cualesquiera somos todos y ninguno al mismo tiempo y, según Rancière, están llamados a ser sujetos de otra política, pues “la emancipación política no consiste en las constituciones, las leyes, los modos de gobierno, sino que es la creación de una especie de mundo común, que es además un mundo de la capacidad común”. Los cualesquiera no son todos esos actores políticos, ya reconocidos en nuestras leyes, que intentan ser más visibles o lograr mayor capacidad de negociación.

Los cualesquiera no pueden ser caracterizados por su pertenencia a un club, un partido o un sindicato, ni tampoco por tener una hipoteca, una ONG o un blog. Los cualesquiera conforman y son conformados por el procomún, pertenecen a un ámbito nuevo de sociabilidad que tiene que reinventar lo que significa ver, oir, escribir lo que (nos) pasa. El mundo de los cualesquiera se muestra quizás a los antropólogos y los poetas, pero se hace casi invisible para los sociólogos y los historiadores. Aunque no quepan en el organigrama, la fábrica no sobreviviría sin su concurso. No habría sector público ni privado si no estuvieran manteniendo cada día el bien común que producen y por el que son producidos.

10:52 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (4)