El nombre propio de muchas
instituciones o espacios públicos tiene un valor simbólico
que no puede ser mercantilizado sin riesgo de que se pierda algo
irreparable.
Casi sin darnos cuenta los clubs de
fútbol o baloncesto anteponen el nombre de una empresa al de
la ciudad que los acoge. La lógica de esta iniciativa
involucra varias convicciones: a) que mejora el volumen de negocios
cuando una empresa asocia su imagen al de una ciudad o a uno de sus
símbolos más reconocidos; b) que el nombre de los
lugares o instituciones urbanas más populares o de mayor valor
simbólico es un recurso que puede ser vendido o alquilado, y
c) que, mientras nada se pierde, todos ganamos con semejante tipo de
transacciones.
Pero quizás las cosas no estén
tan claras. Cuenta
Ted
Howard en OnTheCommons que C. C. Baker ha sacado a
subasta por internet el nombre que adoptará durante un año.
Quienes pugnan en
ChooseMyName
por hacerse con el “objeto” en venta aspiran a elegir el nuevo
nombre que llevará el tal Baker en sus documentos de identidad
y tarjetas de crédito. Hasta el momento la subasta es para la
empresa
Freebee
Store con una oferta de US$ 37.000: el nombre por el
que puja es
Free-A-Store-Us-Rex.
Tal vez no sea más que otra de
las muchas rarezas a las que nos tiene acostumbrados la red. Antes de
decidirlo, vale la pena considerar que la venta de nombres es un
inmenso negocio en Estados Unidos que mueve más de tres mil
millones de dólares. ¿Pero qué es lo que se
compra y se vende? Las empresas gastan mucho dinero para fortalecer
su reputación. Compran visibilidad a través de los
anuncios o de la producción de espectáculos deportivos
o culturales (no diré políticos, porque pocas cosas son
menos inocentes que el fútbol o la ópera).
¿Qué se vende? Seguro que
lo que está en venta es algo más que un nombre.
Pensemos algún ejemplo extremo, y quizás no tan lejano.
Supongamos que un alcalde subastara el nombre de la plaza principal
de su ciudad al mejor postor. O que, por ejemplo, los hospitales
dejaran de llevar el nombre de grandes científicos para
adoptar el de las grandes corporaciones farmacéuticas.
Imaginemos que Roma, a cambio de los impuestos que cobra a sus
ciudadanos, comenzara a llamarse ciudad Google-Roma. Lo que se vende
es algo más que una palabra.
¿De quién es el nombre
del equipo de Manchester o el del
Ponte Vecchio en Florencia?
Muchos esperamos que el propietario del club o el alcalde elegido,
sean cuales sean las leyes actuales, no se consideren legitimados
para cambiar su nombre por dinero. Y es que, en efecto, se trata de
un bien de todos y de nadie al mismo tiempo. Algo que no se puede
enajenar. Más aún, algo que pensábamos que sería
imposible mercantilizar.
No es sólo que se trafique con
objetos muy sensibles, sino que hablamos también de material
altamente combustible. Basta con mirar para Palestina, Chiapas y los
Balkanes o recordar los conflictos que suscitan todos los
nacionalismos emergentes para entender la importancia de de esta
banalización de los símbolos. La nuevas industrias de
la palabra están creando nuevos negocios que primero especulan
y luego manipulan la memoria colectiva y el sentimiento de
pertenencia a una comunidad. Convierten la identidad en marca.