La deseable apuesta de la Comisión Europea por el open
access no solo es de sentido común, sino una buena señal
para quienes creen que los grandes problemas del mundo tenemos que
resolverlos entre todos.
La Comisión Europea,
ver
eurobserver, parece decidida a impulsar políticas
de open acces. La posición de partida parece que incluirá
la exigencia de que los artículos derivados de investigaciones
financiadas con fondos europeos pasen a ser de dominio público
a los seis meses de ser publicados. Así es como la CE quiere
establecer un balance entre el interés común y los
intereses privados, ya que la industria editorial científica
europea mueve 3 mil millones de euros y da empleo a emplea a 42 mil
personas.
Y es que, en efecto, no basta con que los fondos para investigar
(Europa gastará 33 mil millones entre 2007 y 2013) se otorguen
a los grupos que más lo merezcan o a los objetivos que mejor
defiendan el bienestar público, tampoco es suficiente con
evitar el despilfarro o con favorecer la cohesión en el
espacio europeo. Defender el bien común implica poner fin a un
negocio absurdo: el estado paga la investigación y los
resultados (los artículos) son privatizados por las
editoriales y luego vendidos a las bibliotecas de las mismas
instituciones donde trabajan los científicos que produjeron
aquellos resultados.
Los editores se están movilizando. Hasta ahora han
invertido mucho dinero en campañas de prensa/intoxicación para sembrar
dudas sobre si las políticas open access provocarían un
descenso general de la calidad de los textos publicados, insinuando
que sólo los agentes privados pueden asegurar la calidad del
proceso de selección y depuración de los contenidos.
Pero, al parecer, su inquietud va en aumento, como se cuenta en el
blog de Peter Suber. y se comenta/debate en
Slashdot. Y algunos ya
empiezan a utilizar en su argumentación artillería
pesada, ver el
blog de Alicia López Medina.
Según
Nature, algunas de las mayores empresas (Elsevier, Wiley and the
American Chemical Society) han contratado a Eric Dezenhall, quien
tiene una reputación discutible, para mejorar que les aconseje
cómo mejorar su imagen e impedir lo inevitable. Y, aunque
cueste creerlo, ha irrumpido en el debate con un eslogan tan agresivo
como reaccionario: “Acceso público es lo mismo que censura
gubernamental”. En fin, si esto es todo lo que tienen que aportar
al debate los principales editores científicos, la pregunta es
cómo los científicos llevan tanto tiempo confiando en
ellos.
El problema se agrava cuando pensamos en científicos que no
están vinculados a las grandes instituciones, las que cuentan
con recursos para pagar la factura por las suscripciones. Y, desde
luego, lo que vale para las instituciones pobres, se extiende para
los países o los continentes pobres.
Y es inaceptable este proceso de paulatina privatización
del conocimiento que, además de excluir a los científicos
pobres, también deja de lado al conjunto de la ciudadanía
que para tener acceso a información de calidad tiene que
hacerlo a través de una biblioteca especializada. Es absurdo
que los ciudadanos que pagamos con nuestros impuestos la ciencia no
podamos acceder a sus resultados.
El asunto tiene importancia porque
si queremos mayor rigor en los debates sobre las alternativas,
digamos, las políticas medioambientales, alimentarias o
energéticas, también necesitamos incrementar la calidad
de la información libremente accesible.