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jueves, 18 de enero de 2007

Los movimientos hacia el open science desvelan cada día prácticas de investigación incompatibles con el nivel de transparencia que como ciudadanos cabe exigir de la ciencia.

La deriva hacia la transparencia (openness) en la investigación tiene recovecos imprevistos. Andreas Lloyd, un antropólogo danés interesado en el estudio de las comunidades del software libre, acaba de hacer pública la lista de preguntas que emplea como guía para recordar el hilo de la conversación con sus entrevistados. Y así, tras concluir su investigación y enviar los resultados a la revista Open Access Anthropology, ha publicado a través de su blog Og sa alligevel el documento Opening the source que explica los motivos de esta conducta.

La principal herramienta de un antropólogo de campo es su propio cuerpo. En todas las ciencias hay muchas mediaciones (instrumentos, laboratorios, protocolos, software, bases de datos, código) entre el sujeto “explorador” y el objeto explorado, pero en antropología apenas hay intermediarios. Es el antropólogo mismo quien viaja, observa, pregunta, anota y después relata. Todo, por decirlo con una expresión figurada, a “ojo desnudo”. En tales circunstancias es difícil ser objetivos o, en otros términos, saber responder a la pregunta de cómo el científico puede no contaminar de subjetividades su objeto de estudio.

Los antropólogos, explica Lloyd, cuentan con un útil (al parecer generalizado) de trabajo, consistente en una simple guía de cuestiones que debe preguntar para no irse por las ramas. No es que tal chuleta les imponga un cuestionario estricto, pues cada entrevista/conversación es un mundo y puede avanzar sin guión (adquirir vida propia), pero el antropólogo no debe olvidar lo que busca. Lo que le obliga a no concluir la charla hasta que que logra todas las respuestas. Tras muchas entrevistas, lo normal es que los antropólogos sólo publiciten los resultados y la interpretación que de ellos hacen. Lo normal es que guarden para sí las preguntas.

Y, la verdad, es que cuando he sabido que publicarlas es un gesto innovador me he quedado perplejo. Muchos consideran que este cuestionario es personal y no una parte sustantiva del proceso de investigación. Algo que permite al lector saber cómo fue concebida la investigación, pues será difícil discutir el hecho de que las preguntas precondicionan las respuestas o, en otros términos, que la guía que comentamos opera como, por ejemplo, lo hace un telescopio: sólo sirve para observar objetos celestes, no importa lo bueno o lo caro que sea.

En cambio, dice Lloyd, los antropólogos tienden a ver esta lista de tareas como si se tratara de una especie de marca de la casa, algo circunstancial (como el gesto corporal, el gusto en el vestir o la forma de entonar) que impregna la investigación sin contaminarla y que otorga a sus publicaciones una especie de sesgo personal (touch of class) que marca la diferencia entre unos y otros. Y por más que puedan sonar seductores estos argumentos, creo que acierta Lloyd cuando quiere que consideremos la lista aludida como si fuera el código fuente de la investigación antropológica. Si así fuera, si tuviera razón, la guía de cuestiones dejaría de ser algo contingente para transformarse en una parte estructural del proceso de investigación.

Por otra parte, al publicarla, cabe la posibilidad de que otros la comenten y le ayuden a mejorarla. Y, ya para terminar, cabe una reflexión sobre las muchas incertidumbres que se proyectan sobre los resultados/conclusiones cuando este tipo de conductas tan cercanas al secretismo (esta especie de personalización “a la carta” de las prácticas científicas) son moneda corriente, especialmente en las humanidades y ciencias sociales. No es que sean manifiestamente mejorables, es que tenemos todo el derecho a considerarlas poco científicas.

Cuesta creer que los antropólogos no compartan la información sobre las herramientas que emplean para tomar datos. Conforme más sabemos sobre cómo proceden los científicos en su día a día, más difícil es entender cómo ha podido la ciencia ser una empresa tan exitosa. Y, en cualquier caso, como ya dijimos aquí, hay que tomarse muy en serio la afirmación de que la ciencia es una cultura oral antes que escrita.

1:25 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (2)