Muchos blogueros aceptan que este tipo de escritura está modificando de forma sustantiva su conciencia.
Bloguear, como escribir, es una
actividad de mucho riesgo, como explica Ben Vershbow en
if: book. Algunos historiadores de la alfabetización y
de la lectura ven
el
acto de escribir como una forma de tecnologizar el mundo.
Aceptar las reglas de la gramática, admitir que la ideas deben
seguir un orden sintáctico o comprender que el editor debe
respetar las lógicas del mercado, no son actitudes por
completo inocentes y, en cualquier caso, son profundamente
artificiales. La primera consecuencia que tuvo la convergencia de
estas tecnologías fue acabar con la cultura oral, condenándola
a ser reducto para la llamada cultura popular.
La escritura produce la noción
de autor y también este diálogo íntimo e
interminable que mantiene el lector con las palabras que paladea y
las que, desde su interior, escucha. Crea entonces la conciencia y su
fracaso, dos mercados muy expansivos, uno dirigido por editores y los
críticos y el otro por psiquiatras y diseñadores. Hay
entonces una estrecha relación entre tecnología,
conciencia y mercado.
Y a eso vamos. Lo que nos proponemos es
explorar cómo afecta al autor escribir un blog. Y al menos
hay tres formas en las que los blogueros, según ellos mismos,
podrían estar cambiando el mundo. La primera, lo hemos
mencionado varias veces, aumentando su influencia social en asuntos
políticos, a expensas de otros media, como la prensa/TV o las
universidades. Quienes no aceptan este protagonismo en la llamada
segunda
revolución de la lectura, se mofan de los excesos de
vanidad y cinismo que padecen, como se explica con ironía en
ComuniSfera.
La segunda tiene que ver con el impacto
que ejerce sobre la vida social e intelectual del bloguero. Quienes
escriben un blog podrían hablar horas sobre su naturaleza
adictiva; más aún, la mayoría no rechazarían
como tema de conversación una discusión sobre la
experiencia de ser abducidos por esta tecnología. Pocos
negarán que bloguear está modificando radicalmente sus
hábitos sociales. Muchos admiten que están cambiando de
amigos, de temas de conversación y, en muchas casos hasta de
lugares de reunión. En la concepción del ocio, por
ejemplo, hay un antes y un después.
Pero hay todavía una tercera
“revolución” más elusiva. El hábito de
bloguear ha suspendido ese diálogo íntimo característico en el lector. En su lugar, los blogueros se
sitúan a medio camino entre las experiencias del hablar y del
escribir. La tecnología que emplean fuerza una inmediatez con
los problemas que abordan y propicia el tipo de interacciones
característico de la plaza pública, sin dejar de
hacerse desde, digamos, un puesto aislado de oficina. Y así un
post sigue siendo una conversación sin dejar de ser un
documento.
Quienes bloguean tardan poco en dejar
de percibirse a sí mismos como individuos frente al mundo.
Desaparece, en consecuencia, el monólogo interior que da
origen al sujeto moderno, protagonista excepcional (principal y
heroico) de una epifanía permanente y cotidiana entre mi/su
carne y mi/nuestro entorno.
En fin, como explica
Chris
Bower en Being and Blogging, “bloguear [...] ha alterado
profundamente la forma en la que mi mente opera y en la que
conceptualizo mi acciones en relación con los otros. En
efecto, ya no existo en la misma forma en que existía”.