La Bil and Melinda Gates Foundation
invierte en empresas sin responsabilidad social que destruyen el
entorno y a sus trabajadores. Con las ganancias se otorgan ayudas
para la investigación y lucha contra el SIDA o la malaria.
Los hechos se cuenta rápido. La
Bill &
Melinda Gates Foundation está financiando generosamente
proyectos de investigación cuya finalidad es erradicar en
Africa el SIDA, la tuberculosis y la malaria. Al mismo tiempo hace
importantes inversiones en boyantes empresas petroquímicas que
contaminan el medioambiente de una forma absolutamente intolerable.
Lo paradójico, según se explica en el magnífico
informe publicado en
Los
Angeles Times, es que ambas acciones se hacen en la misma zona,
el Delta del
Niger;
y así, mientras la gente es vacunada contra la polio y el
sarampión, también se la envenena con los gases que
producen los centenares de chimeneas de la italiana Eni que iluminan
Ebocha (Nigeria), por ello llamada
ciudad
de la luz.

En Ebocha todo el mundo es “fumador”.
Sus habitantes se tragan permanentemente unas 250 sustancias químicas
contenidas en los humos resultantes de la combustión de los 30
millones de m3 de gas que cada día se queman (por ser más
barato que almacenarlos) en la planta de producción. En fin,
no hacen falta más datos para entender el origen de la
“epidemia” de bronquitis, asma y otras enfermedades
respiratorias.
A finales de 2005 la Bil and Melinda Gates
Foundation fue dotada con 35 mil millones de dólares. En junio
de 2006, Warren E. Buffet, la segunda persona más rica del
mundo tras su amigo Bill Gates, depositó en la Fundación
otros 31 mil millones dólares. Junto con otras aportaciones,
la BMGF dispone de un presupuesto más grande que el administrado por el 70% de los
países del mundo. De ahí proceden los 218 millones de
dólares empleados en la campaña de inmunización
contra la polio aludida, así como los 423 millones de dólares
que tienen invertidos en el complejos de compañías
petroleras que operan y polucionan en el Delta del Niger.
La cosa es fácil de entender.
Para eludir impuestos, este tipo de organizaciones filantrópicas
tiene que gastar cada año el 5% de su valor en proyectos
humanitarios. El restante 95% es administrado como si se tratara de
una empresa que busca maximizar beneficios. Y al parecer no hay
límites, pues sus ganancias provienen de holdings que operan
en países cuya legislación permite lo que es
inimaginable en Europa o Estados Unidos. Las fundaciones
humanitarias reponen los fondos que emplean en, por ejemplo, luchar
contra las enfermedades, invirtiendo en empresas que no superarían el más
mínimo test de responsabilidad social y que obtienen inmensas
ganancias mientras esclavizan a los trabajadores o envenenan el
entorno.
Es el
oscuro secreto de la filantropía,
como lo ha calificado
Paul
Hawken. Por supuesto, no todas las fundaciones actúan
igual, pero hay muchas más de las creemos que insisten en la
contradicción de, digamos, “ensuciar” el mundo para luego
limpiarlo. Y, en fin, igual que el año pasado los media
celebraron con estrépito la infinita generosidad del
matrimonio Gates, también hoy deberían hablarnos de su
lamentable cinismo. Hace unos meses se hablaba del impulso que
recibiría la lucha contra el SIDA y del compromiso de Gates
con la ciencia.
Todo el mundo estaba entusiasmado.
Nadie parece discrepar con este deseo de impulsar la investigación
e innovación científica. Los media nos han acostumbrado
a imaginar para todos los problemas una solución que siempre
es presentada con muy amplias connotaciones científicas. La
expansión de la ciencia en nuestro imaginario cultural y
político no parece conocer límites. Pero, junto a los
que claman por la ciencia, cada día es más perceptible
el murmullo de los que quieren que también se hable de cuál
es el tipo de ciencia que necesitamos y cuáles los
procedimientos con los que obtener el conocimiento.