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martes, 09 de enero de 2007

La Bil and Melinda Gates Foundation invierte en empresas sin responsabilidad social que destruyen el entorno y a sus trabajadores. Con las ganancias se otorgan ayudas para la investigación y lucha contra el SIDA o la malaria.

Los hechos se cuenta rápido. La Bill & Melinda Gates Foundation está financiando generosamente proyectos de investigación cuya finalidad es erradicar en Africa el SIDA, la tuberculosis y la malaria. Al mismo tiempo hace importantes inversiones en boyantes empresas petroquímicas que contaminan el medioambiente de una forma absolutamente intolerable.

Lo paradójico, según se explica en el magnífico informe publicado en Los Angeles Times, es que ambas acciones se hacen en la misma zona, el Delta del Niger; y así, mientras la gente es vacunada contra la polio y el sarampión, también se la envenena con los gases que producen los centenares de chimeneas de la italiana Eni que iluminan Ebocha (Nigeria), por ello llamada ciudad de la luz.

Chimeneas._Pozos_petrolíferos_en_Ebocha_(Nigeria)._ciudad_de_la_luz En Ebocha todo el mundo es “fumador”. Sus habitantes se tragan permanentemente unas 250 sustancias químicas contenidas en los humos resultantes de la combustión de los 30 millones de m3 de gas que cada día se queman (por ser más barato que almacenarlos) en la planta de producción. En fin, no hacen falta más datos para entender el origen de la “epidemia” de bronquitis, asma y otras enfermedades respiratorias.

A finales de 2005 la Bil and Melinda Gates Foundation fue dotada con 35 mil millones de dólares. En junio de 2006, Warren E. Buffet, la segunda persona más rica del mundo tras su amigo Bill Gates, depositó en la Fundación otros 31 mil millones dólares. Junto con otras aportaciones, la BMGF dispone de un presupuesto más grande que el administrado por el 70% de los países del mundo. De ahí proceden los 218 millones de dólares empleados en la campaña de inmunización contra la polio aludida, así como los 423 millones de dólares que tienen invertidos en el complejos de compañías petroleras que operan y polucionan en el Delta del Niger.

La cosa es fácil de entender. Para eludir impuestos, este tipo de organizaciones filantrópicas tiene que gastar cada año el 5% de su valor en proyectos humanitarios. El restante 95% es administrado como si se tratara de una empresa que busca maximizar beneficios. Y al parecer no hay límites, pues sus ganancias provienen de holdings que operan en países cuya legislación permite lo que es inimaginable en Europa o Estados Unidos. Las fundaciones humanitarias reponen los fondos que emplean en, por ejemplo, luchar contra las enfermedades, invirtiendo en empresas que no superarían el más mínimo test de responsabilidad social y que obtienen inmensas ganancias mientras esclavizan a los trabajadores o envenenan el entorno.

Es el oscuro secreto de la filantropía, como lo ha calificado Paul Hawken. Por supuesto, no todas las fundaciones actúan igual, pero hay muchas más de las creemos que insisten en la contradicción de, digamos, “ensuciar” el mundo para luego limpiarlo. Y, en fin, igual que el año pasado los media celebraron con estrépito la infinita generosidad del matrimonio Gates, también hoy deberían hablarnos de su lamentable cinismo. Hace unos meses se hablaba del impulso que recibiría la lucha contra el SIDA y del compromiso de Gates con la ciencia.

Todo el mundo estaba entusiasmado. Nadie parece discrepar con este deseo de impulsar la investigación e innovación científica. Los media nos han acostumbrado a imaginar para todos los problemas una solución que siempre es presentada con muy amplias connotaciones científicas. La expansión de la ciencia en nuestro imaginario cultural y político no parece conocer límites. Pero, junto a los que claman por la ciencia, cada día es más perceptible el murmullo de los que quieren que también se hable de cuál es el tipo de ciencia que necesitamos y cuáles los procedimientos con los que obtener el conocimiento.

11:13 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (3)