Nature acaba de finalizar su experimento sobre la viabilidad
del open peer review: la conducta de los científicos causa perplejidad.
Hace unos días Nature publicaba un editorial (
Peer
review and fraud) sobre la espinosa relación entre
peer review y fraude científico. La revista, en una iniciativa conjunta
con
Science, recomendaba que los
papers previsiblemente polémicos por el alcance de
sus conclusiones en áreas de mucho impacto mediático (salud pública o cambio
climático), fueran sometidos a un escrutinio adicional, ya que “hubo casos de fraude que superaron el
proceso de arbitraje (
refereeing) y que
tiene mucha importancia la confianza pública en la ciencia”.
Las nuevas medidas que se aplicarán a los mencionados artículos
obligarán a revisar más cuidadosamente su fundamento empírico (datos brutos) y
la participación efectiva en la redacción de cada uno de los autores firmantes.
Así, no sólo se sostiene la inquietud por la credibilidad del sistema de
control de calidad de las publicaciones, sino que también deja de ser genérica.
En esta ocasión se identifican dos problemas históricos de
la práctica científica (la verificabilidad de los datos y la autoría de las
ideas) que, con independencia de las cuestiones éticas y jurídicas que siempre
han suscitado, ya pueden solucionarse con
la ayuda de las nuevas tecnologías (características de la
ciencia
2.0) si se abren las API que dan
acceso a las bases de datos y se extiende el uso de herramientas que conserven el
registro histórico de todas las modificaciones.
Y es que, en efecto, la eficacia de los protocolos de
control de calidad, es una de las piezas que aseguran la fiabilidad (de los
valores y de los intercambios) en los que se basa la nueva sociedad (y no sólo economía) del
conocimiento.Ya hemos tratado este asunto en varias ocasiones. El mundo
que habitamos es demasiado complejo y sus habitantes estamos asistiendo a una
proliferación de experimentos globales, realizados en tiempo real, que pueden
incidir/alterar significativamente las condiciones de vida en el planeta.
Todos somos ya conejillos de Indias y todos tenemos el derecho a tener
información de calidad para poder formarnos un criterio informado. Y, desde luego, a participar.
La
fiabilidad de las publicaciones científicas es un asunto que desborda (al igual
que muchos de los experimentos que se están haciendo) las paredes del
laboratorio y que, además de ser un problema académico, es también un asunto de
mucha enjundia política. Tanta, que las polémicas sobre cómo salir de la crisis
del peer review, nos afectan a todos.Por eso suscitó tanto interés el
experimento
de open peer review desarrollado por
Nature en los últimos meses. Para llevarlo a cabo se ofreció a los autores
la posibilidad de que sus textos (una vez admitidos para revisión) fueran
subidos a la red y, como se hace en la wikipedia, expuestos al comentario crítico de los lectores.
Nature quería averiguar cuál de los dos métodos
(el tradicional y el open) era más eficaz. Los resultados,
los
conocimos vía Golem, han sido frustrantes para quienes tanto esperábamos de
estas nuevas formas de crear autoridad en ciencia. Nature
recibe para publicar unos 10.000 textos al año. Los editores hacen el primer
filtrado y rechazan (sin mayor revisión) alrededor del 60%. El 40% restante es
revisado por dos o tres árbitros (pares) que ayudan a los editores a decidir tras emitir
sus informes expertos. Al final sólo se
publica el 7% de lo que les llega.
Durante el período que duró la prueba
(1/06/06-30/09/06) Nature recibió 1369 papers, pero sólo el 5% (71) aceptaron
que se les aplicara el proceso de revisión abierta (open peer review). De los
71 artículos (venidos de 15 áreas distintas del saber), 33 no recibieron
comentario alguno. Los 38 restantes tuvieron 92 comentarios, pero distribuidos
muy desigualmente, pues hubo 8 artículos que se quedaron con 49. Lo peor, no obstante, es que sólo 4
comentarios merecieron la calificación de técnicamente relevantes.
La decisión de Nature ha sido suspender el
experimento y anunciar otros ensayos en la dirección de permitir que los artículos
reciban comentarios una vez ya publicados.Quienes
advertían que sólo bajo el anonimato se puede hacer una verdadera crítica no
creo que puedan estar contentos, aunque sólo sea por las cuestiones que quedan
abiertas. La primera tiene que ver con la
paradoja de que se trataba de una idea muy popular entre los científicos que,
sin embargo, no ha producido el resultado esperado. La segunda tiene que ver
con esa raquítica cifra (4) de comentarios significativos.
Está claro que hacer
de revisor es un trabajo ingrato que además requiere tiempo, pero no es fácil entender las razones por las que los científicos han decidido
desertar masivamente de una iniciativa pensada para hacer más público su
compromiso con el rigor y más igualitaria la distribución de responsabilidades
en la llamada República de los sabios. Muchos, ver
planned
obsolescente, piensan que Nature no hizo lo suficiente.
Hay
motivos para la perplejidad y también para la desazón. La propia Nature, como
se resalta en
ars
technica, insinúa que no hay que descartar la influencia de dos factores
negativos.El primero tiene que ver con
las tensiones introducidas, especialmente en biomedicina, por las leyes de propiedad
intelectual. Y el segundo alude al hecho de que cualquier comentador al
introducir una observación podría estar dando pistas a otros sobre su investigación.
Ambos problemas están enfatizando el régimen
de abierta competencia que se da en ciencia. Y, subliminalmente, invitando a
reflexionar sobre un hecho clave: el fracaso del experimento tiene que ver con
la hegemonía de las estrategias competitivas sobre las colaborativas.