La Adminitración Bush querría imponer una especie de peer review a los comunicados, informes y declaraciones que los organismos públicos de ciencia realizan para garantizar su comunicación con la sociedad. Mucha gente considera esta nueva política un intento de establecer la censura previa.
Cuando hablamos de la sociedad de la
información y el conocimiento no estamos utilizando una
metáfora de mucho gancho mediático para referirnos a
los tiempos actuales. Hace unos días supimos que REACH, la
norma que aspira a regular el registro y uso de sustancias químicas
en Europa, había sido el
escenario
de una gran batalla (algunos dicen que
la
mayor, hasta ahora) de lobbies para influir sobre los gobiernos
y los parlamentarios. También se recuerdan las luchas a favor
o en contra la de las leyes sobre propiedad intelectual y sobre
patentes
en software.
Tampoco olvidamos las muchas y variadas
intoxicaciones informativas que hemos padecido y seguimos padeciendo
en todos los asuntos relativos al
cambio
climático, los organismos genéticamente modificados
o los
riesgos
medioambientales sobre la salud. No hace falta escribir un libro
para afirmar que estamos delante de asuntos de mucha trascendencia
política y enorme repercusión económica.
Basta con hojear el periódico o
ver los noticiarios de televisión paras comprobar la
relevancia creciente que están adquiriendo las noticias
científicas. Detrás de ellas se están librando
cruentas batallas que movilizan una variedad notable de actores. Ya
hemos tratado varias veces estos asuntos por la importancia que
tienen para la redefinición de un nuevo compromiso de la
ciencia con la sociedad. No va a ser fácil, pero
los
científicos tendrán que hablar de estas cosas
públicamente (y
aquí) y tratar de consensuar una nueva cesta de
valores que definan su conducta y el papel que quieren tener en
nuestra sociedad.
Baste con
considerar el último encontronazo del gobierno norteamericano
con los investihgadores. Según
Associated
Press, la administración Bush ha exigido de los
científicos del U.S. Geological Survey que sometan a revisión
cualquier noticia que se origine por los descubrimientos que puedan
realizar. La norma establece que la oficina de comunicación de
la USGS debe ser avisada de cualquier “producto informativo que
contenga asuntos altamente visibles o políticamente sensibles,
[así como] de los hallazgos o datos que puedan ser
especialmente noticiables, tener impacto sobre las políticas
del gobierno o contradecir la previa comprensión pública
para garantizar que sean los funcionarios adecuados los que
desarrollen la estrategia de comunicación”. Y, claro,
muchos científicos piensan que la palabra que describe esta
nueva política es censura.
Sus promotores la defienden diciendo
que de lo que se trata es de ampliar la noción de peer-review
desde la comunicación entre académicos a los
intercambios informátivos con la sociedad en su conjunto.
Pero es que llueve sobre mojado, pues el control sobre las
personas, se amplia a las bibliotecas: están
desapareciendo de las web de otros organismos científicos
públicos algunos informes contradictorios con la política
oficial. Y sí, lamentablemente, es lo que parece. Las coincidencias, se mire como se mire, son clamorosas. Tanto que
Paul
Revere de Effect Mesure inicia su artículo con una
sentencia vigorosa: “La Administración Bush odia la
ciencia”.