La práctica de abrir los problemas a todo el mundo, habitual en las comunidades de software libre, es un modelo de eficacia en la búsqueda de soluciones.
Muchas veces el lugar dónde se definen los problemas no coincide con el ámbito en dónde se encuentran las soluciones.
Karim Lakhani, profesor en la
Harvard Business School y editor del blog
spoudaiospaizen, lo está explicando con claridad.
No hace mucho una de las grandes empresas biotecnológicas intentó encontrar un método que permitiera detectar secuencias de ADN en situaciones extremas y que, además de ser operativo, tuviera un coste razonable. Los expertos acabaron reconociendo que el asunto no tenía solución. Los gestores de la empresa, sin embargo, no se dieron por vencidos y decidieron hacer algo muy innovador: sacar el asunto al exterior y convocar un premio para quien diera en el clavo.
Fue un éxito. En sólo cuatro semanas hubo 574 científicos que lo intentaron y fueron 42 los que respondieron al reto. El ganador vivía en Finlandia y, lo más curioso, se trataba de alguien que trabajaba en otro campo de especialización. La conclusión, explica Lakhani en
Open Source Science: A New Model for Innovation, parece obvia: la innovación emerge en la intersección disciplinar.
El asunto es que no sabemos a priori en qué frontera aparecerá la solución, lo que obliga a adoptar una práctica habitual en las comunidades del software libre y que consiste en buscar ayuda difundiendo los problemas tanto como sea posible (
work broadcasting). La idea está siendo utilizada por
InnoCentive, una empresa que encuentra soluciones difundiendo los problemas/desafíos que se le consultan entre los cien mil científicos de todo el mundo que en la actualidad “tiene en nómina”.
Hay más ejemplos parecidos y todos son convergentes en la necesidad de apostar por una estrategia capaz de formatear los problemas de forma que puedan ser abordados desde muchos lugares diferentes. Son los
boundary objects (también
aquí), una noción desarrollada en el entorno de la
Actor-Network Theory (ANT) a partir de los trabajos pioneros de Susan L. Star, y que han permitido conceptualizar la atomización de saberes y prácticas característica de nuestro mundo en términos de oportunidad. Así una vez situado el objeto
al alcance de la mirada de varias
comunidades de practicantes, la simetría de las ignorancias resultante crea la ocasión para el aprendizaje de todos y el trabajo colaborativo.
El asunto entonces es
cómo formatear los problemas para que puedan ser reconocidos por muchos y darse esta situación de convergencia en la que ningún experto renuncia a sus tradiciones o prácticas paradigmáticas de origen (las propias de la especialidad en la que está inserto). En fin, más que de interdisciplinariedad estamos hablando de transversalidad del saber, porque el esfuerzo que se necesitaría para solucionar un problema que se resiste es descontextualizarlo, desempaquetarlo y abrirlo a otras maneras de visualizarlo o conceptualizarlo.
Lo que Lakhani nos propone es que demos valor a dos situaciones muy novedosas. De una parte, la que implica sacar los problemas del espacio reservado (quizás debiéramos decir secreto) del laboratorio pues, sin duda, la forma en la que se construyen condiciona las estrategias que se diseñan para buscar soluciones. De la otra, se nos dice que aceptemos como atractiva la posibilidad de que la solución provenga de ámbitos disciplinarios distantes y distintos.
En ambos casos la receta que se propone cabe en una palabra:
openness, liberación de las ataduras internas y transparencia hacia las externas. La estrategia correcta consiste en crear estructuras que permitan a las organizaciones aprovechar toda la inteligencia y experiencia que hay en el mundo, aunque esté dispersa. La solución es abrir y con la apertura llegarán las soluciones.