La industria de las prótesis sigue en expansión y amenaza con producir una nueva subclase social, una nueva forma de precariado subprotésico.
La solución protésica para nuestros problemas no deja de ganar crédito. Las cifras de gentes que acuden a buscar prótesis cosméticas o químicas sigue avanzando. Según
EurekAlert, en 2005 hubo más de 10 millones de cirugías estéticas en USA , y no hay que ser muy avispado para vaticinar la llegada de un nuevo bazar de prótesis genéticas y electrónicas.
Decía Lacan que el cuerpo era el texto (creo que quería decir el media) más escrito, evocando los muchos intentos de colonizarlo durante los muchos siglos de hegemonía cultural de los imperios de la retórica (universidades, ateneos, parlamentos y tribunales). Hoy que el cuerpo sigue siendo un reto tan frágil como inexpugnable para las nuevas tecnologías, no faltan
ensoñaciones factibles que lo quieren cablear y reprogramar con la ayuda de chip, drogas, genes y nuevos materiales (la silicona entre ellos).
El bricolage del cuerpo se diversifica y si todavía sigue siendo una alternativa demasiado costosa, no cabe duda de que cada día es más popular. Aumenta el deseo y disminuyen los precios. Nadie habla de una ley de Moore aplicable a las bioingenierías y, en consecuencia, es imaginable que en un futuro próximo, al igual que hablamos de un
digital divide (escisión digital en nuestra sociedad), tengamos que hablar de un
protesic divide.
Por el momento, ver el artículo de
James Harkin en New Statesman, sólo se especula con la rápida aparición de una
cosmetic underclass, una especie de
nación subcosmética que no tiene acceso (por miedo o por falta de recursos) a las tecnologías que permiten reformatear la cara, estirar el pene o... tropicalizar los labios. En fin, que las desigualdades de acceso a las nuevas prótesis conformarán una nueva escisión que provocará una especie de precariado subprotésico.