Como los gobiernos han gestionado mal algunas crisis alimentarias o medioambientales, ahora la gente parece confiar más en las ONG que en sus representantes.
La gripe aviar sigue rondándonos. Ya no es noticia de portada y parecería que dejó de ser un grave problema sanitario. Pero no es verdad. Está por ahí y su presencia se manifiesta en dónde menos la esperamos. Al parecer las ventas de pollos han disminuido considerablemente en Brasil, pues la gente está asustada y tiene miedo a contaminarse con el peligroso virus H5N1.
Lo cierto, sin embargo, es que tales prevenciones están injustificadas, como explica
Jack Woodall en The Scientist. El argumento del artículo se resume fácil: cocinando bien el pollo y los huevos (aquí, por bien cocinado se entiende lo normal), no hay nada que temer. O, en otras palabras, podemos mantener nuestros hábitos alimentarios siempre que no tengamos debilidad por los alimentos crudos.
Lo más interesante del artículo tiene que ver con la respuesta que ofrece para la pregunta ¿qué podemos hacer para convencer a los consumidores de que no hay nada que temer? El problema es que la gente, continúa Woodall, aprendió a desconfiar de que sus gobiernos (incluidos los democráticos) les digan la verdad. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo abordar este tipo de asuntos si las ciudadanos experimentan esta crisis de representatividad de/en nuestras instituciones?
Y, puesto que hay urgencia y lo peor es quedarse con las manos cruzadas, propone una solución que implica activar el sistema de la gobernanza: pedirle a las ONG que se comprometan en una campaña de información que evite estas o parecidas crisis de pánico que, además de no tener ningún valor preventivo, amenazan con arruinar sin motivo algún sector productivo y desestabilizar la fábrica de lo social.