Cuando
Vinton Cerf, el hombre que inventó Internet, envió en 1969 su primer correo electrónico, el destinatario era
Douglas Engelbart, un visionario a quien debemos casi todo lo que hoy consideramos normal cuando encendemos nuestro computador. Sus descubrimientos son tan notables que muchos le llaman el Edison de la informática y no hay premio que busque prestigio que no le tenga ya entre sus galardonados.
En 1968 hizo en San Francisco una demostración multimedia (por favor, si tienes un poco de tiempo no dejes de
ver el video), la primera de la historia, para dar a conocer en 90 minutos inolvidables un enjambre de invenciones revolucionarias. A su término, los mil asistentes atónitos, explotaron en una ovación que agradecía su condición de testigos de un hecho histórico: el nacimiento de una nueva era. Aquella exhibición, “la madre de todas las presentaciones”, sirvió para mostrar un instrumento, el ratón, que mediante simples clics podía administrar sobre una pantalla gigante (pixelada) el envío de correos electrónicos, la administración simultánea de imágenes y textos, la selección de ventanas emergentes, la edición de textos o la navegación hipertextual. Novedades nunca vistas a las que se añadió la sorpresa de una videoconferencia y la participación de actores remotos en el desarrollo en tiempo real de tareas conjuntas.
Muchos comprendieron que desde entonces el computador dejó de ser una simple máquina de cálculo para convertirse en una herramienta eficaz en la comunicación y en la gestión del conocimiento. Y es que ya en 1964, explica el historiador Tim Lenoir (ver
MouseSite), el cuaderno de notas de Engelbart decía sobre ARPAnet, la red precursora de Internet, que supondría “una revolución como [la introducida por] el desarrollo de la escritura y de la imprenta”. Fue
una revolución invisible.
Aquel 9 de diciembre de 1968, año de revoluciones, nació eso que hoy llamamos PC, un instrumento con una
interface amable (es decir, que no requiere saber programación para poder usarla) y que liberaba a los usuarios de la hasta entonces extrema dependencia de un ordenador central.
Hay muchas anécdotas que envuelven estos hechos y su significado. Cuando la Universidad de Stanford le ofreció en 1968 crear su propio laboratorio, el
Augmentation Research Center en el mítico Stanford Research Institute (SRI), todo el mundo quería husmear en la tecnología que allí se estaban ideando. Uno de los visitantes fue Marvin Minsky, el más ferviente promotor de la inteligencia artificial, quien quiso seducir a Engelbart con visiones sobre la inteligencia de las máquinas y su futura capacidad para tener emociones. Los testigos cuentan que, lejos de asombrarse por aquellas predicciones, el padre del ratón lamentó que todo ese esfuerzo inversor y técnico estuviese orientado a la mejora de las máquinas y no de lo humanos: “
¿Cuando se hará todo esto, dijo Engelbart, con los humanos?”
Y es que para entonces Engelbart llevaba ya una década pensando en la interacción entre humanos y no humanos. Más aún, su proyecto vital nunca fue inventar artefactos y venderlos, como tampoco triunfar en el mundo académico. Su verdadera motivación fue mejorar la especie y lograr que los computadores fuesen nuevas extensiones de la sensibilidad. Estas son las dos ideas fuerza que vertebran el texto clave de su vida
El aumento del intelecto humano: un esquema conceptual (1962).
El pulso que mantiene vivos sus anhelos está en la convicción de que la humanidad enfrenta problemas de tanta complejidad que sólo podremos resolver si logramos desarrollar tecnologías que faciliten la doble tarea de, por una parte, delegar en las máquinas el procesamiento de los datos y, de la otra, construir una especie de inteligencia social y compartida, una exteligencia, que nos permita aprovechar todos los recursos disponibles. La tecnología entonces es vista como un bien común, cuya principal función debiera ser la recuperación de la cultura del ágora y no la simple producción de espacios de trabajo.
Sus escritos visionarios no son muy concretos, pero hoy vemos en aquellos barruntos la premonición de algunas realidades espectaculares que se han desarrollado en la red, como Linux y todos los productos informáticos asociados al software libre o la Wikipedia y los otros proyectos basados en la tecnología wiki. Y, desde luego, la misma Internet, un entorno de sociabilidad y creatividad que cuando menos es el mayor repositorio público de información jamás imaginado, además de una gigantesca máquina de supercomputación capaz de sostener cientos de proyectos del tipo
SETI basándose en las tecnologías peer-to-peer, P2P (la empleada por los jóvenes para bajarse música o cine).
Pero Engelbart no está satisfecho. Cuando fue galardonado en 2001 por la Sociedad Británica de Computación con la medalla Lovelace por haber creado el ratón, se quejó (ver la noticia en
BBC) de que sus proyectos no eran comprendidos “...porque mis ojos apuntaban mucho más lejos. Es decepcionante que ni el mundo ni yo avanzáramos más”. Y es que, en efecto, su objetivo no era revolucionar la tecnología, sino cambiar el mundo. De ahí que sus amigos de Stanford le organizaran en 1998, treinta años después de mencionado evento de San Francisco, un congreso homenaje con el título
“La Revolución inacabada de Engelbart”, para concluir que las ideas del maestro, más que incompletas, habían descarrilado. El mismo Engelbart, tras mencionar que aquellos visionarios de las nuevas tecnologías habían sido absorbidos en la espiral de la fama y el dinero, se lamentaba de que desde entonces sólo habían evolucionado las máquinas y no los hombres.
Pese a contar con el respeto y la admiración de todo el mundo, en la década de los ochenta fue abandonado por todos, quedándose sin recursos ni colaboradores. Los ordenadores eran para Engekbart mucho más que un instrumento: representaban la primera ocasión que tenía la humanidad para escapar de su destino genético y crear una exteligencia (o, quizás,
exocerebro) que modificara el curso evolutivo de nuestra especie.
Engelbart ensoñaba una nueva era en la que
las máquinas y los humanos coevolucionarían en beneficio de todos, pero las grandes corporaciones, sus mismo colegas, le acusaron de radical y apostaron por un PC de fácil uso, orillando su propuesta de crear un máquina en red que amplificara lo humano hacia lo colectivo.