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miércoles, 25 de octubre de 2006


¿Es comparable el esfuerzo que debe hacerse para ganar medallas deportivas o premios cinematográficos con el que se necesita para ganar Premios Nobel?

Los últimos días estuvimos de Nobel y, como prometí, tengo un último post sobre este asunto. Aprovecho la efemérides (hoy se cumplen cien años desde la concesión del Nobel a Cajal), para proponer una reflexión sobre por qué España no tiene otro Cajal.

La Academia Sueca, puntual a su cita anual, designa las nuevas estrellas del universo científico. Los elegidos, por su parte, cada día se parecen más a las otras estrellas, las mediáticas: toda esa gente del cine, la música, la moda y el deporte que invaden la pequeña pantalla para encarnar la figura del triunfador y ponerle rostro a lo singular. Por la pasarela de la ciencia discurre un puñado de cabezas siempre más blancas, masculinas, angloparlantes y norteamericanas de lo que recomienda la etiqueta de lo políticamente correcto. Más aún, la asimetría que se teatraliza en Estocolmo no es disfrazada de nada. Y así, cada año se proclama con orgullo esta desigualdad estructural de nuestro mundo.


Seguro que no soy el único que se  anda preguntando por qué podemos triunfar en las otras pasarelas, mientras se nos niega esta especie de último escollo de nuestro tránsito desde la España cañí a la del AVE, las multinacionales, los éxitos deportivos, los Grammy y los Oscar.  Y para responder a la preguntita es menester entender que estamos estableciendo comparaciones entre dos épocas (la de Cajal y la del Foro de las Culturas) y dos mundos (el del espectáculo y el del conocimiento).

Por suerte, Cajal nos dejó muchos escritos que, pese a ser autobiográficos, la historiografía los ha situado entre los que buscaban respuestas a la inquietud por los males de la patria.  Entonces lo mediático era mostrarnos culpables y atrasados, un país sin estilo y descentrado.  Pero aquí no vamos a dar nuevo aliento a esta retórica exaltada. Para entender la distancia que nos aleja de entonces he elegido tres hechos significativos.Uno tiene que ver con la deuda que como intelectual Cajal decía tener con la cultura del café, un espacio público en donde se experimentaba con palabras y no con hechos.

Hablamos de una forma de sociabilidad hoy impensable entre los neurólogos, pero que entonces funcionó como un poderoso instrumento de legitimación social. Los públicos, entonces y ahora, son una de las asignaturas pendientes de la ciencia española. No puede haber ciencia en una sociedad que ve en los científicos a sabios distraídos o malvados, según los arquetipos recreados por Cantinflas en “El Supersabio” o por Lex Luthor, el enemigo implacable de Superman, respectivamente.

El segundo hito tiene que ver con la afirmación del Nobel de que se requerían cuatro lenguas (francés, inglés, alemán e italiano) para poder estar al tanto de la ciencia.  Hoy, lo sabemos bien, basta con el inglés (ver artículo de Fernando Navarro, pdf), hasta un extremo que son multitud quienes califican la situación de verdadero imperialismo científico anglosajón. Hay muchos estudios que avalan tesis tan rotundas. En 1990 se publicó uno que analizó los consejos editoriales de 433 revistas biomédicas de prestigio: el 75 %  de los editores eran anglosajones y 8 de cada 10 norteamericanos. Y, no lo olvidemos, obtener reconocimiento público es una tarea que requiere talento y también simpatía, apoyos, contactos y muchos escenarios donde acreditar la valía. En fin, que hay un mercado (inglés) en donde se comercia con el mérito científico y otros capitales simbólicos.

Tercera apostilla. Cuando Cajal experimentó el vértigo de estar en la periferia, lejos de los grandes laboratorios y presupuestos, tomó la decisión  consciente de dedicarse a la histología, una disciplina menor, en lugar de empeñarse por la microbiología, entonces de moda en el mundo, pero mucho más costosa y competitiva. El acierto fue mayúsculo, pues pudo desplegar toda su creatividad sin necesitar grandes inversiones. Un ejemplo sobre el que deberían reflexionar muchos científicos y no pocos rectores, pues no todos los países o todas las universidades pueden contar con equipos/estudios competitivos en cualquier especialidad.

Lo que estoy intentando es preparar el terreno para hablar de la gestión de la ciencia. Pues su legitimidad, visibilidad y viabilidad social, corporativa y financiera  no son circunstancias inconexas entre sí. Las tres parecerían ser imprescindibles y necesitan converger.  Ya sabemos que la teoría (la teórica, dicen los castizos) no soluciona el problema, pero creo que ayuda a enmarcarlo en un contexto verosímil.

Hay muchos Cajales  pululando por las prensas y, desde luego, casi todos son probables.  El nuestro no es, como explicó López Piñero, flor de un día, sino más bien la consecuencia de un estado de cosas y también de un estratega capaz de muchos registros.  Se arrastra, sin embargo, por los media un Cajal que sirve de cebo para quienes se conforman con fabricar excepciones a la historia de España, pues apuestan por la genialidad quienes se empeñan en seguir celebrando un titular de prensa, un diploma sueco y un microscopio lujoso.

Y ahora vengamos a contrastar dos mundos y no dos tiempos. Si miramos al medallero deportivo o artístico, es innegable que custodia algunos triunfos de mucha relevancia. Hablamos de éxitos de equipo y de trofeos de competición.  Nos referimos también a competiciones en donde, tras el glamour de los protagonistas, hay grandes inversiones, políticas de internacionalización, empresas de marketing, tecnologías de vanguardia y estrategias de captación de talento.  El entertainment (deporte, moda, música y cine, entre otros), son inmensos negocios que movilizan la sociedad en su conjunto.

¿Hay comparación posible entre el sector del conocimiento y el del espectáculo? Admito que la pregunta es heterodoxa, sin tratar de provocar ningún incendio.  ¿Cuántas veces se han reunido gentes que supieron vender sus productos en Hollywood o montar equipos capaces de ganar un oro con políticos de la ciencia para trasladar experiencias, si fuera posible, de uno a otro mundo? Y que nadie se escandalice por estos malabarismos porque sabemos que la ciencia es una empresa insostenible si no crece espectacularmente la inversión privada. La alternativa es seguir comprando fuera lo que necesitamos dentro, es decir condenar España a la condición de país subalterno. Más aún, el deporte, la moda y el cine dependen tanto de las nuevas tecnologías, como la ciencia española de que siga habiendo negocios en estos y otros ámbitos industriales.

Dos palabras más.  Todos los que entienden afirman que contamos con científicos de calidad. Yo creo que seguramente tienen razón, lo que falta es rigor en la gestión de los fondos públicos, así como algo de modestia para elegir, como hizo Cajal, objetivos de oportunidad. Y, desde luego, situarse más cerca de las inquietudes de la gente porque sin la complicidad de los ciudadanos no funcionará el negocio.

17:17 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (36)