¿Es la web el lugar donde reside la conciencia?
Cada vez es más frecuente ver el cerebro como máquina de procesar información y a las anteriores comparaciones con un computador, siguen ahora las que lo quieren ver como una red de redes, y no como una red de neuronas, según probó Cajal.
Kevin Kelly, cofundador de Wired, acaba de hacer en
Pop Tech una comparaciòn entre el cerebro humano e Internet que da algo que pensar (gracias
Kottke).
Los datos que la sostiene se cuentan rápido. La web está sostenida actualmente por 1 trillón (10^18) de transistores, 1 billón (10^12) de links y 20
exabytes (10^18 bytes) de memoria. Por su parte el cerebro cuenta 1 trillón de neuronas, 1 billón de sinapsis y 20 Exabytes de memoria.
Aquí viene a cuento recordar la magnífica conferencia (publicada por
Letras Libres) de
Roger Bartra sobre el exocerebro, entendido como conciencia externa y resultado de una adaptación de los homínidos que sustituyeron alguna deficiencia evolutiva (quizás olfativa o visual) ubicando fuera del cráneo un depósito de expericnias a disposición de todos que pudiera complementar las citadas carencias. Tal hipótesis que con matices manejan varios neurofisiólogos, daría también la razón a Paul Ricoeur cuando en su
discusión con Jean Pierre Changeux rechazó cualquier intento de biologizar la conciencia: “la conciencia -una tema que Ricoeur quiere que pertenezca a la humanidades- no es un lugar cerrado del que me pregunto cómo alguna cosa entra desde fuera, porque ella está, desde siempre, fuera de ella misma”.
La conexión que aquí se insinúa es que Internet, podría estar ya dando cobijo al exocerebro de los cyborgs, es decir de todos nosotros, si admitimos que nuestra dependencia de las máquinas es tan masiva y permanente que deberíamos tratar
las tecnologías como prótesis y no como herramientas. Así las analogías entre cerebro e internet podrían adquirir nuevo vuelo si admitimos la naturaleza social e histórica de la conciencia.
La hipótesis (mejor, la especulación, dada la dificultad de traducirla a hechos experimentales) no sólo permitiría responder afirmativamente a la pregunta de si puede el cerebro comprenderse a sí mismo, sino que también haría de Internet un espacio de especial protección para la supervivencia de la especie.