La semana de los Nobel es buen momento para preguntarse si la imagen de la ciencia triunfante es socialmente soportable.
La semana Nobel cada día se parece más a una pasarela científica de vanidades. Y mientras toda la prensa está informando de los méritos que concurren en las nuevas estrellas del firmamento de la ciencia, nosotros vamos a hablar,
siguiendo a L. Larque y J. Testard, de ciencia modesta, un concepto que nos llega desde Francia y en el que están involucrados muchos
colectivos ciudadanos, desde el activismo ecologista y
altermundista, hasta organizaciones diversas como
Sauvons la Recherche o
Sciences Citoyennes.
Las cosas están cambiando deprisa. Cada día es más evidente que enfrentamos crisis medioambientales, sanitarias o alimentarias de difícil solución. También es cierto que la opinión pública atribuye a la tecnociencia misma cierta responsabilidad por la emergencia de estos problemas. Por otra lado, es innegable que la actividad científica se está privatizando y que hasta el mismo conocimiento avanza hacia su conversión en una mercancía.
Así las cosas, la ciencia que siempre fue vista como la solución, ahora forma parte mismo del problema.
David E. Nye acuñó el concepto de
sublime tecnológico para describir la fabricación de paisajes públicos (presas, puentes, puertos,...) que daban cuenta de la inmensa capacidad humana para transformar el entorno. Ante tales construcciones, Nye afirma que somos capaces de experimentar un sentimiento tan arrebatador como el que Kant identificó con la expresión de sublime estético. La noción de sublime contiene los sentimientos de admiración y subyugación, pero no está muy distante de otras sensaciones como las de miedo, irrelevancia o fragilidad ante el gigantismo, complejidad y arrogancia de la obra construida. Lo sublime se sitúa en la intersección entre lo placentero y lo pánico, entre lo visible y no inefable, entre lo humano y lo maquínico.
Todo parece indicar que vivimos un momento en el que este balance entre experiencias contrapuestas se está deteriorando. Lo que de fantástico había en la ciencia es visto como arrogancia. Lo que antes se contaba como emancipación empieza a ser tratado como esclavizante. Mucho de lo que calificábamos de cosmopolita podría ahora ser tratado como mundializado. Muchos de los cambios que se están produciendo en la percepción pública de la ciencia son catastróficos y no podemos seguir actuando como si se tratara de un mal pasajero. La imagen triunfante de la ciencia está en crisis.
Si no reaccionamos, el sublime tecnológico que siempre operó como un campo de gravedad capaz de atraer públicos y recursos para la ciencia, se convertirá en simple sublime pánico que pondrá a la ciudadanía en el trance de querer protegerse contra la tecnociencia. Para evitarlo se han planteado varias alternativas, muchas de las cuales hablan abiertamente de
nuevo pacto social por la ciencia. Se habla entonces de un nuevo contrato social que, además de no defraudar las expectativas que muchos movimientos ciudadanos mantienen de participar en el diseño de las opciones tecnológicas, abriría cauces para que se revisen las prácticas de gestión y asesoramiento experto. Es decir, que el objetivo del pacto social por la ciencia sería
incluir la ciencia en el sistema de la gobernanza.
Así, frente a la
sexy science y los científicos estrella, para evitar que todo el presupuesto se lo traguen los nano/biotecnólogos y la fusión nuclear, para fortalecer las complicidades con los movimientos ciudadanos, se aboga por una ciencia modesta. Ciencia modesta implica admitir la posibilidad de varios escenarios tecnológicos posibles y mantener viva la política (es decir, la esperanza) de varias alternativas futuras. Ciencia modesta en este discurso sería la que hace de la salud pública y el desarrollo sostenibles sus principales objetivos. O, en otros términos, la que sitúa en el centro de la política científica las aspiraciones ciudadanas.