Dos listos (o listillos) han encontrado la manera de venderle Foucault a la Federación Australiana de Fútbol.
Estos días, mientras escribía sobre
nobeles patatíficos, estuve curioseando en el blog
Improbable Research y encontré una iniciativa que merece, como tantas otras, unas cuantas líneas. Dos científicos australianos han publicado un estudio financiado por la
American Football League que explica la importancia de tomar en cuenta la filosofía de Foucault a la hora de diseñar una política eficaz de contratación de jugadores de fútbol. El proyecto merece ser candidato a un
IgNobel, un premio que, como proclama Mack Abrahams, se otorga a las investigaciones que “primero hacen reir y luego pensar”.
Los investigadores,
Peter Kelly y
Christopher Hickey, son profesores universitarios y están preocupados por un problema fácil de entender: la identidad profesional de un deportista de elite es construida (y gestionada!) en una compleja interface entre los jugadores, los entrenadores, los directivos y los funcionarios federativos. Por otra parte, la imagen de un jugador moviliza enormes sumas de dinero e interés (es decir, más dinero). Sin embargo, y aquí entra la filosofía, la AFL no ha dedicado suficiente atención al problema de la identidad entendida como un recurso del que pende el negocio del fútbol.
Los autores, están seguros de que su reflexión es ampliable a otros deportes, pero han querido concentrarse en el más representativo del alma australiana. Y para avanzar han encontrado en los últimos escritos de
Foucault dos textos liminares: “La ética del cuidado de uno mismo como práctica de la libertad” y “Subjetividad y verdad”. Lo mejor de su esfuerzo ha permitido redactar el artículo “Foucault Goes to the Footy: Professionalism, Performance, Prudentialism and Playstation en the Life of AFL Footballers” (
cache).
Tres cosas más: la primera, y menos sorprendente, es que al parecer no hay ninguna idea por absurda o ignoble que parezca que no pueda ser respaldada por algún egregio filósofo o humanista. La segunda y conectada con la anterior es que hay que tener mucho cuidado con lo que se escribe pues luego viene cualquier australiano y lo emplea para lo que mejor le parece. Y, ya para terminar, está el asunto de la filosofía aplicada o, en otros términos, la deriva hacia la utilidad que están imponiendo los gestores de la ciencia a la investigación en todos los terrenos.
Y aquí es imposible terminar con el manido “Pobre Foucault!”, porque si levantara la cabeza se moriría de risa, sin tener que agregar una sólo línea a sus escritos.