La concesión hoy de los IgNobel invita a pensar en los muchos desórdenes de nuestro mundo y, en particular, en algunos de los que afectan a la ciencia.
La ciencia es un tren con muchos vagones y no todos cargan con la misma mercancía. Estos días la Academia Sueca está otorgando los Nobel y también, como todos los años, la Universidad de
Harvard anunciará hoy (6 de octubre) la concesión de los IgNobel, un honor discutible que recompensa investigaciones cuyo objetivo es increíble y que será
retransmitido en directo a través de internet.

El asunto es intrigante, porque estamos hablando de científicos, dineros (a veces, públicos) y laboratorios de verdad. Pongamos algunos ejemplos de lo que decimos. El IgNobel de física de 2002 se fue para la Universidad de Munich, donde A. Leinke había encontrado la ley que regula la desintegración exponencial de la espuma en un vaso de cerveza. El asunto, sin embargo, no acaba con la carcajada pues los organizadores quieren convertir un simpático evento local en un acontecimiento planetario (ver una pequeña parte de la
espectacular cobertura mundial).
Pongamos otros ejemplos no menos desconcertantes. El año 2001 el galardón de Medicina fue para P. Barss (McGill University) por su trabajo sobre los traumatismos craneales debidos a la caída de cocos en Nueva Guinea. En 1999, L. Fisher, de Bristol University, mereció el de Física por unos experimentos que confirmaban que la galletas deben mojarse en el té horizontalmente, y no de punta como hace la gente. Un año después, la British Standars Institution obtuvo el de literatura por un folleto de seis páginas que explicaba cómo hacer té. C. Niswander recibió el de Informática (2000) por un software capaz de detectar a los gatos que pisan el teclado y espantarlos con un ruido. En fin, añadamos el ofrecido al Dr. Yagyu (Hospital Universitario de Zurich) "por medir distintos patrones de ondas cerebrales en individuos que mastican chicles de diferentes sabores".
Pero mientras reímos algo nos retumba, pues McGill, Munich, Zurich tiene mucho prestigio: no son
Mickey Mouse Universities. ¿Se trata entonces de un
circo para idiotas geniales (IG)? Tal vez, sí. En todo caso hay que reconocerles varios méritos, aunque solo sea el interés en asuntos tan cotidianos. ¿No se puede argumentar, dicen los organizadores, que dedicar tanto tiempo a la investigación prueba que es una actividad divertida y enriquecedora? Así, entre risas y jolgorios, los premios intentan atraer nuevos públicos para la ciencia. O como dice
Marc Abrahams, alma del proyecto, se trata de “investigaciones que primero hacen reir y después pensar”. Ver al propio Marc Abrahams cómo lo explica y presenta la divertida ópera
Atom and Eve, interpretada por dos aunténticos Nobel, uno (él) concedido por Estocolmo y el otro (ella) por Harvard.
Los trabajos premiados tiene algo en común: convierten un hecho circunstancial o una anomalía experimental en un fenómeno insólito. Esto fue lo que también les pasó a Pons y Freshman en 1989 cuando proclamaron pletóricos el descubrimiento de la fusión fría del átomo, algo así como el Santo Grial de la tecnología nuclear. A los pocos días se les arrugó el ceño y dejaron de esperar noticias de Estocolmo, temiendo que llegaran de Harvard. Y es que la presión para publicar es tan grande que hace de los laboratorios en peceras mediáticas donde se exagera la importancia de algunos datos/descubrimientos científicos con tal de atraer la atención de las teles.
La lista de premiados desde 1991 muestra que se trata de verdaderas investigaciones publicadas en verdaderas revistas científicas, lo que significa que bajo el manto de la ciencia se pueden publicar las mayores tonterías: eso sí, tiene que ser con mucho método. Es difícil evitar la impresión de que todo son ocurrencias sacadas de un supermercado
patafísico. (Ver el excelente texto de
Adolfo Vásquez Rocca). Pero, en fin, lo sabemos, hay que desconfiar de las cosas demasiado obvias.Nadie quiere premiar a imbéciles. De hecho, el fundador del galardón,
Marc Abrahams, insiste en que no se pretende humillar a nadie, sino "rendir homenaje al desorden en el que vivimos la mayor parte del tiempo", pues es verdad que la frontera entre lo genial y lo chusco puede cruzarse sin que salten las alarmas.
Estos últimos meses (quizás sean años) se habla mucho del fraude científico y de la necesidad de revisar los mecanismos de
control de calidad en ciencia. La preocupación es creciente. Algo falla, aunque la culpa no es de los IgNobel que sólo buscan más leyes matemáticas. Representan el más heroico y patético esfuerzo para hacer verdaderos hechos intrascendentes. Matan moscas a cañonazos. Y son entrañables porque son simpáticos, además de enseñarnos alguno de los muchos desórdenes que también invaden la práctica científica.