La historia de la tecnología nos enseña que las fronteras entre lo público y lo privado son cambiantes, lo que nos obliga a redefinir continuamente las condiciones de una vida democrática.
No hay espacio púbico sin la existencia de un contingente de recursos compartidos, como la lengua, el aire, las plazas o el genoma humano. Hablamos de
, y que son tambiénel fundamento que sostiene lo privado. Su importancia es clave, pero su identidad es difusa. Más aún, la pertenencia de un recurso al dominio público, contrariamente a lo que a primera vista parece reclamar el sentido común, no se deriva de la existencia de alguna propiedad inherente al bien mismo.
Y es que, en efecto, las nuevas tecnologías nos demuestran que cada día será más difícil distinguir entre ambas categorías. El asunto es delicado pues si lo público se hace fluido, si los márgenes que lo delimitan se van diluyendo, entonces, además de la noción de
res publica, también estarían en riesgo las formas democráticas de gestionarla. Lo que estamos insinuando aquí no es que la tecnología sea una amenaza para la democracia, sino que la está transformando en una entidad cada día más compleja.
Para entender lo que decimos basta con examinar (tal como hace
Paul B. Hartzog en On the Commons, el alcance de dos conceptos clave en la teoría de los bienes públicos (
commons):
sustraibilidad (el posible agostamiento de un recurso,
subtractability) y
exclusividad (el posible cerramiento de un recurso,
excludability).
La sustrabilidad se refiere a bienes que se agotan conforme se consumen. Así, el estudio de las matemáticas no restringe la posibilidad de que otros también las aprendan, justo lo contrario de lo que sucede si lo que tenemos que repartir es el agua que hay en un embalse. Sin embargo, hay bienes que, como el espectro de emisión de radiofrecuencias, fueron originariamente sustraibles y que hoy, tras la puesta a punto de las tecnologías de emisión y recepción digital, han pasado a ser prácticamente no-sustraibles. Lo contrario también ocurre cuando, por ejemplo, un descubrimiento científico que en principio puede hacer cualquiera se acoge a las leyes de propiedad intelectual para que se permita usarlo a quienes no paguen los correspondientes derechos. Y así un recurso en principio ilimitado (recuérdese, por ejemplo, la polémica en torno a la posibilidad de que
Celera Genomics patentara el genoma humano) se convierte, por la combinación de obstáculos jurídicos y tecnológicos, en otro escaso y caro.
La exclusividad nos remite a al posibilidad de que un usuario pueda o no ser eficazmente excluido del uso de un recurso. Sabemos, por ejemplo, que nadie puede ser excluido del derecho a usar el aire que respira. Hay bienes que no eran exclusivizables como, por ejemplo, la posibilidad de que el ganado pastara libremente por las praderas, hasta que se inventó el alambre y se redujo espectacularmente el coste de construcción de los cercados. Internet o el Software Libre son ejemplos de lo contrario, es decir bienes que se quiso preservar para unos pocos y que los hackers, pese a las muchas presiones en contra, han logrado mantenerlos dentro del dominio público.
En fin que las tecnologías, las presentes o las por venir, hacen tan porosa la frontera entre sustraibilidad y exclusividad que, en la práctica, convierten la sustraibilidad en una forma particular de exclusividad o, en otros términos, que de la condición de bien limitado se pasa a la de propietario sin solución de continuidad.
Un asunto grave que nos obliga a reflexionar sobre cómo manejar los recursos necesarios para la vida y que, en consecuencia, está demandando que revisemos nuestra noción de
commons, pues tal condición no pertenece a la naturaleza de los recursos, sino que es histórica, es decir cambiante y contingente.
En otros términos, que la relación de nuestra sociedad con los recursos no es un hecho objetivo, sino una decisión política que está íntimamente conectada a las tecnologías circulantes. Esto significa que la actual y sostenida aceleración de los cambios tecnológicos exige que sea revisada continuamente la relación entre civilización y recursos.