Ivan Illich fue un visionario que atisbó la capacidad de las nuevas tecnologías para producir escasez mediante el llamado cercamiento de los bienes comunales.
Parece claro que todos los blogueros libran una dura batalla contra sí mismos para no acabar siendo frenéticos e intensivos usuarios de esta nueva forma de producción literaria. Cada uno tiene sus blogs preferidos y con ellos, mientras los lee y cita, conforma una especie de colectivo más o menos visible. Los blogueros entonces, al menos una parte significativa, se ven a sí mismos como autores experimentales, pero también como integrantes de una especie de comunidad de lectores. Y, según lo veo, en cualquiera de los dos roles participan en la búsqueda colaborativa, no jerárquica y descentralizada de, digamos, una partitura que interpretar como si no les importarse conformar un coro en formación y/o emergente.
Esta pequeña introducción vale para acabar diciendo que entre los blogs que más me motivan están los de David Bollier (
On the Commons) y Glyn Moody (
Open...). Por ellos acabo de conocer la existencia de un hermoso texto de
Ivan Illich (biografía en L'
Encyclopédie d l'Agora) sobre su visión de los commons, el procomún.
El texto en cuestión,
Silence is a Commons (1983), no tiene desperdicio y contamos con una
versión reducida en castellano (de una conferencia dada en 1982), cuya lectura es muy recomendable. En todo caso, para quien no tenga demasiado tiempo, extracto a continuación los fragmentos clave de su argumentación.
"La gente llamaba comunales a aquellas partes del entorno que quedaban más allá de los propios umbrales y fuera de sus posesiones, por las cuales -sin embargo- se tenía derechos de usos reconocidos, no para producir comodidades sino para contribuir en el aprovisionamiento de las familias. La ley consuetudinaria que humanizaba el entorno al establecer los bienes comunales era, por lo general, no-escrita. No era una ley escrita no sólo porque la gente no se preocupó en escribirla, sino porque lo que protegía era una realidad demasiado compleja como para determinarla en párrafos. La ley de bienes comunales regulaba el derecho de paso, de pesca, de caza, de pastoreo y el de recolectar leña o plantas medicinales en los bosques.
Un roble podía ser parte de los bienes comunales. Su sombra, en verano, estaba reservada al pastor y su rebaño; sus bellotas estaban reservadas para los cerdos de los campesinos próximos; sus ramas secas servían de combustible para las viudas de la aldea; en primavera, algunas de sus ramas jóvenes eran usadas para ornar la iglesia y al atardecer podía ser el sitio elegido para la reunión de aldeanos. Cuando la gente hablaba de bienes comunales [...], designaba un aspecto del entorno que era limitado, que era necesario para la supervivencia de la comunidad, que era necesario para diversos grupos de maneras diferentes, pero que --en un sentido económico estricto-- no era entendido como escaso.
Cuando hoy, en Europa, utilizo ante estudiantes universitarios el término "commons" [...], mis oyentes piensan de inmediato en el siglo XVIII. Piensan en aquellas praderas de Inglaterra en las que los aldeanos tenían unas pocas ovejas cada uno, y piensan también en el "cercado de los campos de pastoreo" que transformó las praderas comunales en recursos donde criar grandes rebaños con fines comerciales [...]. En su inmediata reacción, los estudiantes piensan en el surgimiento de un nuevo orden capitalista.
Al confrontarse con esa dolorosa novedad, olvidan que ese cercamiento trajo implícito algo más básico aún. Las vallas en torno a los bienes comunales inauguraron un nuevo orden ecológico. El cercamiento no sólo transfirió el control de los campos de pastoreo de los campesinos al señor; también marcó un cambio radical en las actitudes de la sociedad frente al entorno natural[...]. Después del cercamiento, el entorno natural se tornó principalmente una riqueza al servicio de "empresas" que, al organizar el trabajo asalariado, transformaron la naturaleza en aquellos bienes y servicios de los que depende la satisfacción de las necesidades de los consumidores.
Este cambio de actitudes puede ilustrarse mejor si pensamos en las calles en vez de considerar las áreas de pastoreo. [...] Entonces las calles de los barrios eran realmente bienes comunales [...]. Como cualquier otro bien común, la calle misma era el resultado de la gente que allí vivía y tornaba habitable ese espacio. Las viviendas que franqueaban las calles no eran hogares privados en el sentido moderno: garajes para el depósito nocturno de los trabajadores. El umbral aún separaba dos espacios vivientes, uno íntimo y otro común. Pero ni los hogares en su sentido íntimo ni las calles como bienes comunales sobrevivieron al crecimiento económico [...].
Sólo muy recientemente, en la base de la sociedad, un nuevo tipo de "intelecto popular" ha comenzado a reconocer lo que ha estado aconteciendo. El cercamiento le ha negado a la gente el derecho a esa clase de entorno en el cual -a lo largo de toda la historia- se había fundamentado la economía moral de la subsistencia. El cercamiento, una vez aceptado, redefine la comunidad; socava la autonomía local de la comunidad. El cercamiento de los bienes comunales favorece tanto los intereses de los profesionales y burócratas estatales como los de los capitalistas. El cercamiento permite al burócrata definir la comunidad local como un ente incapaz de proveerse de lo necesario para su propia subsistencia. Las personas se tornan individuos económicos que dependen para su supervivencia de las comodidades producidas para ellos.
Quien os habla [Ivan Illich, Tokyo 1982] es un hombre que nació hace 55 años en Viena. Un mes después de su nacimiento fue subido a un tren y luego a un barco que lo llevó a la isla de Brac. [...] En el mismo barco en el que yo llegué en 1926, arribaba el primer altavoz a la isla. Muy poca gente allí había oído hablar de tal cosa con anterioridad. Hasta aquel día, hombres y mujeres habían hablado con voces más o menos igualmente potentes. En adelante todo eso cambiaría. En adelante el acceso al micrófono determinaría qué voces serían las amplificadas. El silencio había dejado de ser un bien común; se tornó un recurso por el que habrían de competir los altavoces. De este modo el lenguaje en sí pasó a ser de un bien común local a un recurso nacional para la comunicación. [...] Al menos que tengáis acceso a un altavoz, estáis silenciados."