Las estrellas han huido del cielo de nuestras ciudades hartas de tanta desidia, ignorancia y despilfarro. Para echarlas, los españoles gastamos cada año 130 millones de euros.
En un verso memorable de
e.e. cummins se nos informa de que el amor es la fuerza que mantiene separadas las estrellas (
and this is the wonder that's keeping the start apart). Un descubrimiento que ya no es cierto en nuestras ciudades, donde la desidia y la insensibilidad se han aliado con la incultura y el despilfarro para que se apaguen las estrellas. Pobre Cummins y pobres nuestros abuelos que nunca hubieran imaginado que el cielo, la visión misma del firmamento estuviese amenazada. Si siguen así las cosas, habrá que reformar nuestras leyes para garantizar que esta vivencia siga siendo parte de un patrimonio común, ahora malbaratado.
Un reportaje de Jaime Cordero (“
Más de 130 millones tirados al cielo", felicidades por el título) para El País recoge los datos fundamentales. Los sistemas de iluminación urbanos están instalados de tal manera que una gran parte de la energía que consumen no es empleada para iluminar el suelo sino el cielo. Es simple y llanamente
polución lumínica. La primera consecuencia es que hemos dejado de ver estrellas. En Madrid, según Francisco Pujol, presidente del
Grupo de Protección del Cielo (GPC) sólo se ven unas 70 estrellas en lugar de las 7500 que habría si todas las luces estuviesen apagadas. Ver los muchos informes publicados por la
International Dark-Sky Association (IDA).
Por si fuera poco semejante despilfarro de energía está afectando al mediomabiente de dos maneras. La primera, la más obvia, es que, según
Ramón San Martín (Universidad Politécnica de Cataluña) se están enviando a la atmósfera 300.000 tolenadas de C0
2 cuya producción nos ha costado 132,5 millones de euros. O sea que empleamos más de un billón de kilowatios en iluminar el cielo, lo que para colmo, además de dejarnos sin estrellas y ser un monumento al despilfarro, está afectando a los insectos y aves migratorias.
La pregunta que mucha gente se hace es si en nuestras ciudades hay una correlación entre seguridad e iluminación (del suelo). Y no son pocos los informes que discuten
la convicción inopinada de que cuanto más luz menos delincuencia. Y aunque los vecinos de todas las ciudades del mundo se sienten menos vulnerables cuando se incrementa el número de lámparas en las calles, lo cierto es que ningún estudio serio ha podido verificar que aumente la criminalidad cuando disminuye (aclaración: disminuir no es desaparecer) la iluminación.
En fin, que ahora sólo queda que los responsables públicos dejen de comportarse como si no les importara y exijan de los fabricantes, los diseñadores (?) y las empresas de servicios que dejen de ser de pensamiento único y piensen en algo más que en los beneficios. Las autoridades de urbanismo, tras muchos años de depredación del procomún y dejación de responsabilidades, debieran ser condenadas (sin permiso de los constructores) a leer a Cummins. A ver si lo decimos más claro: no necesitamos más luz, sino más visibilidad.