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jueves, 01 de junio de 2006

Pocos temas son más complejos que el SIDA y más apropiados como banco de prueba para entender cómo funciona la ciencia y qué posibilidades tenemos de gestionar problemas tan (por el momento) inseparables de su historia.

Hace unas semanas la revista Harper publicaba un extenso informe sobre el SIDA (Out of control. AIDS and the corruption of medical science) que daba nuevos vuelos a quienes niegan que sea una enfermedad de origen viral. Y, como viene siendo la norma, la crítica a Celia Farber incluía insultos y descalificaciones que ignoraban el recato. Para resumir mucho las cosas podría decirse que hay un conflicto grave entre dos grandes corrientes de opinión.

La tesis mayoritaria, defendida por las principales instituciones científicas del mundo y numerosos colectivos de activistas como ACT UP, se basa en un modelo que señala al virus HIV como la causa del SIDA. Para los disidentes, sin embargo, este vínculo nunca se ha probado y se basa en un razonamiento circular. En consecuencia, explica Neville Hodgkinson, los test de diagnóstico y el tratamiento que se suministra son inútiles o, peor aún, constituyen de hecho una sentencia de muerte y su posterior ejecución.


Desde luego, hay una versión oficial de los hechos (sustentada por la mayoría de los organismos de sanidad pública del mundo) que lo niega todo. Quien busque información en internet no quedará decepcionado. La mayor de las críticas (la inexistencia de vínculos entre el virus y la enfermedad) es rechazada con la mayor contundencia y los argumentos son publicados en todos los frentes donde se preven audiencias para semejante discusión. Los contrarios alegan que las pruebas son inestables y que se basan en experimentos que no respetan protocolos estrictos. Se podría hablar incluso de manufacturación de incertidumbres si no fuera porque estamos refiriéndonos a gentes que padecen la enfermedad.

Las denuncias de unos y otros, siendo irreconciliables, terminan por converger en un punto: ambas corrientes de opinión se reprochan el conformismo que les permitió alcanzar un consenso que excluía a la otra parte. O, en otros términos, tras negarse el compromiso con el rigor, se acusan de haber convertido el laboratorio en un espacio político de consenso antes que en un ámbito de verificación de pruebas: un parlamento y no un tribunal.

En fin, todos se acusan de anticientíficos. Las dos partes quieren tener la academia de su parte y aunque los escépticos cuentan con muchísimos menos apoyos, sería injusto tratarlos de meros charlatanes y no mencionar que entre los científicos que los avalan hay investigadores de valor (ver de Rebecca V. Culshaw, Why I Quit HIV), incluyendo algún Premio Nobel. La ciencia entonces no logra consolidar un rol arbitral y, en consecuencia, pierde su centralidad pública.

El tono de la discusión, como se explica en Evolutionary Middleman, tampoco ayuda. Los autodenominados escépticos afirman que la agresiva reacción oficialista expresa un pacto entre los gobiernos, los científicos y las farmacéuticas para mantener una situación que garantiza la esperanza de una cura, grandes inversiones en investigación e inmensas ganancias con los medicamentos. Los más desconfiados llegan a decir que la investigación sobre el sida está siendo tan eficaz que pronto no habrá gays en el mundo. A nadie sorprenderá que en semejante ambiente los defensores de la postura oficial califiquen a sus adversarios de negacionistas, un insulto de mucho calado que establece un vínculo entre quienes niegan los crímenes nazis y quienes ahora discuten el rigor científico del diagnóstico.

Se podría llenar este texto de argumentos y contrargumentos. Se podría, insisto, levantar acta de los muchos exabruptos que unos y otros han patrocinado con sus palabras o con sus silencios. Conste que no estoy hablando de reproches de naturaleza políticas o ideológicas (que los hay), sino también de los muchos excesos de interpretación de los datos bioquímicos, clínicos o epidemiológicos, así como de la arrogancia que los respectivos expertos de cada bando han exhibido en su intento de descalificar a los contrarios (ver el informe de Javier Garrido, Sida: las hipótesis alternativas, partes 1 y 2).

El SIDA no es sólo una enfermedad. Desde el primer momento siempre ha concitado las discusiones más apasionadas. El SIDA puso al borde del colapso el conjunto de nuestras instituciones sociales, políticas y cognitivas. Nada parecía quedar al margen de su área de influencia, desde las prácticas sexuales o la segmentación social por clase, género, raza o religión, hasta la definición de lo que es un virus o los protocolos para aislarlo, el diseño de una política sanitaria que debía ser global o el papel que asignar a los muchos actores que querían participar en la coproducción del mal y su gestión pública, tanto en el plano científico, como en el político.

En la práctica abunda la literatura que demuestra la dificultad para escindir ambos dimensiones, porque la historia del sida es inseparable del escándalo protagonizada por la conducta del “descubridor del virus” Robert Gallo, la influencia de los movimientos de afectados, los debates sobre la idoneidad de los test de diagnóstico, la sospechosa presencia de las empresas farmacéuticas, la incidencia entre los colectivos de excluidos (presos, drogodependientes, homosexuales, negros), las polémicas sobre los derechos de propiedad intelectual o la validez de los estudios epidemiológicos. Y aquí paramos, porque añadir nuevos factores, como el pánico social o el precio de las medicinas, no añadiría mayor verosimilitud a nuestro argumento: la inseparabilidad del objeto SIDA de su historia.

Estos días se han hecho públicos algunos informes (ver el publicado por UNAIDS y el de Frontline (The age of aids) que confirman la aparente recesión de la prevalencia del mal, el impacto creciente entre las mujeres o los jóvenes, o la tragedia que se cierne sobre la India si el gobierno no se pliega a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Las instituciones sanitarias siempre tienen el mismo mensaje: la esperanza tiene fundamento científico y estadístico. Y basta con sondear cualquier proveedor de noticias en Internet para admitir que ayer, coincidiendo con el 25 aniversario del SIDA, todos los media hicieron un gran esfuerzo para transmitir el mensaje.

Está claro que la batalla de la opinión está siendo dura y que pese al esfuerzo oficial los escépticos, ver el blog News AIDS Review, siguen luchando y en aumento. No sólo plantean nuevas preguntas, sino que demandan otras respuestas. Quieren mejores modales y financiación para otras hipótesis alternativas a la ecuación HIV=SIDA. Pero sobre todo exigen más innovación social.

Isabel Stengers escribió 8 sabrosos volúmenes (ahora hay una edición en dos) para explicar la necesidad de abrirle paso a las cosmopolíticas (las políticas de la crisis de la modernidad), un concepto que recuerda al de sostenibilidad y que apela a la necesidad de ponerle límites al desarrollo (debiera decirse desarrollismo) para crear nuevos equilibrios que garanticen mayor equidad en el reparto de los bienes y también en el reparto de los males.

El tomo 1 (1997) está dedicado a explicar la llamada guerra de las ciencias, una expresión que utiliza Stengers para caracterizar la pretensión secular (y en aumento) de los científicos de tratar el resto de los mortales de ignorantes, desinformados, falaces, imprecisos, inconsistentes, adoslecentes o negligentes. Cosmopolíticas fue escrito para explorar la posibilidad de una coexistencia de formas de abordar el mundo, una ecología de epistemes, pues cada día crece el número de problemas que, como el SIDA, adquieren una complejidad que rebasa con creces las prácticas científicas alumbradas durante la Ilustración. Y no basta con más innovación científica, necesitamos también más innovación social.

9:35 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (5)