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viernes, 19 de mayo de 2006

Las empresas invierten en investigación científica para que el conocimiento nuevo les proporcione ventajas con los que mejorar su cuenta de resultados. Y, en esta aparente línea de inocencia, ¿es concebible una antropología aplicada?

Cuenta Hugh Gusterson, antropólogo del MIT, que en un reciente congreso de la Society for Applied Anthropology una de las asistentes, otra antropóloga, se negó a contarle el tema en el que estaba trabajando . Este hecho no es tan insólito si pensamos que en antropología, como en otras actividades académicas, el proceso de corporativización del saber es galopante (ver Anthropology News May 2006). La búsqueda de recursos privados para la investigación es una política promovida por las instituciones. Nada hay que reprochar a esta práctica habitual, salvo cuando incluye, como es frecuente, cláusulas (a veces, secretas) de confidencialidad.


La exigencia de confidencialidad deja claro a quién pertenece el conocimiento. Y, por algunos casos de los que conocemos los detalles (imagino que un pequeño porcentaje de los existentes), no hay más remedio que calificar estas conductas como corrupción tolerada, como claramente se defiende en Doctors for Research Integrity. Y, por supuesto, los ejemplos más escandalosos vienen de la biomedicina. Betty Dong, de la University of California, San Francisco, fue contratada por Boots para probar sus nuevo medicamento Synthroid y descubrió que no era más eficiente que un genérico mucho más barato. Entonces Boots esgrimió la clausula de confidencialidad para exigir que no publicara los resultados.

Nancy Oliviery, de la University of Toronto, descubrió que Apotex, el laboratorio que financiaba su investigación, comercializaba un fármaco que era nocivo para la salud de sus enfermos. El laboratorio la amenazó de todas las formas posibles si contaba lo que sabía, como se cuenta en el libro de Miriam Schchman, The Drug Trial (Randon House, 2005). Pero una búsqueda modesta en la red de casos parecidos colmaría la curiosidad más exigente. Y lo cierto es que hay mucha gente preocupada intentando averiguar cómo, cuánto y hasta dónde está afectando a la marcha de la ciencia la irrupción del mundo de los negocios en la vida académica.

Hasta ahora pareciera que predomina un cierto estado de complacencia social y política. Es como si la promesa de nuevos y milagrosos remedios farmacológicos nos tuviera engatusados. Y, aunque las revistas más prestigiosas intentan evitar los conflictos de intereses, todo indica que nuestra sociedad necesita reaccionar y dotarse con medios más poderosos y eficaces en la lucha contra la degradación en algunos departamentos de investigación biomédicos.

La corrupción en antropología es todavía más repugnante. Los resultados obtenidos en antropología aplicada (muchas veces realizada con fondos privados) afectan a comunidades que son estudiadas para saber qué hacer para contrarrestar la resistencia de los indígenas a la construcción de un dique o cómo enturbiar las evidencias existentes sobre abusos de todo tipo contra nativos. Lo que Gusterson insinúa es que ha llegado la hora de distinguir entre dos tipos de antropología: la académica y la basura (dirty anthropology), una disyuntiva que remite a dos códigos éticos diferenciados. El problema es que deben ser los mismos antropólogos los que tienen que ayudarnos a distinguir entre ambas.

Y queda todavía otra reflexión más que hacer. ¿Es ciencia la antropología basura? ¿Dando por hecho que ambas antropologías usan los mismos protocolos de observación y las mismas tecnologías de cualificación, clasificación y distribución de datos e hipótesis (como también sucede en los mencionados casos biomédicos), podemos también decir que ambas prácticas son científicas? Quienes defienden el método científico como el rasgo diferencial de la ciencia, tendrían ahora que aceptar que no basta con producir evidencias contrastables, que la ciencia es mucho más que método. Que sin los valores, no está justificado el prestigio social de la ciencia.

Todos hemos oído hablar con repugnancia del ángel de la muerte, el Dr, Mengele, el científico que experimentó con los prisioneros en los campos de concentración nazi. Si nadie llamaría ciencia a lo que hizo, ¿por qué debería serlo la antropología basura o seguimos considerando un mal menor la firma de cláusulas de confidencialidad en la investigación biomédica? 

7:35 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (5)