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lunes, 15 de mayo de 2006

Si nuestra cultura política no cambia cada vez se hará más evidente que es la tecnología y no la democracia el motor que regula la convivencia y dinámica social

Son muchas las voces que piden un mayor acercamiento entre ciencia y sociedad. El acuerdo general que subyace a tales demandas tiene que ver con la creciente importancia que adquieren en nuestro mundo los asuntos tecnocientíficos. No es sólo que se quiera (y se deba) aminorar la escisión entre las llamadas dos culturas, la científica y la humanística, sino que no dejan de aumentar el número y la complejidad de los asuntos de naturaleza científica que están en la agenda de los políticos. Pero es que además, la gente quiere que se tome en cuenta su opinión en asuntos tan graves como los que tiene que ver con las opciones energéticas, mediomabientales o sanitarias. Y en este punto nos queda mucho camino por andar. Es increible que la principal y casi única iniciativa en materia de promoción de cultura científica siga siendo la propaganda y la divulgación.


Acabo de leer en Prometheus una interesante reflexión de Roger Pielke, Jr., profesor de la Universidad de Colorado, sobre el papel de los intelectuales, gentes que tienden a trivializar los asuntos y que, en consecuencia, ya sea por falta de formación, ya sea por ganas de agradar, renuncian a la actitud crítica y se comportan como meeros ositos de peluche. No hay más que ver las páginas de la prensa para comprobar hasta qué punto los científicos y los humanistas se han adherido a un discurso autocomplaciente que nos deja perplejos. Sabemos que la ciencia es importante, ya sea que la veamos como una empresa cognitiva, ya sea que la consideremos como el motor del cambio social, tan importante que necesita de mucha gente que la esté observando. Y supongo que todavía habrá más gente por ahí que quiera hacer preguntas.

La reflexión de Pielke está motivada por el artículo Science Anxiety de Arthur L. Caplan, aparecido en el Philadelphia Inquirer, en dónde se invita a los lectores a no dejarse intimidar por el insidioso tam tam de quienes están anunciando el apocalipsis tecnológico. Y es que, en efecto, la preocupación por el impacto de la nanotecnología es creciente, sobre todo después de la toma de posición tecnofóbica de Michael Crichton (ver los análisis de Afred Nordmann y Jean Pierre Depuy incluidos en el informe de la comisión europea Nanotechnologies o el debate entre Drexler y Smaley, también aquí) en sus muy populares Parque Jurásico (contra la biotec) y Presa (contra la nanotec). La estrategia (canónica) del mencionado Caplan consiste en hablar de los muchos parabienes que nos aguardan y, a continuación, explicar que los cambios, además de imparables, sólo son cuestionados por gentes anticuadas o ignorantes.

Y así es como Pielke acaba mencionando una declaración sobre nanotecnología (2003) realizada por Langdon Winner ante el Committee on Science del Congreso norteamericano. Los congresistas querían saber , entre otras cosas, “¿Qué factores influyen en la adopción exitosa de nuevas tecnologías en la sociedad?” y, también, “¿Cómo puede la investigación sobre las inquietudes éticas y sociales relacionadas con la nanotecnología integrarse en lel proceso de investigación y desarrollo?”. La respuesta es un monumento que debiera ser de lectura obligatoria en todas las facultades científicas y tecnológicas.

L. Winner comienza su declaración advirtiendo que no debe ser la tecnología la que dirija el cambio social. Como buen historiador y filósofo de la tecnología cuenta con buenos argumentos para explicar que no son las necesidades sociales las que traen los descubrimientos, sino que es justo al contrario. Son los descubridores y los inversores quienes buscan oportunísticamente distintas aplicacioines para las nuevas tecnologías. Es decir que las promesas de quienes promueven programas de I+D (investigación más desarrollo) no deben ser tomadas como aval para apoyar sus demandas, porque con frecuencia la innovación toma rumbos imprevisibles. La evaluación social y ética de las posibles consecuencias de una tecnología (technology assessment) debe ser tan profesional como las prácticas de laboratorio o los análisis sobre su viabilidad técnica o económica. De otro modo, los políticos ceden el protagonismo a los tecnólogos y, en consecuencia, desertan de su responsabilidad de defender el bien común.

Otro punto que aquí queremos rescatar es el que dedica a explicar el impacto que las movilizaciones ciudadanas tuvo sobre el desarrollo de la energía nuclear y está teniendo sobre la ingeniería genética y la expansión de los organismos (alimentos y semillas) genéticamente modificados (OGM). La nanotecnología podría suscitar mayor oposición que los dos movimientos ciudadanos juntos ya citados (el antinuclear y el “antiterminator”) y, si así ocurriera, el prestigio de la empresa científica en su conjunto de vería dramáticamente afectado. Los gobiernos lo saben y quieren ser muy cautelosos.

El tercer argumento que nos interesa conecta con lo que decíamos al principio de este post: la responsabilidad de los intelectuales. Traduzco las palabras de Winner:

“El campo profesional de la bioética, por ejemplo, (que podría ser un modelo para la nanoética) tiene mucho que decir acerca de muchos y fascinantes asuntos, pero la gente de esta profesión raramente dice “no”.
De hecho, hay una tendencia entre los científicos sociales y humanistas a ser demasiado complacientes con los investigadores de ciencia e ingeniería, diciéndoles exactamente lo que desean oir (o lo que los académicos piensan que quieren escuchar). Esta [actitud] se hace evidente cuando en momentos de potencial agitación social sólo hacen ejercicios triviales con cosas antiguas, racionalizaciones demasiado escolásticas....

Una forma de evitar la deriva hacia la trivialidad moral y política es animar a los científicos sociales y a los filósofos a presenmtar sus descubrimientos en foros en los que gentes del mundo de los negocios, los laboratorios, las organizaciones medioambientales, las iglesias y otros grupos puedan sumarse a la discusión. Ya es hora de rechazar la idea de que basta con los pocos animadores habituales para evaluar la posibilidades, gestionar los riesgos y guiar la tecnología hacia desarrollos benéficos.”

Lo que Winner está tratando de decir es que los intelectuales, no sólo debieran abandonar su característico rol de ositos de peluche para la ciencia, sino que también tendrían que admitir que la evaluación ética y social de una tecnología es un proceso que demanda el concurso de actores insuficientemente valorados en los corredores del saber.

6:00 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (2)