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viernes, 12 de mayo de 2006

La cultura de la ciencia está cambiando de forma acelerada, pero la exigencia de mayor eficacia institucional no debiera ser la excusa para promover la transferencia de recursos desde el sector público al privado.

Hace unos días (4 de mayo) publicaba Wall Street Journal un interesante artículo (Once collegial, research schools now mean business) sobre la creciente corporativización de las universidades norteamericanas. Es una tema que ya hemos tratado y que volvemos a mencionar porque el caso del Dr. Petit contra la Arizona State University (ASU), presenta algunos matices interesantes. Lo diremos de forma sumaria: el Dr. Petit ha sido apartado del Cancer Research Institute (1975), un centro que él había fundado hace 30 años en una institución entonces sin actividad investigadora conocida y que se ha financiado en gran medida con las rentas producidas por las 62 patentes que obtuvo.


Lo que ha pasado es que los National Institutes of Health no le han renovado las ayudas para los próximos años. Además, la Universidad está gobernada por un equipo que tiene las ideas claras y que trata a sus profesores como  empleados de un empresa que tiene que producir bienes que coticen en el mercado. La Biz Science parece una deriva imparable que no sólo afecta a las grandes instituciones. Lo que tiene este caso de relevante (aparte del drama biográfico que provoca) es que está dando cuenta de la amplitud y profundidad con la que se expande la cultura que convierte los laboratorios en empresas y las instituciones académicas en un modelo de negocios.

Y es que, en efecto, el prestigio de los profesores ya no es una variable únicamente conectada a decisiones de comités académicos o consejos editoriales, sino con acuerdos en consejos de administración o en mercados bursátiles. Para mostrar el sentido de los tiempos, el mencionado artículo da cuenta también de la creación en 2003 del Biodesign Institute, orientado a la investigación en genómica y natotecnología, para el que se está haciendo un edifico que destina una superficie rotonda y abierta de13 mil metros cuadrados para alojar laboratorios. Los proyectos deben generar al año (en concepto, digamos, de “alquiler”) 20 dólares por metro cuadrado para mantenerse y, cuando no alcanzan ese objetivo de autofinanciación mínimo, pierden su "puesto" que rápidamente ocupan (al expandirse) los laboratorios rentables en planta.

En fin, que el nuevo orden económico mundial está produciendo en la ciencia una nueva cultura que ya tiene también su propia arquitectura. La ciencia es cara, pero los consensos alrededor de la necesidad de exigir mayor eficacia y creciente autofinanciación en los laboratorios, deben ir acompañados de respuestas serias a la pregunta de a quién sirven estas reformas.

Las universidades e instituciones de investigación han venido acumulando un capital intangible (y también inventariable!) de saberes, prácticas y recursos financiados con recursos públicos que constituyen una parte significativa del procomún. Hacen bien las instituciones en modernizarse y en ganar mayor credibilidad y eficacia para afrontar los retos de nuestro mundo, pero sería una tragedia que, como explica James Lowe en On the Commons, semejante iniciativa estuviera ocultando un proceso de transferencia masiva de bienes desde el sector publico al privado.

12:42 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (2)