Una instalación reciente de net.art intenta situarnos en el abismo de lo humano para obligarnos a reflexionar sobre la relación entre nosotros y nuestras tecnologías.
Varias veces en este blog hemos establecido paralelismos entre la Ilustración y nuestro tiempo (
aquí,
aquí y
aquí), tratando de mostrar que, como entonces, también ahora estaríamos redefiniendo las fronteras entre la cultura profana y la cultura experta y rediseñando el ámbito de lo público, no sólo confrontándolo al de lo privado, sino también al de lo natural. Pues lo público, más que contrario a lo privado, nace del consenso sobre los valores con los que discriminar los hechos de las opiniones, lo que implica meter los instrumentos en el Congreso y los experimentos en la política. La fábrica de lo social pende de la estabilidad de los hechos que lo sostienen y del consenso sobre los protocolos y las máquinas con los que los producimos.
Hace unos días supe, vía
we make money not art, de una instalación de
Christophe Bruno, un net.artista que ya hemos mencionado al hablar de la noción de
capitalismo semántico. La instalación, llamada
Human Browser (navegador humano), se explica con pocas palabras. Una persona repite las palabras que le llegan a través de unos auriculares que lleva puestos. Los auriculares reciben vía bluetooth o wi-fi las palabras contenidas en las primeras respuestas identificadas por Google a una búsqueda que ordena a distancia el operador del experimento. El operador, Bruno, elige los términos de búsqueda de acuerdo con las circunstancias que rodean al “humano” que habla al dictado.
En fin, que el “robot” parlanchín pronuncia palabras de aquí y de allí y su parloteo no tiene sentido.
Parece un juego estúpido hasta que conocemos algunos detalles. Primero, que las palabras que envía Google (las que van a ser inmediatamente dichas) son el resultado de una búsqueda contextual (elegidas, por ejemplo, en función de los supuestos intereses (o humor, o creencias) de quienes escuchan. Segundo, que si el entorno estuviera plagado de sensores o micrófonos, chips RFDI subcutáneos, microcámaras y demás artefactos contextualizadores, cabe la posibilidad de
imaginar un Google del futuro capaz de hacer una búsqueda muy precisa y enviar al Human Browser una secuencia de palabras que, inteligentemente adaptadas a la circunstancia local, podrían parecer pertinentes o, más aún, humanas.
El escenario descrito conecta con otras dramatizaciones de lo humano de mucho éxito, como las planteadas en la novela Frankenstein o la que evoca el conocido test de Turing. Los tres (Bruno, Shelley y Turing) está aludiendo a la extraña y cada vez más íntima relación entre lo humano y lo maquínico. Los tres aluden a la creciente dificultad para distinguir lo natural de lo artificial, y están sugiriendo mediante las tres ficciones que tal vez lo humano está en peligro o, en otros términos, que toda una manera de entender lo humano está en proceso de transformación.
La conclusión de Bruno es inquietante y conecta con la primera parte de lo que contábamos. Ya hemos advertido que nuestra idea de sociabilidad está vinculada a las tecnologías que la sostienen, al extremo de que nosotros mismos hemos tenido que evolucionar (lo descubrió Merleau Ponti,
lo describió Donna Haraway y lo sigue estudiando Don Ihde) para ser como máquinas.
Bruno lo expresa en términos contundentes: “Hay una larga secuela de mitos, teorías o construcciones sexuales infantiles que describen el tránsito entre los no humanos (dioses, animales, máquinas,...) y los humanos, desde la materia inanimada a la vida, de cómo la máquina puede imitar al hombre o la mujer,..: Prometeo/Pandora, Edipo, Frankenstein, Pinocho, Turing... Lo cierto, sin embargo, es que tenemos que darle la vuelta a los mitos: en la realidad, la pregunta irreductible, la que la ciencia no puede responder es hasta qué punto tendrán los humanos que imitar a las máquinas para preservar su existencia social”.