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jueves, 04 de mayo de 2006

Crece la preocupación por la creciente tendencia de los grandes laboratorios a crear enfermedades y venderle medicamentos a las personas sanas.

El pasado mes de abril, nos enteramos vía Context Weblog, que PLoS Medicine publicaba un excelente monográfico coordinado por Ray Moynihan y David Henry destinado a explicar cómo las corporaciones farmacéuticas mercadean con enfermedades (disease mongenriong). El artículo introductorio define el llamado  disease mongering “...como la venta de enfermedades que ensanchan los límites de la enfermedad e incrementan el mercado para quienes venden y despachan tratamientos”. Es decir que el tráfico de enfermedades tiene por objetivo convertir a la gente sana en enferma, haciéndoles creer que algunos padecimentos leves o simples aspectos de la vida ordinaria (la menopausia o el síndrome de la piernas inquietas o el desorden bipolar, por ejemplo) requieren tratamiento médico y farmacológico.

Los laboratorios ahora también venden medicamentos a personas sanas La estafa mueve inmensas sumas de dinero, influencias y corrupción, afectando a una constelación de agentes sociales (laboratorios científicos, agencias de publicidad, bufetes de abogados, medios de información y organizaciones de enfermos) que han intentando, entre otras conspiraciones, convencer a los norteamericanos de que el 43% de la mujeres padecen de una supuesta “disfunción erectil femenina”.

La estrategia que emplean no es difícil de entender para quienes siguen este blog (aquí, aquí, aquí), pues nos hemos ocupado en varias ocasiones de estas o parecidas prácticas. La escasa resistencia social que encuentran estas operaciones tiene una doble causa: de una parte, explotan la (ciega) confianza que la mayoría de los ciudadanos mantienen en la ciencia y, de la otra, en la facilidad con que la prensa se presta a airear las exageraciones que llegan a la sala de redacción. Y, además, están los farmachifles. No extraña entonces que un informe reciente, mencionado en Mother Jones, de Reuters Business Insight concluyera que “los años venideros serán testigos de la creación corporativa de enfermedades”. Los procedimientos son muy variados, pero todos siguen un patrón parecido al que utilizó Lilly en 1998 para no perder su patente sobre la fluoxetina, más conmocida como Prozac.

El Prozac ha venido moviendo alrededor de 2 mil millones de dólares al año, pero la legislación deja de garantizar el uso exclusivo del principio activo a menos que los laboratorios le encuentren una utilidad nueva. Para “descuibrirla”, Lilly convocó una mesa redonda de expertos en Washington para discutir el controvertido “desorden distrófico premenstrual” (PMDD) y diseñar una estrategia para incluirlo entre los nuevos padecimientos en observación. A continuación vinieron los estudios, publicados en revistas científicas, que probaban la buena respuesta de las nuevas enfermas al tratamiento con serafem, en nombre con el que los laboratorios Lilly empaquetarom la ya conocida fluoxetina. Así fue como lograron extender la patente hasta 2007 con un artificio que supuso ninguna inversión en investigación y un gran dispendio en propaganda. Lo importante, sin embargo, no era curar a los enfermos, sino venderle medicinas a las personas sanas.

Son muchas las organizaciones que luchan para denunciar semejante conducta. Entre las de consumidores, Health Action International está trabajando para que no sean tan porosos los límites entre lo que es común y lo que es patológico en la vida. Y es que las cosas están llegando a extremos más que escandalosos, como lo demuestra el informe del Royal College of General Practiconers presentó sobre la conducta de las farmacéuticas a la británica House of Commons. No hay más remedio que estar de acuerdo con Baltasar Gracián (1601-1658) cuando escribió en el Arte de la prudencia aquello de “Tanto ha de saber el médico para recetar como para no recetar, y a veces consiste el arte en el no aplicar los remedios”.

7:28 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (4)