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miércoles, 19 de abril de 2006

La genética permite cuantificar la traza racial de cada ciudadano y abrir al mercado los privilegios otorgados a las minorías históricamente discriminadas para compensarles por haber padecido los efectos de los prejuicios raciales.

La genética ha estado moviéndose desde el laboratorio a los media, o desde las aulas a los consejos de administración, a una velocidad creciente. Entre los nuevos espacios que va colonizando están los talleres de artistas, los museos y, ya en el plano de lo privado, la biología de garaje. Pero la mayoría de la gente sólo está interesada en lo que podríamos llamar ciencia recreativa. El problema es que las fronteras entre las prácticas escolares y las profesionales cada día son más porosas.

Tenemos un buen ejemplo. Leemos en New York Times (en castellano) que cualquiera puede comprarse un kit doméstico con el que determinar su pedigrí racial, usando la metodología propia de la antropología molecular. El mencionado gadget es ofertado por empresas con novedosos nombres, como DNA Tribes and Ethnoancestry o DNA Print Genomics. No se necesita mucho (el precio oscila entre los 99 y 250 US$) para saber si de verdad somos especímenes de una raza pura. Quienes ya hicieron la prueba encontraron, como era de esperar, que son mestizos. El artículo da cuenta de algunos casos como el de Shonda Brinson, una estudiante afro-americana que, según el test de linaje con ADN, es un 89% sub-sahariana, un 6% europea y un 5% asiática. Lo más inquietante es que la tal Shonda está pensándose (igual que otras muchas personas con distintas combinaciones) qué raza declarar en su solicitud de ingreso en la universidad, pues no tiene claro cuál es la minoría que, según la legislación vigente, dispone de más privilegios.

En fin que la genética recreativa más que un juego de niños es una asunto que tiene mucho que ver con cuestiones de poder y/o dinero. Más aún, está alterando la vida cotidiana de la gente, así como los delicados equilibrios que sostiene la fábrica de lo social. Nos referimos, en este caso, al cuestionamiento de algunas políticas (affirmative action policies) que trataban de remediar las desigualdades históricas generadas por los prejuicios raciales. Hay quien está usando su perfil racial judío para reclamar la nacionalidad en Israel.

Tampoco faltan los que tras el test presumen de nativos americanos sin haber vivido nunca en el seno de una familia de raíz y estilo indígena (ver un magnífico artículo sobre los indios negros en Wired). Los Indios actuales opinan que ninguna prueba genética puede cuestionar su soberanía, insinuando que la condición de nativo es tan genética como cultural. Un argumento más que razonable y convergente con quienes se manifiestan contrarios a estas nada inocentes prácticas de genética recreativa, pues para decirlo con pocas palabras sólo es negro quien tiene el aspecto de negro y, en consecuencia, ha experimentado las lacras de la discriminación.

Los defensores también están exhibiendo argumentos poderosos, pues sostienen que el perfil racial individual es un factor crítico en la respuesta singular de cada uno a determinados fármacos y/o enfermedades. Seguro que la farmacogenómica está sosteniendo esta tesis, pero el problema se plantea con el concepto mismo de raza. Ahora los viejos marcadores anatómicos (color de la piel, tamaño de los pómulos, forma de los ojos, estructura del pelo,...) en los que se apoyaban nuestras nociones raciales como construcción ión social y como mecanismo de exclusión, estarían siendo complementados (o sustituidos) por los genéticos. Lo cierto, sin embargo, es que la presión sanguínea tiene más que ver con la presión social que con el ADN.

8:21 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (1)