Aunque ya hay más de 200 science shops prestando servicios de ciencia a la carta para resolver problemas vecinales, la crisis de las lonjas de ciencia de la Universidad de Groningen parece iniciar un cambio de ciclo. [Antonio Lafuente]
Hace unos días nos enteramos, vía
Sciences Citoyennes, de que la Universidad de Groningen está a punto de cerrar sus cuatro
science shops o boutiques de sciences (aquí, en
inglés) por falta de recursos
después de 26 años de actividad. La noticia es tremenda porque, además de ser contraria a una tendencia general, afecta a un país que es la
cuna de esta novedosa forma de acercar los ciudadanos a la ciencia o, mejor aún, de aproximar los científicos a las preocupaciones de la vecindad. Las
science shop son pequeñas entidades, normalmente enclavadas dentro de las universidades, cuyo objetivo es atender las
demandas ciudadanas de una investigación caleidoscópica, independiente y coparticipativa.
En los aledaños del mayo del 68 hubo muchas voces críticas con el creciente acercamiento de la ciencia a la industria (ver
breve historia). Y así, para compensar las muchas veces que ya entonces se valoraba la ciencia por sus beneficios económicos, comenzó a hablarse de beneficios sociales. El caso es que, entre otras iniciativas, se dieron las circunstancias favorables para la aparición en 1974 de la primera
lonja de ciencia o
bazar de ciencias. A veces se ha utilizado en castellano la expresión casa de ciencias, una denominación menos apropiada porque en España también la utilizan los
science centers o centros orientados a la divulgación científica.
No hay un modelo estándar que todas imiten. Los
science shops adoptan estructuras muy versátiles, poco burocratizadas y, lo más importante, muy atentas a los problemas vecinales o comunitarios. El paradigma al que responden sería el de
ciencia de barrio y su ideal no es otro que otorgar a las reclamaciones ciudadanas el mayor rigor posible, basándose en la investigación experimental y en la discusión pública. Obviamente,
la mayor parte de los problemas son medioambientales y sanitarios (ruidos, residuos, zonas verdes, ondas electromagnéticas, soledad, depresión, dependencias, alergias,...). No faltan tampoco las
lonjas más orientados hacia la búsqueda de soluciones a problemas de convivencia (emigración, género, vivienda, malos tratos) o de innovación (nuevas empresas, nuevos recursos, nuevas tecnologías).
Hace un año la red ISSNET (Improving Science Shop Networking) celebró su
congreso internacional en Sevilla. Nos enteramos entonces que
hay alrededor de 200 science shops distribuidos en 25 países (ver
informe de actividades por países, incluida España) que están perfectamente organizadas y adaptadas al trabajo en red, incluyendo
un registro internacional y la web
Living Knowledge. Y, en fin, es descorazonador que sea una Universidad holandesa la que al cerrar 4
science shops parezca estar iniciando un cambio de ciclo, justo cuando la idea se ha expandido por todo el mundo y más necesaria parece. Tal vez, todavía estemos a tiempo de
evitarlo expresando nuestro apoyo a quienes defienden su continuidad en la Universidad.
Aunque se llamen tiendas (shops) no son entidades de lucro, sino que, por el contrario, suelen basarse en la economía del don y en el trabajo voluntario. Hay muchas (ver un
informe exhaustivo promovido por INTERACTS y la Comisión Europea) que sólo trabajan con subvenciones a proyectos y que no aceptan donativos. En su conjunto, se trata de organizaciones que han sabido crear formas novedosas de cooperación entre la cultura académica y la cultura comunitaria. Y aunque algunas tiene ya más de dos décadas de vida, lo cierto es que se trata de entidades en fase experimental que siguen tratando de adaptarse eficazmente a los problemas locales.
Lo ideal es que en cada barrio se abriera una lonja de ciencia, dado que su principal función es crear un mercado de saberes, un lugar en donde se pueda ir a buscar ciencia a la carta, justo la que se necesita para afrontar un problema local que, con frecuencia, no acabará produciendo un conocimiento que pueda publicarse en revistas de prestigio. Tal circunstancia hace muy difícil encontrar científicos dispuestos a involucrarse en este tipo de proyectos de ciencia de barrio dado que no siempre contribuyen a mejorar su hoja de servicios académicos.
Peor aún. "A veces -
dice Caspar De Block, coordinador del
science shop de biología de la Universidad de Utrech- debemos luchar para demostrar que un estudio realizado en el marco de un
science shop tiene un valor científico intrínseco, aunque no haya sido publicado en las revistas más prestigiosas". Algunas de estas lonjas de ciencia están vinculadas a ONG pero la mayoría tienden a buscar cobijo en la Universidad, en parte porque también las instituciones académicas necesitan mejorar su imagen ante la ciudad que las acoge. Pero también porque, como
se explica en Sciences Citoyennes, son los alumnos quienes pueden canjear créditos a cambio del trabajo en el laboratorio. Y así todo el mundo gana, pues mientras los ciudadanos resuelven sus problemas, las instituciones mejoran y diversifican la preparación de los estudiantes.