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viernes, 03 de marzo de 2006

La mejor manera de sucumbir al futuro, explica Dupuy, es seguir confiando en que lo vamos a dominar (según el sueño de los modernos) con más ciencia y más planificación. [Antonio Lafuente]

El principio de precaución cuenta con muchos detractores. Y aquí no vamos a referirnos a quienes, beatos de la idea (o religión) del progreso nada quieren saber de controles al desarrollo tecnológico. No hablamos de los portavoces de las grandes corporaciones industriales. Tampoco estamos pensando en todos los colectivos luddistas que querrían detener el mundo antes de que, seguros de su diagnóstico apocalíptico, se acabe todo. El problema es que la mitad de la incertidumbre con la que encaramos el futuro procede de las dudas respecto a las acciones que debiéramos emprender para corregir el rumbo.

Jean-Pierre Dupuy está ensayando un punto de vista más exquisito, explorando las posibilidades de un neocatrastofismo. Desde su punto de vista (en muchos puntos compartida por P. Virilo, A. Finkielkraut), la gravedad de la situación en la que nos encontramos convierte en absurda esa actitud tan occidental de identificar todas las catástrofes posibles para, a continuación, diseñar estrategias que nos ayuden a enfrentarlas. Según Depuy la única actitud razonable, más que planificarlas, debiera ser evitarlas, pues nada nos garantiza que las podamos solventar, salvo que sigamos confiando en que nada se le puede resistir al progreso científico.


Las catástrofes se están convirtiendo en acontecimientos que permiten visualizar una suerte de heroísmo anónimo que enmascara la verdadera encrucijada en la que nos encontramos. Del encuentro entre la solidaridad (mundializada) y las tecnopromesas (popularizadas) surge una cortina de humo que impide ver el abismo al que nos aproximamos. Más aún, la actual proliferación de catástrofes está siendo empleada para fortalecer las prerrogativas del estado y recortar las libertades públicas. Pero también hay una especie de, como la llamó John Horgan, caosplexia social que traslada las nociones de caos y emergencia, válidas para hablar de sistemas naturales, al ámbito de lo social, de forma que no falta quien tiene sus esperanzas puestas en las catástrofes, como así parece que sucede entre los ecologístas profundos y los nihilistas.

Lo que Dupuy quiere es que aceptemos (ver el excelente análisis en Le Blog à Guijon), contra los partidarios del principio de precaución, que las catástrofes no son objetos manejables, sino que, por el contrario, son una verdadera amenaza que puede destruirnos. No es verdad, insiste Dupuy, que las catástrofes sean impredecibles. Aparentamos que son lejanas, inaccesibles, irreales (el argumento para una película), porque seguimos empeñados en nuestros cómodos prejuicios, en nuestras viejos atajos mentales.

Y para aclararlo reproduce una deliciosa parábola, la historia del diluvio, según la contó Günther Anders, discípulo de Heidegger y esposo de Hannah Arendt. Aquí la tomamos del libro de Dupuy, Petite Méthaphysique des Tsunamis (2005). Cansado el profeta Noé de ir predicando el diluvio sin que nadie le hiciera caso, decidió cambiar de estrategia: vestirse cómo sólo podían hacerlo quienes habían perdido un hijo o a su esposa (los hábitos del dolor y, entonces, de la verdad). La gentes se le acercaban, movidos por la curiosidad y la superstición, y cuando le preguntaron por quién lloraba, a qué se debían aquellos hábitos, les respondió que su aflicción era por ellos, pues ya estaban muertos. Y hubo alguna burla. "Cuando se le preguntó cuándo había sucedido la catástrofe, les respondió: mañana". A lo que luego añadiría: "si me presento ante vosotros, es para invertir el tiempo, es para llorar hoy los muertos de mañana. Traspasado mañana, será demasiado tarde".

O sea que Dupuy también se reconoce deudor del principio de responsabilidad defendido por Hans Jonas (una especie de argumento a favor de de justicia entre generaciones, justicia para los que nos heredarán: los débiles!), un principio que nos exige superar la fascinación ante el futuro y así curarnos de la ceguera que nos impide ver la ruina que se nos avecina.  Nuestra sociedad no puede seguir siendo visualizada como del riesgo, sino que tiene que aprender a navegar entre catástrofes, demostrar que hemos aprendido entre el terremoto de Lisboa (1755) y el bombardeo de Hiroshima (1945).

En fin, que no podemos seguir actuando como lo hacían, según Primo Levi, los alemanes justo antes de la II Guerra Mundial, tal como si "las cosas cuya existencia es moralmente imposible no pueden existir". En fin, temerle al futuro, situarse en un escenario de miedo no encubierto, no es ya un gesto reaccionario, sino el germen de una nueva ilustración: el catastrofismo ilustrado.

20:28 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (4)